Diario de la peste (39). Los fieles

Es necesario ser desconfiados con quienes buscan convencernos con instrumentos distintos de la razón, es decir, de los líderes carismáticos: debemos ser cautos al delegar en otros nuestros juicios y nuestra voluntad. Ya que es difícil distinguir los profetas verdaderos de los falsos, mejor sospechar de todos los profetas; es mejor renunciar a las verdades reveladas, aunque nos exalten por su simplicidad y su esplendor, aunque las encontremos cómodas porque se adquieren gratis. Es mejor concentrarse en otras verdades más modestas y menos fáciles, aquellas que se conquistan fatigosamente, de a poco y sin atajos, con el estudio, la discusión y el razonamiento y que pueden ser verificadas y demostradas.

La cita es de Primo Levi, en el epílogo que escribió en 1976 para Si esto es un hombre. Levi es, para mí, el escritor más importante del siglo XX. Dejó testimonio del crimen más horrendo que la humanidad ha perpetrado contra sí misma y lo hizo desde la mejor estrategia literaria posible: no adornar el horror, narrarlo desde la óptica del científico que era.

No basta leer Si esto es un hombrepara entender toda la maquinaria que hizo posible la solución final, el eufemismo con que los nazis enmascararon el exterminio de los judíos europeos (seis millones de seres humanos, incluidos millón y medio de niños). Pero basta este libro para entender el mecanismo de obediencia debida de los funcionarios, militares y miembros del partido y la ceguera voluntaria de la sociedad que hizo posible los delirios maniacos de un artista fracasado y su corte de los milagros.

Si esto es un hombrefue rechazado en la inmediata posguerra. Y publicado marginalmente, sin éxito ninguno. Europa quizá necesitaba olvidar para poder reconstruirse, pero cuando lo publicó de nuevo Einaudi, en 1958, se volvió una referencia obligada. En los setenta el verdadero miedo de Levi es que no se entendiera que esa experiencia la cometieron seres humanos comunes y corrientes y que podía repetirse, revestida de otros ropajes:

Es necesario recordar que estos fieles, y entre éstos, los diligentes ejecutores de órdenes inhumanas, no eran esbirros de nacimiento, no eran (salvo pocas excepciones) monstruos: eran hombres comunes. Los monstruos existen, pero son demasiados pocos para ser verdaderamente peligrosos; son más peligrosos los hombres comunes, los funcionarios dispuestos a creer y a obedecer sin discutir…

Por ello, dedicó parte de su tiempo y esfuerzo a presentarse ante diversos auditorios a contar su historia y alertar al mundo de las posibles metamorfosis del discurso fascista en Europa y en el mundo, cómo detectarlo y combatirlo. La desesperación por que la gente entendiera los mecanismos del mal es especialmente patente en su último libro, Los hundidos y los salvados. Un año después, se arrojaba por el hueco de las escaleras de su casa en Turín. Cómo se extraña su voz, serena y firme, sin odio, pero también sin perdón, en estos días. Estas fueron sus últimas palabras escritas:

Debe quedar bien claro que los responsables, en grado menor o mayor, fueron todos [los miembros del partido nazi], pero que detrás de su responsabilidad está la de la gran mayoría de alemanes, que al principio aceptaron, por pereza mental, por cálculo miope, por estupidez, por orgullo nacional, las ‘grandes palabras’ del cabo Hitler, lo siguieron mientras la fortuna y la falta de escrúpulos lo favoreció, fueron arrollados por su caída, se afligieron por los lutos, la miseria y el remordimiento, y fueron rehabilitados pocos años más tarde por un juego político vergonzoso.

Diario de la peste (38). Flores en Palacio Nacional

Hoy planté en los jardines de Palacio Nacional, soleado día de abril, casi mayo, tres árboles-flor: un flamboyán, un maculí y un guayacán. Árboles con un agudo sentido político. También una grave ceiba y palmas reales, no conservadoras. No tengo mucho que hacer, de momento. La iniciativa para que coincida el revocatorio con las elecciones federales ya está en el Congreso. Lo mismo la que me otorga, modestamente, el control del presupuesto. Ahora, como dice Arturo Farela, mi evangélico de cabecera, plantar y esperar. Estas maravillas del trópico florecen tras diez, doce, quince años de arduos cuidados. Aquí quizá tardarán más. Estoy contra la reelección. Dios mediante, como dice el padre Solalinde, espero verlos prosperar. Y recuerden a Carlos Pellicer, el poeta de las flores:

… en el clarísimo jardín de abril y mayo

todo se ve de frente y nada de soslayo.

Diario de la peste (37). En la era de los gesticuladores

Probablemente, cuatro de las peores respuestas gubernamentales ante el covid-19 han sido las de México, Estados Unidos, Brasil y España. Las cuatro tienen en común el menosprecio inicial a la pandemia y el menoscabo de las soluciones científicas. Pedro Sánchez, Andrés Manuel López Obrador, Donald Trump y Jair Bolsonaro son un signo de algo más profundo y preocupante. 

Más allá de encarnar en ideologías enfrentadas (o complementarias), los cuatro líderes llegaron al poder al representar una degradación de los supuestos valores llanos de la mayoría: diciéndole al pueblo lo que quiere escuchar en el tono en que quiere escucharlo. No se me ocurre una mejor definición de demagogia. Maestros para encarnar los resortes del resentimiento social y buscar chivos expiatorios para realidades complejas, los cuatro narcisos en el poder no tienen ningún conflicto interno al mentir y acomodar los pliegues complejos de los problemas a una visión del mundo estrecha y cómoda, en la que son, lógicamente, protagonistas heroicos.

Para Trump, el problema es la inmigración ilegal y los tratados internacionales de comercio; para Bolsonaro, la herencia de Lula y el PT; para Sánchez, la ultraderecha, y para López Obrador, los conservadores. Estas cuatro grotescas caricaturas, ridículas (o de diván) en situaciones normales, falsas pero verosímiles, se vuelven letalmente peligrosas en circunstancias de riesgo real, como esta pandemia. Los cuatro, además, alientan el victimismo: los problemas fueron creados por otros; tú, humilde ciudadano, no tienes la culpa de nada. Los cuatro líderes, con profundas lagunas culturales y aparentes taras afectivas, representan lo peor de ciertos estamentos sociales en sus países: la soberbia indolencia hacia los otros de cierto tipo de millonario americano hecho a sí mismo; la brutalidad del racismo y la homofobia de cierta casta militar brasileña; el espíritu guerra-civilista de cierta izquierda cerril española y la nostalgia estatista de ciertos nacionalistas mexicanos.  

Hasta el coronavirus, las democracias liberales, en países de economías fuertes y diversificadas, demostraron ser los suficientemente maduras para soportar estas altísimas cuotas de demagogia sin sufrir alteraciones mayores (aunque, claro, la democracia mexicana, menos próspera que España y Estados Unidos y asentada sobre peores instituciones que los tres países, era en principio más propicia a sufrir daños estructurales bajo el gobierno iliberal de López Obrador, tanto en términos económicos como de concentración del poder).

Con el covid-19 se quedan estos cuatro charlatanes sin las dos fuentes básicas de sus soflamas, únicas armas que tienen para gobernar. El covid-19 no es un problema heredero del pasado y no tienen a quién responsabilizar, por más que Trump hable del “virus chino”. Desnudos ante la pandemia, toman tarde y mal las sugerencias de los expertos (a los que secretamente desprecian) y no pueden apelar a la responsabilidad ciudadana, porque no creen en ella. Quizá lo más triste de todo, sin embrago, haya sido el celo represor del gobierno español, que, incapaz de hacerse entender y respetar, tartufo y taimado, tiene que recurrir a la policía y la guardia civil para encerrar a cal y canto a toda su población, todo el tiempo, contra la lógica médica y el sentido común, destruyendo una economía basada en los servicios y alentando al chivato de barrio que, incluso bienintencionado, nunca falta.

Cuando se vota por gesticuladores no se les puede exigir razones. Mucho menos hazañas. Rodolfo Usigli lo dijo antes y mejor en El gesticulador:

Nada hay más fácil que convencer momentáneamente a una multitud y arrastrarla operando sobre sus nervios. Lo que importa es la inflexión de la voz, lo dramático de la entonación, no el sentido de las palabras… La palabra es lo que distingue al hombre del resto de los animales, exceptuando a los loros, con los que conviene evitar toda confusión. Piensa en que la palabra suena y muere y que, siendo eterna, en la más efímera de las acciones humanas, a menos que exprese una verdad, una idea justa y un ideal humano…

Diario de la peste (36). Guillermoprieto y los noventa

En estos días de encierro he alternado, por sadomasoquismo, libros de atmósfera claustrofóbica con libros ambientados al “aire libre” (valiente nueva clasificación). Justo ahora termino de nuevo Al pie de un volcán te escribo, de Alma Guillermoprieto, recopilación de sus mejores crónicas publicadas en el New Yorker bajo el título de “Carta desde América Latina”. Qué nostalgia del viejo New Yorker que ofrecía la posibilidad, a sus reporteros at large, de financiarles una larga estancia en una ciudad para que el enviado descubriera una historia, la investigara y documentara a profundidad, para luego escribirla en un intenso trabajo de diálogo con el editor, adscrito en exclusiva a ese proyecto. Y el mítico fact cheking. Estas crónicas son el decantado producto de esta manera de honrar la profesión que hoy leemos, más que con nostalgia, con incredulidad. Y del talento inmenso de Guillermoprieto.

En el prólogo explica algunas dificultades de la traducción. El inglés le parece una lengua más dúctil y útil para la ironía y el uso del understatement, es decir, describir algo por abajo de su dramatismo real para lograr un distanciamiento cómplice, tarea que encuentra difícil en español, lengua que, en contrapartida, le parece mejor para el comentario malicioso. La traducción recoge toda la riqueza léxica del español americano y no tiene miedo (ni usa cursivas) de dar entrada al argot de cada país desde el que escribe, lo que lo convierte en un sabroso caldo idiomático, ajeno a la rigidez de la RAE. Además, otra ventaja sobre la versión en inglés es que muchas de las fuentes utilizadas (noticias de periódicos, entrevistas, carteles en la calle) están obviamente recogidos en español, su versión original.

Al libro lo recorre una tensión central: la lucha por la modernidad en América Latina y cómo esta lucha (anhelo siempre frustrado) significa forzosamente cosas distintas para un profesionista de Lima, en los años noventa, que para un campesino de la sierra andina, anclado en un tiempo ancestral. Para el profesionista se trataría de acercar a su país a los niveles de vida de los países desarrollados, mientras que para un campesino la modernidad sería tan sólo el anhelo de la supervivencia y la posibilidad de romper los lazos “feudales” que lo unen al cacique y al dueño de la tierra. Una paradoja adicional de la modernidad en América Latina radica en el hecho de que nuestras ciudades son ya modernas en lo externo (aeropuertos, conexiones a internet, carreteras), pero aun así siguen siendo subdesarrolladas. La modernidad sólo como una adquisición barata, externa, y no como producto de una evolución propia, interna. Somos urbanos, pero nuestras ciudades están rotas y sucias y congestionadas, y la calidad del aire y del agua es pésima. La vida es miserable en ellas, pero moderna.

Pero afortunadamente no se trata de un libro de ensayos sobre la realidad latinoamericana y recetas de cómo superarla, sino de crónicas “a pie de calle”, que buscan entender y no condenar, que muestran lo que somos y no lo que soñamos ser. La mirada es literaria, ya que, si bien se basa en la realidad, parte de la subjetividad del yo: esto siento yo, esto me pasó a mí, esto lo veo así, repite constantemente Alma Guillermoprieto . La magia de su escritura está en el descubrimiento del detalle nimio pero significativo que encierra una explicación más coherente y real que un sesudo análisis sociológico.

En la Bogotá de 1991, en mitad de la guerra desatada por el desafío de los narcotraficantes al Estado colombiano, Alma descubre que florecen como nunca las vidrieras. Llegan de inmediato al lugar de la explosión, después de oír la noticia en la radio, y compiten entre sí para ofrecer presupuestos y restaurar los daños de inmediato. De la Ciudad de México explica la increíble leyenda urbana que se apoderó de sus habitantes cuando un periódico sensacionalista, Alarma, publicó las fotos de una supuesta rata gigante encontrada en el canal del desagüe. Hubo teorías sobre la “nueva generación de ratas urbanas” que los basureros de la ciudad producían, otros falsos avistamientos fueron reportados, se habló de ratas “cebadas” y “grandes cómo conejos”. Al final, descubre que se trata de un león de circo, previamente desollado por sus dueños para vender su piel, que murió de viejo y fue clandestinamente arrojado al canal de desagüe: la historia real es, si cabe, más terrible que las historias inventadas. O tenemos el relato de la tristeza de los internacionalistas acreditados en Managua para las elecciones de 1990, cuando, contra todo pronóstico, los sandinistas perdieron el poder frente a Violeta Chamorro, y de cómo eran ellos los que azuzaban a Daniel Ortega a no reconocer la derrota (lo que hubiera tenido unas consecuencias impredecibles para el país) desde la total impunidad que les otorgaba saber que al día siguiente podían tomar el avión y volver a los plácidos París (Danielle Mitterrand) o Londres (Bianca Jagger). Durante su estancia descubrió que de los pocos edificios en pie (tras el temblor de 1972 y la revolución), casi ninguno tenía elevador. Así que logró contarlos todos: Mangua era una capital de solamente diez elevadores. Imaginemos el abismo referencial que eso podía significar para un neoyorquino. Pero también para un porteño, un bogotano o un caraqueño. O está, en fin, la importancia de la policlínica de la ciudad de Medellín, azotada por los sicarios, y su especialización en salvar vidas de heridos de bala, probablemente la mejor del mundo en esa única “especialidad”. Las vidrieras de Bogotá, los elevadores de Managua.

Qué pensar hoy de los primeros años noventas, de euforia liberal tras la caída del Muro de Berlín. Gobiernos electos que o bien traicionaron la democracia que los había hecho posibles (Fujimori y su autogolpe de 1992) o bien traicionaron los proyectos de apertura (Collor de Mello) o se volvieron su caricatura (Menem). Años que demostraron que los males de nuestra política eran atávicos. Y que las soluciones desde una elite ilustrada son reversibles si no tienen el acompañamiento crítico de una mayoría social. 

Y sí, sangro por la herida de México. 

Diario de la peste (35) ¿Herederos de los mexicas?

En Hotel nómada, Cees Nooteboom narra sus impresiones de la sala mexica del Museo de Antropología de la Ciudad de México. La tensión narrativa del texto radica justamente en la sorpresa, casi diría el pasmo, de un europeo ante el esplendor hierático de una cultura ajena a su sensibilidad y sus cánones, lo mismo artísticos que morales. Y eso que quien escribe no es un restaurador de frescos renacentistas, sino un viajero capaz de trasladarse durante un fin de semana a Gambia por simple despecho ante el representante aduanal de Mauritania, que le niega el visado.

La saga histórica de los mexicas es impresionante. De ser una oprimida tribu en las lindes de Aridoamérica hasta convertirse en la cabeza de un imperio en el corazón de la civilizada Mesoamérica, el transcurrir de los mexicas en sólo dos siglos es puro vértigo condensado, con dos escalas importantes: la apropiación de las claves de la refinada cultura mesoamericana y la construcción de la poderosa ciudad-Estado de Tenochtitlan sobre un peñón insalubre y olvidado en la orilla de un inmenso lago, habitado en sus riberas por poderosos pueblos y señoríos. Y si fueron grandes para vencer, también lo fueron en la derrota. Para Hugh Thomas, la toma de Tenochtitlan por Cortés y sus aliados indígenas (que se sumaron a los peninsulares para escapar del yugo mexica) establece una verdadera cadena de singularidades históricas. Nunca con anterioridad dos civilizaciones se habían ignorado la una a la otra hasta el momento de encontrarse, para luego combatirse ferozmente y terminar amalgamándose (sincretismo cultural y mestizaje étnico) en una nueva cultura. Estos hechos son tan sorprendentes que le sirvieron a Hugo Hiriart, en La destrucción de todas las cosas, para volver a contar la historia de la conquista como si se tratara de una invasión extraterrestre. 

Como ocurre en todo imperio, un arma poderosa al servicio de los tlatoanis fue la manipulación histórica, la reconstrucción de su pasado, en un relato distinto al arduo ascenso en la pirámide del poder en Mesoamérica, trufado de alianzas dinásticas, guerras y traiciones. Dicha sublimación mítica hizo de una tribu exógena, los herederos de la cultura tolteca y, por lo tanto, del legado civilizador de Quetzalcóatl. Y de su anónimo y duro deambular, un proceso de predestinación, metamorfoseado el árido peñón de la llegada en el lugar señalado por el dios tutelar Huitzilopochtli (“colibrí izquierdo”), desde donde ese “pueblo elegido” iba a construir su imperio. 

Lo sorprendente de nuestro país noes que esa señal dada por Huichilobos—como lo nombraba Vasconcelos recordando a los cronistas de Indias—, que anuncia la fundación del imperio (el lugar donde un águila, sobre un nopal, devora a una serpiente) sea hoy el escudo nacional. Así pasa con los símbolos y emblemas, que borran su base fáctica para convertirse en otra cosa. Ningún cristiano piensa, al ver la Cruz, en el método común de ejecución de los romanos. Para Carl Jung, los seres humanos nos relacionamos con arquetipos universales. El escudo no es mexica solamente: una deidad superior, aérea, devora a una deidad inferior, terrenal, hasta confundirse con ella. ¿No es el dragón una serpiente alada? 

Lo sorprendente es que México, país occidental y cristiano en su mayoría, disfrute de la extraña sensación de pertenencia a una cultura frente a la que es ajeno en todo lo verdadero, aunque los capitalinos habitemos sobre sus ruinas. A los mexicanos, por gracia y obra del proyecto educativo de la revolución, nos parece normal sentirnos cómodos en la piel de Xipe Totec, “el gran desollado”, y llamarnos hermanos de Coatlicue, “la gran decapitada”. Nos identificamos con unos dioses que son polvo de la historia y que si renacieran de su letargo serían tan aterradores y perturbadores como insoportables a nuestra sensibilidad. Por esta falsa familiaridad, hemos perdido la capacidad de asombro, y nos asombra que asombre lo que a nosotros simplemente nos parece normal, aunque sea bajo premisas falsas. 

Por supuesto no me refiero a los logros objetivos —artísticos, arquitectónicos, astronómicos o aritméticos— de las diversas civilizaciones del caldero mesoamericano (incluidos los mexicas), ni a su legado culinario, lingüístico y étnico, que por fortuna perdura hasta nuestros días, sino al olvido tramposo del terror mexica, a su sanguinaria visión del mundo, a su implacable estructura jerárquica, con la divisa de los sacrificios humanos como máxima cláusula ideológica. Y esto es justamente lo que fascina de esta cultura allende nuestras fronteras: más allá de la belleza de un tocado de plumas, un perro de obsidiana o una estela funeraria, subyace el estupor de saber que todo ese tejido social estaba basado en el puñal de obsidiana que arranca de cuajo el corazón aún palpitante de la víctima en turno.

La cultura mexica murió bajo el hierro de los conquistadores y la sublevación de los pueblos oprimidos. Pero sobre todo murió bajo el celo evangelizador de los monjes franciscanos (y después dominicos, mercedarios, agustinos y jesuitas) que estremecieron a los herederos de los vencidos, en su propia lengua muchas veces, al decirles que Dios se hizo hombre para sacrificarse por los seres humanos y no al revés. De la asimilación de este cambio nace México.

Diario de la peste (34). Del diario de K.

En la entrada de su diario del 2 de agosto del año 1914, Franz Kafka anotó: “Alemania declara la guerra a Rusia. Por la tarde, me fui a nadar”. Esta frase, citada en diversas ocasiones por Vila-Matas, es la desnuda indefensión del individuo ante la tormenta de la historia. De la primera guerra mundial nacerán el vértigo de las vanguardias, pero también el fascismo (y su hijo idiota, el nazismo) y la revolución rusa (y con ella, la caja de Pandora del socialismo real). ¿Cuántas vidas y haciendas destruidas en sus fatuas promesas? Las dos ideologías totalitarias que comparten, pese a estar enfrentadas a cara de perro, el desprecio al individuo, el humanismo y la libertad. Ideologías que sigue entre nosotros, enmascaradas, a la espera de que se debilite el sistema inmune de la democracia para parasitarla.  

            Esta mañana leí que, si no hay una cura rápida o una vacuna pronto, la “nueva normalidad” del covid-19 puede obligarnos a largos periodos de cuarentena, alternados con etapas cortas menos restrictivas: un cambio radical en la forma en que aprendemos, trabajamos, compartimos y amamos los seres humanos. Delante de nuestros ojos emerge el nuevo autoritarismo: el autoritarismo disfrazado de control sanitario. Vamos a la deriva en el mar de la desolación económica en el que flotamos aferrados a la balsa (¡no tan frágil!) del amor y la cultura. Un cambio de vida tan radical y dramático que no hay forma equilibrada de asimilarlo, salvo con la estrategia básica de los doble AA: sólo por hoy seré optimista, sólo por hoy haré los deberes, sólo por hoy cuidaré de los hijos con amor (y respeto por su futuro), sólo por hoy cuidaré a mis mayores con amor (y respeto por su futuro también). Sólo por hoy honraré la fortuna de vivir con la mujer a la que amo.

Por la tarde no puede ir a nadar.

Diario de la peste (33) Un viaje d. C. (después del Covid)

—Buenas tardes, tenemos una reservación de “inmunidad colectiva”. Habitación doble con dos menores incluidos.

—¿Me deja ver sus cartillas sanitarias, por favor? Perfecto, señor Cayuela. Dado su historial médico queremos ofrecerle un up-grade.

—¿En qué consiste? Si tiene un costo extra ni me lo mencione, por favor.

—Se trata de la habitación esterilizada platino. Puede usarla sin mascarilla. Salvo el balcón, ya sabe, por la policía.

—¿Sin mascarilla? ¿Y es segura?

—Sí, tiene Iso-Sanidad 2024.

—¿Y es del mismo tamaño que mi habitación original?

—Es más amplia. Además, tiene un ventilador de emergencia para cada huésped. 

—Pero eso es por ley en todos los cuartos…

—Sí, pero estos son ergonómicos, de la marca Cólera Blanca.

—¿Qué dices, Yai?, ¿aceptamos?

—Sólo si ya está lista. Tenemos que cambiarles la mascarilla a los niños y necesito pasar al baño.

—La habitación los está esperando con los alveolos abiertos, señores. 

—Entonces, aceptamos.

—Perdone, un segundo, señor Cayuela, mire, revisando el sistema, me indica que la habitación sí tiene un pequeño ajuste de tarifa de mil coroneuros. Pero por tratarse de usted, se lo dejaríamos en 750.

—Hubiéramos empezado por ahí y le ahorro todo este tiempo, caballero. No estoy interesado.

—¿Ni por quinientos coroneuros y cuatro cubrebocas fosforescentes de regalo?

—No estoy interesado, de verdad; pero muuuuchas graaaacias.

—De acuerdo. Le entrego su kit de guantes de látex por ocupante, para el bufete individualizado, y sus mascarillas para las áreas comunes. En la cena, la mascarilla de gala es prescriptiva.

—¿Estas negras?

—No. Esas son por si, ya sabe, tenemos ceremonia luctuosa en el lobby. Las grises con dorado.

—Gracias. ¿Se esperan muchas ceremonias luctuosas esta semana?

—No creo. No tenemos pacientes inmunodeprimidos. Todos sin dolencias previas. Claro, esto se declara voluntariamente y siempre se nos cuela algún diabético. Nuestra media de ocupación es de 52 años. Alta, pero lejos del umbral peligroso. 

—Igual si ve algo nos avisaría con tiempo, ya sabe, por los niños…

—Claro. Tenemos un sistema de aviso en código para menores. Lo tiene ya instalado en su bata-sensor. 

—Perfecto. Y gracias por la sensibilidad. Leímos las reseñas y eso nos convenció para hospedarnos aquí. 

—Bienvenidos de nuevo y recuerden que en el bar el minuto de silencio es de 5 a 7, en el horario que escoja libremente cada cliente. El bartenderes muy flexible y a los 40, 50 segundos como máximo permite hacer ya el aplauso. Él mismo sella la libreta de racionamiento moral del día. Pero, claro, no pueden entrar los menores.

—Una última pregunta: ¿acepta viejos euros? Los traemos desinfectados y con el sello del banco de “dinero limpio”.

—Desde la curva del año pasado, sólo aceptamos coroneuros virtuales, perdone. Los androides de la limpieza sí los aceptan de propina. Pero deben estar sanitizados, no sólo desinfectados.

Rumbo al elevador

—Te lo dije, Ricardo, pero eres tan necio. Cómo se te ocurre pensar que con una simple desinfección de banco los iban a aceptar. Ni los androides. Y tú ya te hacías invitando martinis a todo mundo con ellos. Si no fueras patético serías divertido. Ahora nuestro viejo dinero es dinero muerto.

—Inútil, pero no muerto. Mañana lo cambio en la calle. Leí de un barrio donde los cambian. Le vamos a perder la mitad, pero es gente que los acepta incluso sin nada de detergente.  

—Estás loco si piensas que te voy a dejar ir a esos sitios y ponernos en riesgo a todos por unos miserables euros.

 —Tienes razón. ¿Y si intentamos engañar a los androides? 

—Definitivamente eres cómico. Son surcoreanos. Detectan billetes contaminados mucho antes de entrar a su bandeja. Y activan una alarma. No quiero otras vacaciones bajo rejas por no respetar las reglas de la Nueva Normalidad.

—Tienes razón. Quizá si en la tarde voy al bar… el cantinero conozca alguna ruta segura…

—Eres genial. No cambiarlos en tiempo y forma, como te avisé mil veces, te abre ahora una tarde sin los niños en la barra del bar paladeando tu Macallan. Mira, Ricardo, déjalo estar. Los voy a llevar a la Embajada de México. Ahí aceptan cualquier donativo en cualquier moneda. 

—Tienes razón, vida. Eso dijo el otro día el presidente López-Gatell. Me cae muy bien. Perdió los estados del norte por la rebeldía de la pandemia. Tiene una guerrilla sanitaria en el sureste que se desplaza en un destartalado tren maya, como en los tiempos de la revolución, exigiendo camas de hospital. Su país es un paria internacional, pero él sigue todas las tardes, incólume, en sus ruedas de prensa vespertinas informando de “casos por confirmar”. Es extraordinario. 

—Y qué me dices del otro López, el expresidente que desconoció el resultado de las elecciones y se declaró presidente reelecto legítimo.   

—Me encanta. Va en su carroza juarista recorriendo pueblos fantasmas, sin mascarilla, dando abrazos y besos de pellizco. Termina sus mítines con el grito de guerra de su movimiento: “Al diablo las instituciones”. 

—¡Al diablo! 

—¿Te acuerdas de Muerte sin fin?

—No precisamente…

—“¡Anda putilla del rubor helado, / anda, vámonos al diablo!” 

—¿…?

—Que estoy de acuerdo, vida, mandemos todos los viejos euros a México.

Diario de la peste (32). La nieve del abuelo

En nuestra vida de niños mexicanos había una excepción a los plácidos inviernos: la nieve del abuelo. Hijo de ricos ganaderos de un pueblo de Soria que ya no existe, quinientas casas señoriales abandonadas a su suerte en la meseta castellana, secretamente orgullosas todavía de los blasones que penden indestructibles al viento de sus fachadas, el recuerdo del frío incendiaba sus conversaciones. Su vida puede ser leída como una constante huida climática: de Soria a Córdoba, en Andalucía, donde se casó con ese torbellino de problemas, chismes, garbo, gracias, odios, generosidades tipo mafia y dolores que en vida llamábamos la abuela, y de ahí a la Ciudad de México, hebilla del Eje Volcánico y en aquel entonces una suerte de paraíso en la tierra, la región más transparente del aire. En aquel entonces.

La primera nevada los sorprendía en la Fiesta del Pilar, el 12 de octubre. Puntual, cada año igual al otro y la misma sorpresa: ¡qué pronto empezó el invierno este año!, como si los deseos de tener otoño pasaran de generación en generación y la mejor manera de afrontar lo inevitable fuera sorprenderse. Y el sayo tatuado al cuerpo hasta bien entrado junio. Clima para curtir jamones, clima de quesos en conserva, de nueces y avellanas. Clima de los mil demonios y las siete puertas del infierno. Un cuchillo de pedernal del que nacen nueve estalactitas: enero y febrero las más afiladas. Y entre lobos y álamos, el hilo narrativo del abuelo parecía un monólogo sobre el catarro y la gripe, un tratado de las narices congestionadas, una encendida encíclica contra lejanas y fantasmales tías, siempre de luto en velorios bajo cero. Y nieve, mucha nieve. Nieve cordero, nieve Duero, nieve entre los huesos y nieve en la mirada. Nieve que te quiero nieve. Nieve abril y nieve dos de mayo.

Y nosotros, con cada vez más frío, escuchábamos al abuelo con los ojos desorbitados, típicos de una infancia en traje de baño y largas tardes de alberca, tiritando, entre buganvilias y jacarandas en flor, lluvia morada del Altiplano, con nostalgia por el sol, pese a tenerlo literalmente al alcance de la mano.

Diario de la peste (31). Una taxonomía

Este año y medio de gobierno ya permite hacer una taxonomía aproximada de los errores del gobierno que, entrelazados, se potencian entre sí. No una lista puntual de los fallos, que es ociosa por inmanejable y distractora, sino una tipología de sus equivocaciones que la llevarán a ser, sin duda, la peor administración de nuestra historia reciente. Su anhelo de trascendencia (“juntos haremos historia”) sólo será real al compararse con los grandes desastres del pasado remoto.  

1. Adánico

Piensa que todo lo que se hizo en el pasado está mal. Del aeropuerto de Texcoco al Fonca. Esto lo lleva despreciar esfuerzos que podría capitalizar (reforma educativa) y a empezar de cero cosas que estaban avanzadas (la derogación del Seguro Popular y la creación del frágil Insabi). También le impide corregir con sensatez errores reales (que eran abundantes).

2. Acrítico

Piensa que toda crítica es expresada con una intención aviesa o oculta. La modernidad y la democracia nacen con la crítica. Sin aceptación de la crítica no hay avance ni corrección. Criticar (o descalificar) a los críticos desde el poder es el inicio de la vulneración democrática. La libertad de expresión es la base en que se amparan el resto de las libertades. Este gobierno critica, como Trump, a los medios y comunicadores que considera adversos a sus políticas (ReformaCrónica, Leo Zuckerman, Ciro Gómez Leyva…), censura abiertamente las opiniones divergentes (Carlos Loret de Mola), premia o castiga con la publicidad oficial y manipula, estigmatiza o desinforma desde los medios oficiales (Notimex como ejemplo señero, pero no único). Las conferencias de prensa del presidente en las mañanas conjugan todos estos problemas y los potencian (se manipula, se favorecen las preguntas a modo, se utilizan para descalificar a los críticos, se utilizan distractores).

3. Irracional

En todos los órdenes del gobierno se privilegia a los grupos afines, las cooptaciones de los rivales que aceptan la sumisión y a los dogmáticos sobre los funcionarios con experiencia, conocimientos técnicos o científicos, desde la Comisión Reguladora de la Energía hasta el titular de Pemex (cuyo director es un ingeniero agrónomo sin experiencia previa en la materia). Desde el poder se ridiculiza a los expertos en todos los ámbitos y se minimizan sus conocimientos (ecologistas con el “tren maya”, economistas en Dos Bocas, técnicos aeroportuarios en Santa Lucía…) La administración pública se vacía de técnicos, en ámbitos clave (SAT, Banco de México…) y se llena de rudos (por usar la metáfora de la lucha libre). Un gobierno sujeto a las veleidades del poder político y no al conocimiento acumulado. Los organismos que brindan información objetiva sufren este desprecio (INEGI, Coneval). Se consagra la irracionalidad en las ceremonias públicas (limpias, baños de incienso).

4. Anti-intelectual

Contra la alta cultura y la excelencia artística, casi toda acción en el área es regida por la propaganda, no por la excelencia; por el supuesto impacto popular y no por la calidad. Esto pone en riesgo el sistema de excelencia de la cultura mexicana, construido durante décadas y que era una de nuestras señas de identidad y ventajas competitivas en el mundo. Festivales como el Cervantino, ferias como la Filij o la FIL, iniciativas docentes como el Centro Nacional de las Artes, la red de diplomacia cultural, la oferta de teatros y museos se han visto seriamente mermados por la disminución o la cancelación de presupuesto. El catálogo del Fondo de Cultura Económica, esfuerzo de décadas y bien patrimonial, está en riesgo y en acelerada disminución, enfocado ahora sus tareas en el nicho de los nuevos lectores, pero desde una oferta limitada, ideológica y decidida piramidalmente bajo una primicia falsa (no hay lectores por el precio de los libros). 

5. Obsoleto

La energía es el motor invisible de la sociedad. Su oferta, variedad y precio son un asunto de interés público. No así su producción, que es una transformación industrial como cualquier otra. Esta confusión lleva al gobierno a invertir enormes recursos en una quimera (rescatar Pemex, construir Dos Bocas), cancelar la reforma energética (con promisorias cifras de inversión futura) y negarse a aprovechar el inesperado correctivo de la realidad por la pandemia.

6. Centralizador

Todo se decide en Palacio Nacional, contra la letra y el espíritu del pacto federal (lo que explica el creciente malestar de los gobiernos de los estados). Los órganos autónomos y descentralizados, cuyo armado institucional se creó, justamente, por la propensión natural del poder ejecutivo de abarcarlo todo, son atacados de manera sistemática. Contra ellos se usan todos los medios posibles: desaparición (INEE), desnaturalización (INAI), cooptación (CNDH) o acoso (INE). Un gobierno sin contrapesos, contra la división de poderes, como demuestran la imposición de la agenda legislativa desde la frágil mayoría de Morena y sus aliados (no obtenida en las urnas) y el intento de control del poder judicial (extraña salida de miembros y obsequioso perfil de los nuevos ministros de la CSJN). La cuarta transformación es la segunda muerte de Montesquieu. 

7. Estatista

Contra la autonomía económica y la iniciativa privada. En lugar de expulsar a los mercaderes del templo (contratistas amañados), los expulsa del reino (cancelación del aeropuerto de Texcoco, de la cervecera Constellation Brands, de las rondas petroleras) o los hace suyos (consejo empresarial asesor). Descree del legítimo interés del carnicero, el cervecero y el panadero para contar con nuestra cena y apela a su benevolencia (Adam Smith no existe). No cree en la separación del poder político del económico (logro objetivo de los últimos sexenios) y quiere empresarios afines, dóciles o amordazados. 

8. Anacoreta

Ajeno al mundo. El presidente no viaja y desprecia los foros internacionales (G20, Davos), cancela la promoción de México en el mundo (ProMéxico, Consejo de Promoción Turística) y vigila y limita los contactos e intercambios (los viajes de científicos, atletas, artistas están prácticamente prohibidos desde el presupuesto público o reducidos a su mínima expresión). El gobierno tiene entre sus aliados lo más antidemocrático y desprestigiado del mundo (Maduro, Díaz-Canel). Y eso, a pesar de tener a su mejor cuadro al frente de la SRE (Marcelo Ebrard).   

9. Militarista

Contra lo anunciado y prometido en campaña, se entrega la seguridad al ejército, con labores de policía. Se le confían las obras emblemáticas del sexenio (permitiéndoles con la excusa de la seguridad nacional un manejo discrecional o arbitrario) y la resolución de crisis o coyuntura difíciles (la logística médica del Covid-19). 

10. Polarizador

Mediante la dialéctica del amigo-enemigo, desarrollada por el teórico del nazismo Carl Schmitt (“estás conmigo o contra mí”), aglutina de manera acrítica a su núcleo duro, encarece las desafecciones (como saben Urzúa o Martínez) y mantiene la agitación en su base social (el “pueblo bueno”). 

11. Piramidal

El poder se ejerce de arriba hacia abajo (como se barren las escaleras). Todo se decide por el más alto jefe presente, a imitación del modelo presidencial que, en la medida de sus fuerzas y capacidades, y muchas veces por arriba de sus atribuciones (que consagra la Constitución y son inmensas), toma todas las decisiones (o eso le hacen creer los equipos más inteligentes para avanzar sus agendas). No hay reuniones de gabinete periódicas, ni órganos colegiados, ni equipos transversales. 

12. Monologante

Contra la sociedad civil organizada. En lugar de alentar el impulso plural de la sociedad, que manifiesta su interés en los asuntos públicos (sueño del foro griego) a través de miles de organizaciones de todo tipo, la mayoría asociaciones civiles sin fines de lucro, el gobierno las sataniza en el discurso público (sobre toda las que nacieron para vigilar los actos del gobierno, como “Mexicanos contra la corrupción” de Claudio X González), las entorpece (con nuevos y difíciles requisitos), las vigila y las persigue desde el ámbito impositivo o las seca desde el ámbito presupuestario (con la prohibición de recibir dinero público que ahora se extiende a los fideicomisos mixtos y públicos, afectando la labor altruista de muchas de ellas).

13. Moralista

Vive el poder como una oportunidad para el sermón público. Altera el pacto laico del estado mexicano, una de sus conquistas objetivas desde Benito Juárez. Al César lo que es del César (faltaba más) pero al César también lo que No es del César: las costumbres privadas. No basta con cumplir la ley, hay que cambiar de valores. De ahí, la iniciativa de una Constitución moral, el reparto de la Cartilla moralalfonsina, la presencia ominosa de los evangelistas. Y el freno a iniciativas encaminadas a ampliar las libertades individuales y civiles (legalización del aborto en el ámbito nacional, legalización del uso recreativo de las drogas). 

14. Ilícito

No existe la voluntad ni la claridad de separar y combatir todo aquello que sea ilegal. El Estado no tiene el uso legítimo de la fuerza (su razón de ser, según Max Weber). El mal no existe. Todo es el ambiente en que se desarrolla la gente. Se puede pactar con los criminales (liberación del hijo del Chapo) y, sobre todo, encomiarlos a portarse bien. No hay, por lo tanto, empatía con las víctimas (Sicilia, LeBaron), ni señales de alerta ante la recurrencia de crímenes inhibidores (asesinatos de periodistas, mujeres y ambientalistas). ¿El resultado? El sexenio más violento de la historia y una sensación de impunidad peligrosa y creciente. 

15. Escapista

Al inicio del sexenio, por ideología e impericia, se dejaron de importar los volúmenes de combustible necesarios para la temporada navideña que el país requería. Ante las colas en las gasolineras, el desabasto de productos y el malestar ciudadano se optó por construir una realidad alterna (la lucha contra el huachicol, la compra de pipas, el cierre de ductos), con resultados sorprendentemente buenos en términos de opinión pública y apoyo popular. Esto abrió un marco de posibilidades que ahora se repite: ante cada crisis autoinducida, se busca o un chivo expiatorio o un distractor. Si Ibargüengoitia viviera, su nueva obra se llamaría El avión presidencialUna rifa en tres actos

16. Asambleario

Apela a la participación ciudadana, fuera de los plazos y la regulación del INE, para decidir asuntos públicos trascendentes. Sin debate serio, neutralidad de las autoridades, padrón confiable y lógico, campañas reguladas, se montan consultas amañadas, con la clara voluntad de trasladar el costo de una decisión difícil al anonimato del “pueblo sabio”.

Diario de la peste (30). Acacias amarillas

Al final de una breve estribación, una hilera de lonas anuncia el campamento. La vista se pierde en un mar de amarillos surcado por olas ocre. La tarde declina rápido en el trópico. En un parpadeo se apaga el campo y se prende el cielo. Apenas hay tiempo de encender el fuego. Será por esa noche la única luz del Serengueti.

Welcome home, nos dice el anfitrión que, junto al guardia masái que nos vigila a la distancia, es el único ser humano en tropecientas leguas a la redonda. 

Desde esos parajes, parte del valle del Riff, empezó la humanidad su viaje planetario. Una huella petrificada en la vecina Laetoli atestigua los titubeantes primeros pasos erguidos de los homínidos en la infancia de nuestra especie. A veces los eslóganes son ciertos: todos somos migrantes.  

Atrás quedaron algunas imágenes mentales: el ritual de apareamiento de las jirafas, verdadero arte del equilibrista; la fuga en tropel de las gacelas de Grant ante el rumor de una sospecha; la lucha por el estanque entre búfalos y hienas, que por esta ocasión no rieron al último. Justo antes de dirigirnos al campamento, una nube de moscas tse-tsé nos recuerda que no estamos en la Arcadia.

El tiempo es una lenta cerveza del Kilimanjaro. Solo se escucha el crepitar del fuego, cuyas lindes se pierden ante el tintineo de las estrellas. 

El guardia masái nos acompaña en torno a la fogata. Es una estaca provisto de una lanza que parece de utilería y una lámpara potente. Cada determinado tiempo, apunta con la linterna en círculos concéntricos. Las hierbas parecen tener miles de ojos al acecho.

Tengo el mal gusto de rasgar el silencio. Hablamos de una leyenda que sitúa a los masáis como herederos de la legión romana perdida en una expedición por el Alto Nilo. Sus trajes de pretorianos de un hipotético César negro la hacen verosímil, aunque es falsa. De hecho, este pueblo nómada y ganadero es casi un recién llegado a las sabanas, un par de siglos antes que el hombre blanco. Si Félix Romeo viviera, ya nos habría informado que los masáis piensan que todas las vacas del mundo les pertenecen. La vaca es el centro de su cosmogonía afirmaría enfático. En Tanzania también lo extrañamos.

Por suerte, la guerra de los masáis contra las reservas ha llegado a su fin. El mágico dólar los ha incorporado a la industria del turismo. El celular tiene cobertura. La Estación Espacial Internacional surca el cielo. Alguien nos deletrea. 

De pronto, un soplido ronco, un soprano afónico nos enmudece. De tan próximo, parece un comensal más en este banquete de la sinestesia. El guardia masái golpea el suelo dos veces con su lanza de pacotilla.

Lion. Two kilometers. Don’t worry. Hakuna matata.

La segunda cerveza transcurre menos plácida. Rasga. La frasecita robada del suajili por Disney en su infantilización del mundo no me tranquiliza.     

Otra vez la lanza golpea el suelo. Unas risas infernales nos rodean.

Hyenas. One kilometer and a half. Don’t worry. Hakuna matata.

La leña se agota. El fuego se extingue. Hay que ir a la tienda. El masái nos acompaña hasta la puerta. No sé cuándo se nos unió el anfitrión, pero tengo claras sus palabras: 

Don’t leave the tent under any circumstances. Good night and remember: hakuna matata

Confesar nuestro miedo nos vuelve valientes. Nos abrazamos. Mamá África nos protege. 

¿Cómo iba a sospechar que la cacería ya había empezado, y que ésta no se desarrollaría entre suaves colinas y acacias amarillas?