Diario de la peste (16) Cristo se detuvo en Éboli.

Para estar a tono con estos días de encierro obligado, que no tienen nada de felices y que si acaso sirven para algo es para prepararnos para lo peor, en términos humanos, sanitarios, sociales y económicos, me acordé de Carlos Levi y su Cristo se detuvo en Éboli

El pintor Carlo Levi era médico de profesión y estaba educado en la alta cultura judía de la Europa de entreguerras: era un lector sofisticado y un no mal intérprete de piano. Era el mayor de una de generación de turineses que incluía a Cesare Pavese (al que le hizo un retrato profundo), Giulio Einaudi, Leone y Natalia Ginzburg. El “grupo Einaudi” que moldearían la cultura italiana de la posguerra. 

Sin relación familiar con el otro legendario Levi de Turín, el indiscutible Primo, Carlo fue desde muy pronto, por vocación y acción, un rebelde contra la insana estulticia del fascio italiano. Además, era sobrino de Carlos Treves, uno de los líderes del partido socialista italiano. 

Encarcelado por actividades contra el Estado italiano, ambigua fórmula jurídica de los totalitarismos, Carlo Levi pasó tres años en prisión. Al salir fue desterrado a la Lucania profunda, en un castigo de inverosímil tonalidad feudal. Primero a Grassano y luego a Gagliano. Cristo se detuvo en Éboli son las memorias del año casi exacto que pasó en el segundo de estos pueblos. Pero la historia es aún más compleja, ya que el libro fue escrito como una forma de evasión mental mientras vivía refugiado en una casa de Florencia, en 1944, cuando la república de opereta de Saló había entrado en la misma demencia racial del Reich. Sobre él pesaban dos condenas a muerte: por judío y por partisano. De ahí su apenas perceptible aire nostálgico.

La identidad de Levi, su perfil idiosincrásico, tendría mucho más que ver con los círculos liberales y artísticos de Viena, Niza o Ginebra que con el Mediodía italiano: Cristo se detuvo en Éboli es el choque entre un ciudadano europeo de la era postindustrial y unos pobladores del mundo precristiano.

“Atado al potro” del paludismo, entre áridas barrancas y crueles precipicios, Gagliano era una cárcel con forma de pueblo: ni una tienda, ni un hostal, ni un café. Nada perturba su inmovilidad. Su único contacto con el mundo externo: una sinuosa carretera por la que circula un único coche, el encargado de recoger el correo en el pueblo vecino. En esa isla del archipiélago del Mezzogiorno se perpetúa un régimen de opresión medieval que tiene en el alcalde —maestro de la única escuela y dueño también de la única farmacia— y en el jefe de la policía —su hijo será el único voluntario del pueblo en la guerra de Abisinia— a sus instrumentos fácticos. Ambos, preceptivamente fascistas, y cuya relación con Roma es una transacción descarada: imitación ideológica a cambio del mando total sobre esos confines.

Con los ricos bosques arrasados siglos atrás, las tierras están dedicadas al cultivo de trigo, con un rendimiento que apenas alcanza para el autoconsumo. Sus dueños son familias nobles que viven en Nápoles o Roma y una vez al año regresan para cobrar, implacables, el pago del arrendamiento. Por ello, la mayoría de los hombres útiles para el trabajo han emigrado a América y sólo sobreviven los derrotados, los ancianos, los enfermos. Gagliano funciona como una sociedad matriarcal cuyo correlato masculino sucede en Nueva York o Buenos Aires. Levi encontrará en cada casa, junto a la estampa de la Virgen, la imagen de Roosevelt, verdadero patrono de la villa al que rezan en silencio las madres y esposas abandonadas.

Cristo se detuvo en Éboli es un libro a caballo entre la antropología y la literatura. A un tiempo diario personal y viaje a los infiernos de la mentalidad atávica, es en su conjunto un estudio del tiempo detenido y un involuntario homenaje al refrán “pueblo chico, infierno grande”. Campesinos que creen en los duendes, en los espíritus malignos y benignos; mujeres que viven de hacer pócimas de amor y brebajes para curar sus hijos enfermos de bocio y difteria, mientras esperan una carta, una noticia de América que nunca llega. Sorprende desde la óptica mexicana la escasez de fiestas y celebraciones: improvisadas coplas navideñas para pedir dinero en las casas de los notables del pueblo, un desangelado carnaval de una sola jornada sin transgresiones y un paupérrimo día de la Virgen (que enmascara un culto sincrético anterior, como en México) son las tristes etapas de un calendario ritual degradado y pobre, en donde el cristianismo no logró asentarse con fuerza (la única iglesia del pueblo está semiderruida y vacía incluso durante la misa del domingo) y los rituales paganos y politeístas se perdieron en la niebla del tiempo. Así, la vida queda determinada más por las estaciones y el clima que por su lectura simbólica o su recreación cultural.

Para los campesinos de Gagliano, el Estado es una entelequia abstracta que ha sido sinónimo de explotación, sea bajo el poder republicano, borbón o fascista. Un fastidioso engranaje que viene de fuera, con rostro de Recaudador de Impuestos y que exige inapelable el pago de una tasa anual por cabeza de ganado. En el caso de Gagliano y de esos años, a un precio superior al del costo de alimentar y cuidar a las tristes cabras que conforman toda su mesnada. De ahí el horrendo espectáculo que registra Levi del sacrifico de las cabras del pueblo para evitar un pago imposible.

Pero Cristo se detuvo en Éboli no es una articulada denuncia social o política, ni está escrito desde la atalaya de la superioridad intelectual: Levi registra con humanidad, atención a los detalles y empatía el destino de esa gente, individualizándolos, estableciendo con ellos unos lazos y unas relaciones de plena igualdad. Se convierte en el improvisado médico de la comarca. No es un entomólogo, es un vecino. Y esa es la mayor virtud del libro. La lectura remite inevitablemente al Comala de Juan Rulfo, otro pueblo de caciques y fantasmas. 

El destierro de Carlo Levi termina cuando la radio de Roma anuncia su nombre en la lista de amnistiados como medida de gracia tras la entrada de las tropas italianas en Addis Abeba, y Levi puede regresar, por un tiempo, a su trabajo de pintor en Turín. Estamos en mayo de 1936: los europeos afilan los cuchillos.

P.D. La imagen que ilustra esta entrada es un cuadro de Carlo Levi de su serie dedicada a Lucania (hoy Basilicata), la región donde estuvo desterrado.

Diario de la peste (14). Saint-Exupéry: último accidente

Madrid-México: En el mostrador de Iberia, ya con el pase de abordar en la mano, la encargada del mostrador me pide, casi como por no dejar, que “haga el favor” de pesar la maleta, diminuta, que llevo de mano. No la miro horrorizado, ni he anticipado el desastre. Efectivamente, la maleta pesa once kilos y medio. Y me dice, con esa forma imperativa que tienen ciertos españoles en una situación de poder, que debo facturarla. No quise, no pude discutir. En sentido estricto, ella tenía razón: eso dice la ley. No llevaba bolsa de mano. La larga cola para llegar al mostrador, el tono, la presión que se intuye de la cola que sigue detrás de uno, y un estúpido convencimiento en que todo irá bien (en el que sigo creyendo de manera ya francamente irracional) me hicieron facturarla. La maleta solo llevaba libros. En Aeroméxico el problema se hubiera solucionado con cortesía y labia. Con un detalle: en México la ley no existe y los ciudadanos estamos indefensos. Eso sí, la vida cotidiana es dúctil y cómoda. En España, la ley se aplica, lo que produce ruido y molestias innecesarias en el día a día, pero uno está seguro como ciudadano. Y el que la hace, a la larga o a la corta, la paga.  

Lleva dos tipos de libros importantes. Los necesarios para un vuelo y estancia aeroportuaria combinadas de doce, trece horas (en un vuelo de día, además). Me dolió particularmente perder mi edición de El Quijote de Ediciones Castilla y encuadernada en Valencia por Alfredo Ortells Ferriz que llevaba como un amuleto en los vuelos trasatlánticos. Y los libros de la tesis que la doctoranda Santos me había pedido le trajera de España y que había recogido con sus padres –aún vivía Luciano– en Aranjuez. De la mano de Pedro Sorela, la tesis de Yai estaba dedicada a Tierra de los hombres, de Antoine de Saint-Exupéry. 

La falta de lectura para el avión me hizo entrar de emergencia a la librería-expendio de periódicos de Barajas. Había novelas best-sellersy libros prácticos (géneros que luego aprendí a respetar, por otras razones). Desolado dejaba ya la tienda, con las manos vacías, cuando sobre la caja vi un exhibidor de Tusquets. Y pude comprar una buena dotación de libros para volar. Gracias a esto, por cierto, descubrí a Leonardo Sciascia, a quien despreciaba sin conocerlo como un autor de novelas de género, y que desde entonces me acompaña como un autor de cabecera.

Los libros de Yaiza incluían rarezas y joyas: las memorias en francés de madame Saint-Exupéry (la legendaria Consuelo Suncín), las biografías canónicas de Stacy Schiff y Cate Curtis, el libro del gran Blas Matamoro y todos los libros de Saint-Ex en español y francés. Esta pérdida, sin embargo, nos obligó a hacer varias excursiones por las librerías de la calle Donceles para recuperarlos, y salvo alguno (el más necesario y especial), reponer y ampliar la pequeña biblioteca de Saint-Exupéry (juntos con otras maravillas).

Saint-Exupéry, quizá el autor más leído del mundo por su libro El Principito, tuvo un extraño destino como autor: se ganó la posteridad literaria con una obra maestra que opacó, hasta la fecha, al menos dos o tres libros del mismo valor o incluso mayor: Vuelo de nochePiloto de guerray el indiscutible Tierra de los hombres, que escribió después del accidente más grave de su carrera, al despegar de Guatemala en 1938 (otro accidente célebre de los varios que sufrió fue en el desierto de Libia, tres años antes). Pero si tuviera que recomendar a alguien que se adentrara en el humanismo apartidista de Saint-Ex, le recomendaría que empezara por Carta a un rehén

Escrito desde su incómodo exilio en Estados Unidos, que romperá para unirse a los aliados y morir en combate en 1944, el texto se llamaba originalmente Carta a León Werth. El nombre le suena a cualquiera por ser la persona a la que está dedicada El Principito, quizá la mejor dedicatoria de todas las que se han escrito. Pero como Werth había quedado en Francia, era un escritor surrealista, de tendencias anarquistas y padre judío, la prudencia obligó a ocultar su nombre. Es válido pensar que por compensar esa censura obligada es que quiso mencionar a su viejo amigo en el libro infantil y dedicárselo. Paradójicamente, Werth sobrevivió a la guerra y escribirá sobre el aviador, dibujante, juerguista, mujeriego, matemático y genio que fue su amigo (sí también perdí su libro sobre Saint-Exupéry, tel que je l’ai connu).

Carta a un rehéntiene algunas claves de la obra de Saint-Ex. A saber, que el hombre no es una realidad dada, sino una aspiración que se alcanza sólo desde la tolerancia y la creación; que la soledad y el aislamiento (él vivió tres años en el Sahara, y los consideró los más felices de su vida) es una oportunidad para detonar lo que uno de verdad lleva dentro: “El Sahara está más vivo que una capital, y si se desmagnetizaran los polos esenciales de la vida, la ciudad más abigarrada se vacía”; que la amistad no necesita de la presencia y exige no juzgar: “Cuando invito a un amigo a mi mesa le ruego que se siente, pero si cojea no le pido que baile”, y que es imposible filosóficamente que triunfe el fascismo, que rechaza “las contradicciones creativas” y quiere fundar por mil años “el robot del hormiguero”. “El orden por el orden castra en el hombre su poder esencial, que consiste en transformar tanto el mundo como a sí mismo”.

Si tuviera que quedarme con un pasaje del libro, escogería su recuerdo de la guerra civil española, cuando una patrulla anarquista lo detiene de madrugada, con una cámara de fotos y en una estación de trenes, y él ha olvidado su credencial de periodista. Teme por su vida, puede ser uno más de los fusilamientos arbitrarios de esos falsos justicieros: “las vanguardias revolucionarias del partido que sean no cazan hombres (no aprecian la sustancia del hombre) sino síntomas. La verdad contraria les parece una enfermedad epidérmica. Por un síntoma dudoso se despacha a los contagios al lazareto de aislamientos. El cementerio”. 

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La banda número 7 de recogida de las maletas del aeropuerto Benito Juárez estaba ya apagada. La reclamación, inútil a todas luces, quedó hecha, el maloliente taxi se arrastraba por el Viaducto y de pronto me entró una inmensa duda: ¿qué pensará el ladronzuelo que se apoderó de nuestros libros de Stacy de la Bruyère y su Saint.Exupéry. Une vie a contra-courrant?

P.D. La imagen: Antoine de Saint-Exupéry, a bordo de un Lightning P-38, durante la guerra.

Diario de la peste (10). Carlos Rangel

Escribí el nombre de Carlos Rangel (Caracas 1929-1988) y no supe qué etiqueta ponerle para tranquilizar el instinto taxonómico que implica todo comentario sobre alguien. ¿Periodista? Sin duda lo fue, no sólo por su trabajo como editor de Momentoo su columna en el semanario Resumen, sino por el programa que por lustros hizo en la televisión de su país junto a su mujer Sofía Ímber. ¿Académico? Sin duda también, con estudios de posgrado en Estados Unidos y Francia en literatura comparada y maestro de la Universidad Central de Caracas y la New York University. ¿Diplomático? Sí, aunque la afirmación es ya más tímida por lo breve de su carrera. Sirvió, sobre todo, en la Embajada de Venezuela en Bélgica como primer secretario. ¿Intelectual? Definición que todo el mundo entiende pero que nadie sabe en realidad qué significa, yo incluido. Intelectual en el sentido de que podía hablar de los asuntos públicos y su voz tenía autoridad, era relevante, sin ser necesariamente ni un experto ni un protagonista de los temas a tratar. ¿Celebridad? Sí, pero no con los alcances de un político fantoche o un beisbolista de las mayores. Lo fue porque junto a Sofía Ímber formaba una pareja poderosa dentro de la alta cultura caraqueña. Ímber fue la creadora y directora del Museo de Arte Contemporáneo, la mejor institución de su tipo en América Latina hasta su inevitable pleito con la revolución bolivariana. Chávez incluso tuvo la delicadeza de destituirla en vivo durante la transmisión de su programa vespertino Aló Presidente

Carlos Rangel, periodista, académico, diplomático e intelectual venezolano, fue sobre todo un pensador liberal preocupado por la deriva totalitaria del continente. Su talante lo determinada su programa de televisión. En ese banal horror que se llama Venevisión de la familia Cisneros (gemelo ideológico de Televisa en México), se empeñó por muchos años en defender el periodismo de opinión exigente y la entrevista retadora. Rangel e Ímber no le daban a la audiencia lo que pedía (para eso estaba Miss Venezuela y ciertas telenovelas en la misma cadena) sino que le ofrecían contenido de alta calidad y apostaban por la inteligencia del telespectador y no a su modorra. Escribí ciertas telenovelas porque Venezuela fue la cuna (junto a Colombia) de una revolución en el formato y alcance de este género, que hunde sus raíces en la novela de folletín del siglo XIX. De la mano de José Ignacio Cabrujas, un pequeño grupo de escritores (Ibsen Martínez, Luis Zelkowicz y Alberto Barrera, por ejemplo) logró lo impensable: darle la vuelta al eterno cuento de la Cenicienta y hacer que la pantalla reflejara de manera más exacta los dilemas de la naturaleza humana. 

Si el talante de Rangel quedó atrapado en los archivos de la gran pantalla, su legado está en un libro: Del buen salvaje al buen revolucionario. Se trata de un intento serio, sistemático, de entender por qué América Latina es la expresión de un fracaso histórico, y Estados Unidos, la culminación exitosa del sueño europeo sobre América.

Escrito entre 1974 y 1975, el libro nace de una sugerencia de Jean François Revel. Por ello se publicó primero en francés, en Editions Robert Laffont, y por ello llevó el prólogo del autor de El conocimiento inútil. El libro de Rangel fue muy polémico en su momento, activamente combatido desde las universidades públicas y la prensa comprometida, incluso repudiado, y luego, lentamente, olvidado, aunque ahí están (como en El ogro filantrópicode Octavio Paz y en La tentación totalitariadel propio Revel, libros coetáneos) las claves para entender la fragilidad democrática de nuestro continente.

En esta relectura (no todo son relecturas, pero esta sí lo es) no me ha interesado tanto la tesis histórica de Rangel, que desprecia, quizá por ser Venezuela una parte relativamente marginal del Virreinato de la Nueva Granada, la fuerza civilizatoria de la Monarquía Hispánica en América para privilegiar los logros democráticos y ciudadanos de las trece colonias británicas de América del Norte. La tesis de Rangel es que las colonias hispanas se basaron en el trabajo esclavo (abierto de los africanos traídos a la fuerza y velado en el caso de los indígenas en las encomiendas y haciendas) y las colonias inglesas en el trabajo de los colonos. La América española era el reino de la Contrarreforma y el absolutismo, y las colonias inglesas, de la libertad religiosa y el derecho consuetudinario. 

Rangel ignora, por ejemplo, que la primera globalización comercial empezó en México con la ruta de la Nao de China. Tras la conquista de Filipinas por Felipe II, expedición organizada y financiada desde la Ciudad de México, España abrió una ruta comercial alterna a la ruta de la seda que conectó de manera comercial Asia, América y Europa a través de los puertos de Manila, Acapulco y Manzanillo, Veracruz y el puerto dulce de Sevilla, más la ruta terrestre por el centro la Nueva España.

En cambio, es deslumbrante el análisis político de América Latina, la necesidad del hombre providencial que por sí mismo puede rescatar a un país o una sociedad y cómo el caudillo decimonónico, dueño de vidas y haciendas, se trasmutó en el revolucionario justiciero. Así, la utopía arcaica del poblador original, puro y angelical, tiene su culminación lógica en la historia, tras una vulgata marxista mal digerida, en el Hombre Nuevo.

Las páginas del libro en que analiza a Juan Domingo Perón son inmejorables, la mejor explicación que he leído para entender cómo un país de los alcances de la Argentina se precipitó ciega a su destino latinoamericano por vía del populismo peronista. Lo mismo hace con el gobierno de Velasco en el Perú. 

Tres figuras son centrales: Víctor Raúl Haya de la Torre, el fundador del APRA peruano y el pensador más dotado del continente para proponer un modelo de izquierda democrática no dependiente de la Unión Soviética; Rómulo Betancur, el restaurador de la democracia venezolana, y la figura mercurial de Fidel Castro, culminación y semilla de todos los males latinoamericanos.

Para México, que analiza con una fineza y una precisión que recuerdan las palabras de Vargas Llosa sobre la dictadura perfecta pero dichas dos décadas antes, la parte más útil hoy es, sin embargo, el análisis del gobierno de Salvador Allende. El chileno interpretó su victoria electoral, en el marco de una democracia representativa e institucional, como una licencia, no concedida ni por las leyes democráticas ni por su espíritu, para hacer una revolución desde el poder, pacífica pero radical. Su fracaso fue el fracaso de tres generaciones de chilenos, y sus ecos, incluida la pútrida dictadura de Pinochet, llegan a nuestros días. Y digo la parte más útil para México hoy porque López Obrador ha dicho de sus años de estudiante en la UNAM que la figura que lo lanzó a la conciencia política fue Salvador Allende.  

P.D. Carlos Rangel se suicidó el 15 de enero de 1988. Imposible entrar en la mente del suicida, pero se sabe que es un comportamiento más genético que vivencial, aunque lo puede disparar hechos concretos. Su mujer decidió ir al programa de televisión compartido como un homenaje a su marido. Su gesto fue malentendido. Hoy sería linchada en las redes.  

Diario de la peste. Literatura contagiosa

Hace once años escribí este ensayo a propósito de la crisis por la pandemia de influenza A (H1N1) que se inició en un potrero veracruzano en el 2009. Se trata de una (re)lectura de tres autores clásicos sobre el tema de la peste: Daniel Defoe, Thomas Mann y Albert Camus. Lo publiqué en Letras Libres. El miedo del gobierno de Felipe Calderón, además de la salud de la población, era que el brote se expandiera por el mundo con un daño reputacional irreparable para el país. Fue injustamente vilipendiado y tildado de tibio, por unos, y de exagerado, por la mayoría. La acción contrasta, como el ébano del marfil, con la indiferencia del gobierno de López Obrador ante el embate del Covid-19 (por su acrónimo en inglés): México podría convertirse en un paria internacional, dentro de pocas semanas, al ser la única economía occidental sin tomar medidas de aislamiento social drásticas.