Diario de la peste (7). Yai da clases

Una de las dos sorpresas agradables del confinamiento ha sido ser testigo, discreto e invisible, de Yaiza dando clases a distancia a sus alumnos de periodismo de la Ibero, de español en Centro y de ética y deontología en la maestría de comunicación del Instituto Ortega y Gasset. Sobria y precisa, sin concesiones, con seca educación (más castellana que andaluza, he de decir), los lleva de la mano por dos caminos que convergen: buenas lecturas y praxis cotidiana. No leen paparruchadas académicas. Ni pensadores postmodernos. Leen clásicos de sus materias: ayer, sin ir más lejos, trabajaron con el ensayo de Orwell “La política y el idioma inglés”, con Todos los hombres del presidentede Carl Bernstein y Bob Woodward y con El periodista universal de David Randall. Y aprenden en la práctica, como si fuera un taller medieval, con el maestro artesano y sus aprendices. Ninguna duda es pequeña. Todo se repasa y analiza. Sin necesidad de citar a Foucault y Deleuze. Trabajan mucho, practicando el oficio: deben llevar un diario, en el formato que quieran; deben hacer crónicas y entrevistas de actualidad, saliendo al mundo; deben distinguir las noticias de la propaganda, opinión de información, deben leer y escribir. Y la maestra Yai, estoica, los lee y los corrige. Los lee y los corrige. Les quita sus ideas preconcebidas (hijas distorsionadas del marxismo académico), sus clichés (de clase), pero no los adoctrina. He aprendido tanto. Y gratis:

“… la historia del periodismo es indisoluble de la historia de la democracia…”

“¿Alguien ha leído Bel-Ami, de Guy de Maupassant?”

 “… la estructura de las series de televisión nació en las novelas por entregas que incluían los periódicos, como reclamo, al final de sus páginas…”

“… eso que dices no es información, es tu opinión…”

La música de sus ideas me remite a dos amigos en común: Pedro Sorela y Arcadi Espada. De Pedro Sorela, la exigencia mayéutica (cuestionar lo que hacen para que encuentren por sí mismos las respuestas correctas) y de Arcadi Espada, la exigencia con la verdad (Arcadi, por cierto, el periodista más agudo e inteligente del idioma).

La paradoja final, por supuesto, es que Yaiza educa a los hijos de la élite mexicana, pero si su familia tuviera que vivir de esos ingresos, tendríamos que hace milagros con las ollas y las cestas (que ya los hace) para no morir de hambre. La desproporción entre lo que cobran esas universidades y lo que le pagan a su cuerpo docente es una vergüenza nacional, una más. 

Coda: Cuando Pedro murió, hace ya casi dos años, en Madrid, escribí unas notas apresuradas en su recuerdo para el homenaje colectivo que sus amigos hacíamos por e-mail para consolar, en la distancia, a su hija Inés, que recién lo había convertido en abuelo. 

Pedro Sorela (Bogotá, 1951-Madrid, 2018):

La muerte de Pedro Sorela me provoca perseverante tristeza y negra melancolía.

Tristeza por el amigo que en vida era todo definición y contorno y ahora es tan sólo frágil recuerdo colectivo, silueta artificial, efímero trending topic. Pedro, en vida, era un torbellino de impaciencia, un malhumorado memorable, capaz de desplantes y arrebatos épicos. Lo vi pelearse con meseros en París, taxistas en Barcelona, encargadas de librerías en Madrid… siempre con razón y siempre injusto. Pedro era capaz de quejarse por el clima del paraíso, la suavidad del terciopelo, la ligereza del viento. Perdía los nervios con los alumnos, los amigos, los meseros y las parejas. Y creo que fue duro con muchos por muy poco. Comidas que terminaban abruptamente por llevar la discusión hasta un callejón sin salida, cenas en que la tensión se cortaba con cuchillo, desplantes olímpicos, y célebres rompimientos. Pero, entonces, ¿por qué estás tan triste?, ¿lloras como loco a un loco? No, al contrario, Pedro era cuerdo como un samurái y honrado como una mula minera. Pedro era leal y derecho, sin dobleces. Sus cornadas eran limpias, de frente, bajando la testuz. Además, en la intimidad y la confianza, sin armadura, era tierno, perspicaz y solidario. Fue un gran padre y un gran amigo. Lo que pasa es que Pedro vivía en guerra con los valores impuestos en el mundo, con la notoriedad de los idiotas, con las identidades cerradas y las fronteras siempre artificiales. Además, Pedro odiaba la superficialidad pueblerina de la vida española, esa cansina tontería de nuevo rico, la conformidad colectiva, la pomposa banalidad de su ignorancia, el ruido ambiente, la canción del verano, los desentonados decibeles de operación triunfo. Pedro era un moderno, a lo Thomas Mann, en un mundo posmoderno, a lo Pedro Almodóvar. Recordemos, carajo, con el respeto que se merece, a alguien capaz de batirse en duelo por defender Tierra de los hombres de Saint-Éxupéry de la prisión de la fama a la que lo condenó su Principito

Me acuerdo las cenas en su casa, donde cada comensal tenía vaso y plato únicos, con su lugar escrito en la mesa con esa caligrafía perfecta. Y las risas cómplices, ya en la copa, con sus experimentos en la cocina. Pedro tenía solvencia en la alquimia de los colores y los olores, y, al mismo tiempo, era capaz de matar un plato de lenta y probada eficacia por una ocurrencia de último minuto, por puro capricho estético. ¿Garbanzos con alcachofas? Cierto, pero Garbanzos de a libra, en todo caso.

El motor de Pedro era la creación y la belleza. Se propuso vivir como un artista y lo logró. Hizo teatro experimental, dibujo de línea, crónica de viaje sin concesiones turísticas, novela de largo aliento, ensayos de resistencia, entrevistas espejo y cuentos inclasificables. Todos sus textos tenían vocación de estilo, compromiso con la prosa, aire de mar y peces de colores. Además, Pedro fue el cupido discreto que me presentó a Yaiza, flecha envenenada de felicidad con la que espero irme a la tumba.

La muerte de Pedro también me produce una negra melancolía por el treintañero que fui y ya no soy, por los cinco años en el barrio de Chamberí de Madrid, en un inmerecido ático de la calle Miguel Ángel. Por la libertad y la locura, por los amigos y los libros, por las ideas y el papel impreso. Por todo aquello que ya no vale nada para nadie. Por Félix Romeo y por Pedro Sorela.

Pedro tenía un único pasaporte, el de ciudadano distinguido de un país inmaterial llamado Nobleza de Espíritu. La capital estaba en Risco del Pájaro (en el barrio de Prosperidad) y sus habitantes eran Nicole y Mario Muchnik, Mercedes Monmany, Berta Vias Mahou, Martín, Antón y Nicolás Casariego, Carlos Franz, Aurora Sotelo, Juan Cruz, Jorge Eduardo Benavides, Julio Trujillo, Esther Bandahan, Tania Carreño, Juan Villoro y Yaiza Santos. Incluso yo, un forajido monocorde en tierra de artistas y políglotas, logré colarme alguna vez gracias a una visa fugaz y restringida. Adiós, amigo querido, gracias por dejarme atisbar un rincón minúsculo de tu tierra indómita, donde el sol es un disfraz y los cuentos invisibles.

Diario de la peste (6). Un guante de mercurio y otro de seda

La mano es la verdadera arma secreta de la evolución. Con el pulgar oponible, se convierte en un instrumento de precisión capaz de crear instrumentos aún más precisos que nos han llevado de las cavernas a la Soyuz.

De la era de piedra a la era digital, la mano es el centro de todo lo que nos hace humanos. La mano habla (lenguaje de signos), la mano actúa (mímica), la mano crea (pintura, escultura), la mano vota. Las manos suman y restan. Las manos son la lógica nada oculta de la era decimal: de diez en diez hasta llegar al álgebra, los algoritmos, la teoría de cuerdas.

Unas manos entrenadas pueden hacer música de una madera cóncava y ahuecada, atravesada por cuerdas. Unas manos al aire dirigen un cónclave de manos especializadas: tú, chelo impaciente, más tranquilo. Tener manos de cirujano es un elogio inmerecido. La mano y el placer son gemelos univitelinos. De las manos brota el fuego.

La amistad es, en el fondo, saber echar una mano cuando se requiere. Las manos son una metáfora del amor, de la concordia, de la justicia (mani pulite).

Leer la mano es adivinar el futuro (quiromancia), que está inscrito en las líneas de la palma, pero conocer algo como la palma de la mano es ser un experto audaz y seguro.

Los pactos, los acuerdos se sellan con un apretón de manos.

Se brinda alzando las manos.

Las manos señalan la ruta y mandan callar. Llevan el ritmo y ovacionan. Son legión los que viven por un aplauso (políticos y artistas van de la manoen esto).

Las manos cosen, tatúan, escriben, alientan.

Con las manos se recibe la vida y se entierra a los muertos.

Pulgar a arriba, vives, pulgar abajo, mueres. Ave, César.  

El puño es la metáfora perfecta del comunismo y del boxeo: inutiliza a las manos. Las vuelve instrumento, arma. 

La mano autómata es la perfecta señal del fascismo. Obedecer en rebaño. 

Las serpientes no tienen manos.

El alma se salva con una caricia. 

La infancia, tiempo de cosquillas.

Alzar las manos es señal de indefensión. No meter las manos, de incapacidad o indolencia.

Dejar a alguien con la mano tendida al aire es una afrenta irreparable. 

Recibir una bofetada de la vida a tiempo es otra cosa. No, aún no aprendo.

Una carta manuscrita es íntima y verdadera. Aun plagada de mentiras. 

La firma, incluso digital, es decir con un garabato: “soy yo”. 

Darse la mano después de perder es la señal que permite que el juego siga. Civilidad.

El trabajo manual y la felicidad están interconectados.

Las manos insultan con garbo, celebran con euforia, amenazan con fuerza.

Las manos son mas rápidas que el ojo: así nace la magia.

Las manos ellas sí, pulen, fijan y dan esplendor. 

Las manos son nuestra luz. Son la pluma. Pero también son la espada. Por eso torturan, matan, ahorcan, presionan.

Sólo las manos requieren la prueba de la parafina.

Tener la mano pesada es el elogio de los orangutanes de la política y de la familia.

Manu militari, la expresión latina de la fuerza de las armas sobre la fuerza de la razón.

Lavarse las manos, como Poncio Pilatos, fue un acto de cobardía simbólico. Un desentenderse.

Hoy, aislarse es un acto de comunión social, y lavarse las manos, una prueba de compromiso con los demás.

Diario de la peste (5). Un primor

Las palabras del presidente causaron verdadero estupor. En su twitter personal @lopezobrador escribió: “Me la comería a besos, pero no puedo por la sana distancia. Es un primor”, junto un video donde una niña ataviada con el traje mixteco, en Tlaxiaco, le recita de memoria una composición. Sostenida en vilo, de manera incómoda para padre e hija, la niña demuestra buena memoria y control de los nervios.

El tuit refleja la característica más preocupante del presidente: su absoluta incapacidad para aceptar la crítica. En realidad, el tuit es una respuesta a los reproches que había recibido días antes por besar, casi morder, el cachete de una niña. También es casi una ironía ante el estado de alarma ciudadana por la extensión de la pandemia del Covid-19 y la inacción del gobierno. En dos semanas, que no diga nadie que no podía saberse o evitarse.

Lo que no se ha hecho es revisar las palabras aprendidas por la niña y su significado. Hagamos un repaso:

El compromiso con el Sureste quedó en el olvido hace más de tres generaciones [medidas a lo Ortega y Gasset, el abandono es desde 1945, con la llegada de Miguel Alemán al poder. Medidas a lo Luis González y González, el abandono es desde 1975, congruente con la ideología oficial de culpar todos los males a un enemigo cómodo e inventado: el neoliberalismo, salvo que se brinca el sexenio de López Portillo].

Usted es el hombre que nos devolverá esa gran cultura, la grandeza del pasado [toda cultura que depende de un hombre para recuperar su grandeza perdida tiene serios problemas, o su grandeza era fingida y frágil. La idealización del pasado indígena es pura demagogia, el mito del buen salvaje de nuevo entre nosotros].

Usted, presidente, tiene el poder de evitar cientos de muertes cada año, por falta de atención en un hospital de especialidad [qué miedo un funcionario que quita y da vida. Lo perverso de esta lógica sería su opuesto: por lo tanto, también tendría el poder de causarlas sin esos hospitales]. Muchos antes de usted nos prometieron algo que jamás cumplirían, nos ilusionaron, nos dieron la espalda con absoluta indiferencia a nuestras necesidades [ese algo, el hospital de especialidades, empezó en ese tiempo oscuro, terrible, esas tinieblas lúgubres del neoliberalismo y su inauguración, otra vez pospuesta por cierto, pero la niña cómo iba a saberlo, es gloria máxima del presidente actual. Oportunismo de la peor ralea].

Presidente, estamos con usted, su gran proyecto de nación. Nosotros somos sus aliados en esta cruzada para rescatar a México. Su cuarta transformación cada día se fortalece más y ya nadie la puede detener [nadie debe ofrecer, en una democracia, su apoyo irrestricto y acrítico. Menos de un menor sin derecho al voto, aunque se infiere que habla en nombre de los mixtecos. Nadie debe pedirlo. La democracia no puede ni debe ser producir cambios definitivos. Todo es revisable, reversible, y las minorías tiene derechos también]. Cuando se vaya y esté en su oficina [inconcebible en un hombre de poder que esté en el futuro en algún lugar distinto a una oficina] o en algún lugar del país [o de gira permanente], recuerde que Tlaxiaco lo quiere y le vivirá eternamente agradecido por darle esto que beneficiará a muchos mixtecos, generaciones hablarán de usted y su capacidad de entender nuestras necesidades [y será leyenda su figura, por supuesto, por venir en plena pandemia a no inaugurar un hospital].

¡Que viva el presidente Obrador! [Nos comemos el López, por común.] ¡Que viva el verdadero amigo del pueblo! [Desde luego, hay falsos amigos del pueblo.] ¡Que viva el presidente de los compromisos cumplidos! [Hospital aún no inaugurado, perdón que insista.] ¡Que viva el presidente humano! [Ciertamente los ha habido animales.] ¡Que viva el presidente que dormía con los más necesitados! [La biografía personal sobre su estancia con los chontales vuelta mito popular al año y medio de gobierno.] ¡Que viva el presidente de la esperanza! [Mucha falta nos va a hacer.]

El narciso requiere la aceptación permanente, universal, incuestionada. Su inseguridad es tan grande que necesita reafirmarse todo el tiempo. La gente que trabaja con él lo sabe y permite estas cosas. Pobre, hay que animarlo, la derecha está desatada. Qué oportunistas.  

—Muuuuu. No te puedo dar beso. No te puedo dar besos, pero te quiero mucho. Te quiero mucho y qué bien lo dijiste. [Palabras para cincelar en mármol del presidente de la esperanza.]

Un tercero. Siempre hay un tercero dispuesto aparece:

—Oiga, el día primero que regrese tiene que decirlo en público otra vez.

[Pero qué gran idea:]

—Sí, ¿en público lo vas a decir el día primero? ¿Sí? Te invito. Voy a regresar yo. Bueno, pues, adiós. [La puerta de la camioneta se cierra.]

Eso era el cambio, entonces. La ridícula construcción de un culto a la personalidad que se sostiene en nada. Dejemos la crisis autoinducida, el retroceso democrático, la división de la sociedad. Lo grave es que ante esta disyuntiva no haya piloto. E imaginemos una distopía:

Un país sin crisis. Gobernado democráticamente. Con abundante inversión privada, sobre todo en el sector de la energía. Debate de altura en los medios. Un aeropuerto estratégico a punto de inaugurarse. Y un presidente, Meade o Anaya, que desde Los Pinos (aséptico y funcional), atendiendo sólo al comité sanitario y científico, guarda cuarentena, tras tomar en tiempo y forma medidas sanitarias y económicas. Los aliados apoyan. La comunidad científica aplaude. Qué suerte que tuvimos tiempo para aprender de Asia y Europa. Y entonces sí, la fuerza de la sociedad mexicana, ese pueblo bueno, se desborda, como siempre, con gestos de solidaridad en todos los ámbitos y niveles. Casi hay una competencia por ayudar más y mejor. Desde Palenque, el candidato derrotado de Morena, expresidente legítimo, es una de las pocas voces en discordia: él lo haría mejor.  

Pero, claro, no podía saberse.

Diario de la peste (4). Fados en Lisboa

La cuarentena voluntaria, ante la indolencia criminal del gobierno mexicano, es una excusa perfecta para visitar recuerdos y mecerse en su aroma a junco y capulí. Una pausa en la rutina familiar: tender la cama, dorar la milanesa, baile en grupo, repaso de las mecanizaciones. La memoria voluntaria, esa cana al aire de la conciencia.

Hace un cuarto de siglo, caminábamos por las callejuelas de Alfama. Intenso olor a sardinas asadas, a esa hora en que la luz de la tarde aún lucha con las sombras de la noche, perdidos y con un oporto de más en el cuerpo, dimos por fin con el local de fados que la guía turística señalaba como “no turístico”. Genuino. Ese estúpido afán de los visitantes de ser los únicos no locales entre locales que regía mis vagabundeos turísticos. Y encima querer pasar desapercibido. La puerta cerrada. Pero la música abierta. Tocamos después de forcejear levemente con la cerradura. Una caricatura de portuguesa de la enciclopedia de los lugares comunes nos dice con nerviosos movimientos de su bigote que nao podemos pasar, que o local é reservado para uma festa particular. Aunque no soy precisamente docto en lenguas extranjeras, logro entender vagamente que “no podemos pasar, que el local está reservado para una fiesta particular”. Y tras sus cariñosas palabras, nos cierra la puerta en las narices. Entonces decido insistir, con el coraje del que lo tiene todo perdido. Y vuelve abrir la puerta, ahora sí de mal humor. Le explico que estamos de luna de miel, que somos mexicanos, no españoles, que mañana dejamos Lisboa temprano, y que, por favor, nos deje entrar. Y nos vuelve a cerrar la puerta, pero de una manera más dulce, casi melancólica. Ya nos íbamos, derrotados, cuando la puerta se abre de nuevo y nos llama: 

— Eles são realmente lua de mel?

—Sí, lo juramos por la Virgen de Fátima.

—Podem acontecer.

Eso sí, al entrar nos separó. Ella, majestuosa como todas las sirenas de tierra adentro, en una mesa adelante, rodeada sólo de mujeres. Yo, en la fila de atrás, con los amigos portugueses. Mágicamente me aparece una copa de vino tinto (verde) que será rellenada sin pedirlo por el resto de la noche. Grandes bandejas de pan campesino. Y un solo plato, igual para todos, de bacalao con crema. En el escenario, ante una viola que parece tocarse sola (sin la cacofonía de la rima interna) y una guitarra portuguesa (que es casi el mismo instrumento, pero como tiene otro nombre, suena distinto), se van alternando los propios comensales, que suben a cantarle a alguien escondido entre el público. Jamás pensé que el fado pudiera ser festivo. Muy pronto descubrimos que estábamos de convidados de piedra en la fiesta de cumpleaños de una fadista. Hubo abrazos, risas. Brindis enportuñol. Incluso cantamos “Las mañanitas”. Por suerte para la festejada, desde las mesas. Pero muy pocas palabras. No era necesario. A veces el lenguaje es una ventana en silencio. ¿Turismo bonzo por fin? No. ¿Comunión de almas? La mejor prueba es que no hubo cuenta ni pago alguno ni amago de hacerlo.

¿Estuvo de verdad Dulce Pontes? ¿Marta Dias? ¿Cristina Franco? No lo puedo afirmar. Pero sus rostros, en la penumbra del lugar, los recuerdo, idénticos a las portadas de los discos que al día siguiente compramos en el Virgin de la Plaza de la Victoria y que ahora atesoro, pese a Spotify. 

Diario de la peste (3). René Char

Buscaba, sin saber si lo que encontraría, un poeta que fuera a la vez optimista, conciso y valiente. Quería conciliar el día internacional de la poesía con el enésimo día de cuarentena voluntaria (mientras nuestro gobierno nos condena científicamenteal contagio). Tenía entonces que ser, por fuerza, un poeta francés de la Resistencia. Lo malo es que algunos de ellos, quizá los mejores, no entendieron nunca que el comunismo de catacumba, certeza necesaria en la clandestinidad, era insostenible a la luz del día, con la brisa fresca de las madrugadas abiertas y el pan rebosante a mantequilla del fin del ayuno.

 Y el nombre me vino a la cabeza como un relámpago azul: René Char. Con él, las añoradas mañanas en la Facultad de la Filosofía y Letras de la UNAM a finales de los ochenta, llenas de contagiosa saliva y proximidad. También, la caja transparente de la biblioteca del IFAL, luz racionalista que ocultaba las perversas y amargas lecciones, nunca aprendidas, del pluscuamperfecto del subjuntivo.  

René Char, derrotado dos veces: una por su vocación, cuando abandonó una promisoria carrera de estudiantes de finanzas en Marsella por culpa del flechazo de la poesía. Surrealista de la primera ola, dejó a Breton y el movimiento cuando descubrió que la poesía no puede ni debe ser nunca continuación, manifiesto, dogma, sueño o locura de otro. La segunda derrota, cuando, vencido el ejército francés ante el avance nazi, desatendió la movilización general de su escuadra, perdida en Alsacia, y se integró a la incipiente Resistencia, con el nombre en clave de Capitán Alexandre.

Amigo de Camus, Char es el poeta del color y del paisaje. Cierto, su vocación plástica era casi superior a su poesía, salvo que él sólo pintaba con las palabras. Descreyó del comunismo justo a tiempo, con el informe de David Rousset, Universo concentracionario, que demostraba que los campos de concentración alemanes continuaban en el paraíso soviético.

Aún recuerdo esas mañanas leyendo sus Folletos de Hypos, hipnotizado. Eran tiempos en que la historia solo le sucedía a los otros:

[…] Hacer un poema es tomar posesión de un más allá nupcial que se encuentra bien en esta vida, muy ligado a ella y, sin embargo, cerca de las urnas de la muerte.

Es preciso instalarse al exterior de uno mismo, al borde de las lágrimas y en la órbita de las hambres, si queremos que algo fuera de lo común se produzca, algo que sólo era para nosotros.

Si la angustia que nos vacía abandonara su gruta helada, si la amante en nuestro corazón detuviera la lluvia de hormigas, el Canto volvería a empezar […]

¿Cómo arrojar a las tinieblas nuestro corazón anterior y su derecho de retorno?

La poesía es ese fruto que apretamos, madurado, con júbilo, en nuestra mano en el momento mismo en que se nos aparece, de porvenir incierto, sobre el tallo escarchado en el cáliz de la flor.

Poesía, única subida de los hombres, que el sol de los muertos no puede ensombrecer en el infinito perfecto y burlesco […]

“Tenemos” (fragmento, traducción de Alicia Bleiberg).

Diario de la peste (2). Robarse “home”

Mucho se ha escrito de la afición al beisbol de López Obrador, deporte que permite medir la extensión y profundidad de la influencia norteamericana. De las veinte reglas de los Pantalones Cortos de Nueva York de 1845 a las Series Mundiales de la actualidad, la popularidad del juego está ligada a la extensión cultural y militar de los Estados Unidos. El Caribe, clave en el control y dominio de los dos océanos que bañan sus costas; Centroamérica, como una derivada del Canal de Panamá; México y Canadá, por ser fronteras naturales, y, tras la Segunda Guerra Mundial, países con bases militares (Japón y Corea del Sur, principal, pero no únicamente). En nuestro caso, el beis es popular en el norte, con un brazo que baja por el Pacífico hasta Sinaloa, y en el sureste, por ser área de gravitación caribeña. En Tabasco entró por el activo, y después olvidado, puerto de Frontera.

Según diversos testimonios de vecinos de Tepetitán, su pueblo de infancia, López Obrador era una bueno con el guante y aún mejor con el bat. Su jugada preferida lo retrata de cuerpo entero: al niño Andrés Manuel le gustaba robarse home. La jugada más osada y riesgosa de todo el deporte. Un corredor en tercera, con la pelota en manos del lanzador, trata de anotar corriendo desesperado al plato (o home) sin saber qué le depare el destino. O más bien sabiendo que lo más probable es que le hagan fácil out en el intento. También se trata de una de las pocas jugadas de verdad agresiva en un juego que privilegia la habilidad manual y la estrategia a la destreza física. El corredor desde tercera debe llegar antes que la pelota, sólo posible por un descuido imperdonable del lanzador, o intentar forzar la jugada de suerte que el receptor pierda la pelota en el intento de tocar al corredor. Pete Rose fue una leyenda en la forma en que entraba a home.

La jugada tensa al bateador, del mismo equipo que el corredor, que siente la responsabilidad de hacer contacto con la pelota para evitar lo inevitable, con el riesgo de batear elevado y que la jugada, si van menos de dos outs en la entrada, provoque un doble play vergonzoso. Ruina aún más dolorosa por innecesaria: el corredor ya estaba muy cerca de anotar, factible con casi cualquier contacto del bateador, incluso si es out él mismo (y no es el tercer out, con lo que se cerraría la entrada).

Robarse home es casi suicida e innecesario, pero si se consigue es espectacular y consagratorio. Refleja una pulsión autodestructiva, pero también narcisista: pone todos los reflectores en un solo jugador. López Obrador ha intentado robarse home muchas veces en su carrera política. La ocasión más clara fue en 2006, con el “fraude del fraude”, el cierre Reforma y demás intentos de obtener en las calles y plazas lo que habían negado (por muy poco) las urnas. La “presidencia legítima” que se desprendió de ese engendro fue la botarga que entretiene entre actos, pero ésa es otra historia.

Con la crisis del Covid-19, la presidencia de México quiere robarse home. Su inacción, desoyendo consejos y experiencias de otros países, es una apuesta insensata. Taiwán, China, Corea del Sur y Japón han logrado frenar el contagio. Europa y Estados Unidos luchan con medidas extremas por culpa de su retraso inicial. Lo van a conseguir en unas semanas, pero a un costo excesivo. Así pasa con crisis imprevistas. Nadie quiere sacrificar sus certezas. México está en la línea del desastre. Un sistema de salud endeble y debilitado, una población con altos índices de sobrepeso y diabetes, y un gobierno que niega una pandemia que ya está entre nosotros. Como los soviéticos antes Chernobyl, el gobierno de México esconde la cabeza tras una estampa del Corazón de Jesús.

En el 85, tras los sismo del 19 de septiembre, la sociedad rebasó al gobierno. Ahora pasa lo mismo: los ciudadanos están extremando precauciones por sí mismos y haciendo cuarentena voluntaria. Es emocionante. Se multiplican las voces de solidaridad. Lamentablemente, estas medidas serán insuficientes. Se requiere un plan nacional de obligatorio cumplimiento. ¿Qué va pasar cuando en dos semanas los hospitales, de por sí rebasados, dejen morir a los pacientes en las banquetas? ¿Están dispuestos los miembros del Consejo Nacional de Salud a asumir miles de muertes evitables por el capricho de un corredor suicida en tercera base? ¿Nadie en el gabinete va decir nada, incluidos sus integrantes de mayor edad? ¿Quién será el pitcher que rompa el contacto y obligue, por ley, a regresar a la base?

El beisbol profesional es un juego basado en las estadísticas. Las pandemias también. Necesitamos que López Obrador deje sus hábitos de jugador llanero y se vuelva un profesional. No para su anhelo de las Ligas Mayores, pero sí para el juego que fue electo: privilegiar la salud de sus ciudadanos.

P.D. Ilustra esta entrada el cuadro de Abel Quezada El fílder del destino, que resume la soledad compartida, valga el oxímoron, que sentimos muchos en estos momentos.

Diario de la peste. Literatura contagiosa

Hace once años escribí este ensayo a propósito de la crisis por la pandemia de influenza A (H1N1) que se inició en un potrero veracruzano en el 2009. Se trata de una (re)lectura de tres autores clásicos sobre el tema de la peste: Daniel Defoe, Thomas Mann y Albert Camus. Lo publiqué en Letras Libres. El miedo del gobierno de Felipe Calderón, además de la salud de la población, era que el brote se expandiera por el mundo con un daño reputacional irreparable para el país. Fue injustamente vilipendiado y tildado de tibio, por unos, y de exagerado, por la mayoría. La acción contrasta, como el ébano del marfil, con la indiferencia del gobierno de López Obrador ante el embate del Covid-19 (por su acrónimo en inglés): México podría convertirse en un paria internacional, dentro de pocas semanas, al ser la única economía occidental sin tomar medidas de aislamiento social drásticas.