Diario de la peste (42). Et voilà

Viajé a París a finales de junio del 2003 con la única finalidad de entrevistar a Jorge Semprún. No era algo tan extravagante como parece, ya que vivía en Madrid y trabajaba como director editorial de Letras Libres España. Un mundo extraño con vuelos baratos. Gracias a Guillermo Sheridan pude hospedarme de manera gratuita, así que aproveché esa suerte para llegar un día antes de mi cita y quedarme un par de noches adicionales. Al confirmar la entrevista por email me pidió estar puntual en su casa, en la célebre Rue de l’Université, a las once de la mañana. Llegué, por su puesto, con mucha antelación y recorrí distraídamente algunas manzanas alrededor de la casa. La calle parte de la torre Eiffel y recorre, paralela al Sena, casi tres kilómetros de la almendra de París, comunicando el séptimo distrito con el quinto, para desembocar en el corazón de Saint Germain des Près. Acerqué mi índice al timbre del departamento mirando fijamente la manecilla de mi reloj para pulsarlo exactamente las once de la mañana. Silencio sepulcral. Repetí la operación, con sangre fría, un par de veces. Luego, esperé un minuto. Y toqué de nuevo. Luego, a los tres minutos. Y nada. La portera no respondía. París, fiel a sus arquetipos. A las once y diez salió una vecina. La adrenalina hizo fluir mi francés, aprendido con disciplina, pero sin talento, en el IFAL de la calle Nazas. No sé por qué se apiadó de mí. Me explicó que Semprún ya no vivía ahí hacía varios años. Me dijo, en un susurro gutural, que se habían mudado en la misma calle. Y me dio el nuevo número. Habían sido amigos como vecinos, pero ya no se veían. 

¿Por qué llevaba mal la dirección? Muy simple: cuando hablé a Tusquets, sus editores, para confirmar la dirección que teníamos en la revista, me dictaron la calle y el número por teléfono con la amistad y cortesía de siempre. Y al cotejarlo con el directorio de la revista (heredado del viejo directorio de Vuelta) no me percaté de la discrepancia en el número, pues coincidía el nombre de la calle. La nueva casa de Semprún estaba a más de doscientos números de distancia. Ahí aprendí que eso en París puede significar varios kilómetros. Al recorrer la primera cuadra y no avanzar la numeración más que en tres números empecé a preocuparme. Había tráfico y muchos semáforos rojos, así que tomar un taxi sería contraproducente. Y un tanto ridículo. Así que: piernas, para qué las quiero. No disfruté la belleza de la calle, ni los jardines de la Asamblea Nacional, ni los coquetos comercios, ni las olorosas panaderías que se sucedían a mi trote veloz. A las once y treinta y cinco toqué en casa de Semprún. Din-don. 

Me abrió él mismo la puerta de su departamento. Su célebre mirada de hierro traspasó mi lóbulo ocular y me redujo a la calidad de intruso. Por fin entendí a los testigos de Jehová. Tengo la suerte de no sudar y de no sufrir estrés en casi ninguna situación. Mi saquito de Zara, que me puse en las escaleras, disimulaba bien las inéditas galaxias de mi sobaco, pero la cara literalmente goteaba. Tenía delante al nieto de Antonio Maura (presidente del consejo de ministro con Alfonso XIII), al sobrino de Miguel Maura (figura clave de la segunda república desde el bando conservador), al alumno del Liceo Henry IV en su exilio parisino, al resistente que soportó la tortura de la Gestapo al ser detenido, al deportado en Buchenwald, al militante comunista clandestino en la España de Franco, al ex ministro de cultura de Felipe González, al guionista de Alain Resnais y Costa-Gavras, al autor de El largo viajeAutobiografía de Federico Sánchez. Un gigante de la cultura europea, un viejo amigo de Octavio Paz, un león disfrazado de león que aguardaba una palabra mía para decidir si me arrancaba la cabeza de un mordisco o dos.

—Perdona, Jorge, necesito pasar a tu baño un segundo antes de empezar la entrevista. ¿Dónde es?

Al menos, estaba ya dentro. Coloqué a buen resguardo la libreta, la grabadora y el libro que quería que me dedicara. Sólo faltaba que se mojaran. Me lavé las manos y la cara pausadamente. Frente al espejo del baño no pensé en La filosofía del tocadorde Sade. Y me repetí en silencio una frase que parecía extraída de un manual de autoayuda: “Tú puedes, Ricardo.”

La conversación, por supuesto, empezó tensa. Me advirtió que le quedaba poco tiempo. Después, todo fluyó. Había leído sus libros, así que estaba preparado. Logré una larga y pausada entrevista que se publicó en el número de septiembre de 2003 de Letras Libres dedicado a la naturaleza del mal. Pero siempre sentí que le faltaba algo a la introducción. Et voilà.

Posdata para el confinamiento:

En esa charla me dijo algo que ya había plasmado en La escritura o la vida:que el momento más intenso de su vida lo había pasado los domingos por la tarde en las letrinas de los barracones del campo de concentración. En este insólito lugar, contraviniendo las normas, se reunían los presos políticos españoles. Su existencia era frágil e insoportable y no podían hacer nada para cambiar esa realidad si querían sobrevivir. Ahí, en el único momento de descanso de la semana, en lugar de ahorrar energía en los camastros colectivos, se reunían a recitar las viejas canciones y los romances que había aprendido en la infancia y que se sabían de memoria. También poemas de Vallejo y Machado. Mirándome a los ojos, otra vez, con una fuerza y una profundidad como no he encontrado en otra mirada, sentenció: “La literatura me permitió escapar del infierno. La literatura me salvó la vida”.

Diario de la peste (41). Otro 4 de mayo.

Pablo Soler Frost, con 17 años, es el gigante intelectual de la preparatoria del Instituto Luis Vives, y no sólo por ser el mayor: ha ganado el concurso de cuento de las prepas incorporadas a la UNAM, tiene ya un libro publicado (De batallas), dictó una conferencia sobre los poetas malditos en el salón del vitral, junto a Federico Bonasso y Alberto López Fernández, y habla alemán, inglés y catalán. Ahora pontifica, genial, sobre Cien años de soledad, que, por supuesto, ya ha leído. ¡Y lo desprecia! Es el único de todo el grupo de amigos que está con los ingleses en las guerras de Las Malvinas. Es amigo mío incomprensiblemente: tengo 13 años, voy en segundo de secundaria, me apasionan las matemáticas y mi único talento en sintonía es un catalán familiar más que desdibujado. Aunque sé que son ridículas leyendas sin sustento, me obsesiona quedarme calvo o que la mano derecha se me acalambre. 

Tengo que leer ese libro, pese al consejo familiar de posponerlo hasta los quince. Me urge discutirlo, glosarlo, regurgitarlo en el patio de la escuela. 

Anoto con mi letra aún infantil en una esquina del libro (quinta edición, Sudamericana): “Ricardo Cayuela Gally, 4 de mayo de 1982.”

Capítulo primero. Noche de insomnio y fuego: un gitano vende hielo. Ya nada será igual.

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Confieso que no he vuelto a leer Cien años de soledad desde aquella primera y única vez en la temprana adolescencia. Tengo recuerdos míticos, seguramente ya mezclados con vivencias y lecturas conexas de todo tipo, y no quiero enfrentarme de nuevo a esa saga familiar y salir decepcionado, como tristemente me pasó con Rayuela. Quiero proteger al puberto marisabidillo y odioso que era (¿era?) en esa época.

Diario de la peste (32). La nieve del abuelo

En nuestra vida de niños mexicanos había una excepción a los plácidos inviernos: la nieve del abuelo. Hijo de ricos ganaderos de un pueblo de Soria que ya no existe, quinientas casas señoriales abandonadas a su suerte en la meseta castellana, secretamente orgullosas todavía de los blasones que penden indestructibles al viento de sus fachadas, el recuerdo del frío incendiaba sus conversaciones. Su vida puede ser leída como una constante huida climática: de Soria a Córdoba, en Andalucía, donde se casó con ese torbellino de problemas, chismes, garbo, gracias, odios, generosidades tipo mafia y dolores que en vida llamábamos la abuela, y de ahí a la Ciudad de México, hebilla del Eje Volcánico y en aquel entonces una suerte de paraíso en la tierra, la región más transparente del aire. En aquel entonces.

La primera nevada los sorprendía en la Fiesta del Pilar, el 12 de octubre. Puntual, cada año igual al otro y la misma sorpresa: ¡qué pronto empezó el invierno este año!, como si los deseos de tener otoño pasaran de generación en generación y la mejor manera de afrontar lo inevitable fuera sorprenderse. Y el sayo tatuado al cuerpo hasta bien entrado junio. Clima para curtir jamones, clima de quesos en conserva, de nueces y avellanas. Clima de los mil demonios y las siete puertas del infierno. Un cuchillo de pedernal del que nacen nueve estalactitas: enero y febrero las más afiladas. Y entre lobos y álamos, el hilo narrativo del abuelo parecía un monólogo sobre el catarro y la gripe, un tratado de las narices congestionadas, una encendida encíclica contra lejanas y fantasmales tías, siempre de luto en velorios bajo cero. Y nieve, mucha nieve. Nieve cordero, nieve Duero, nieve entre los huesos y nieve en la mirada. Nieve que te quiero nieve. Nieve abril y nieve dos de mayo.

Y nosotros, con cada vez más frío, escuchábamos al abuelo con los ojos desorbitados, típicos de una infancia en traje de baño y largas tardes de alberca, tiritando, entre buganvilias y jacarandas en flor, lluvia morada del Altiplano, con nostalgia por el sol, pese a tenerlo literalmente al alcance de la mano.

Diario de la peste (30). Acacias amarillas

Al final de una breve estribación, una hilera de lonas anuncia el campamento. La vista se pierde en un mar de amarillos surcado por olas ocre. La tarde declina rápido en el trópico. En un parpadeo se apaga el campo y se prende el cielo. Apenas hay tiempo de encender el fuego. Será por esa noche la única luz del Serengueti.

Welcome home, nos dice el anfitrión que, junto al guardia masái que nos vigila a la distancia, es el único ser humano en tropecientas leguas a la redonda. 

Desde esos parajes, parte del valle del Riff, empezó la humanidad su viaje planetario. Una huella petrificada en la vecina Laetoli atestigua los titubeantes primeros pasos erguidos de los homínidos en la infancia de nuestra especie. A veces los eslóganes son ciertos: todos somos migrantes.  

Atrás quedaron algunas imágenes mentales: el ritual de apareamiento de las jirafas, verdadero arte del equilibrista; la fuga en tropel de las gacelas de Grant ante el rumor de una sospecha; la lucha por el estanque entre búfalos y hienas, que por esta ocasión no rieron al último. Justo antes de dirigirnos al campamento, una nube de moscas tse-tsé nos recuerda que no estamos en la Arcadia.

El tiempo es una lenta cerveza del Kilimanjaro. Solo se escucha el crepitar del fuego, cuyas lindes se pierden ante el tintineo de las estrellas. 

El guardia masái nos acompaña en torno a la fogata. Es una estaca provisto de una lanza que parece de utilería y una lámpara potente. Cada determinado tiempo, apunta con la linterna en círculos concéntricos. Las hierbas parecen tener miles de ojos al acecho.

Tengo el mal gusto de rasgar el silencio. Hablamos de una leyenda que sitúa a los masáis como herederos de la legión romana perdida en una expedición por el Alto Nilo. Sus trajes de pretorianos de un hipotético César negro la hacen verosímil, aunque es falsa. De hecho, este pueblo nómada y ganadero es casi un recién llegado a las sabanas, un par de siglos antes que el hombre blanco. Si Félix Romeo viviera, ya nos habría informado que los masáis piensan que todas las vacas del mundo les pertenecen. La vaca es el centro de su cosmogonía afirmaría enfático. En Tanzania también lo extrañamos.

Por suerte, la guerra de los masáis contra las reservas ha llegado a su fin. El mágico dólar los ha incorporado a la industria del turismo. El celular tiene cobertura. La Estación Espacial Internacional surca el cielo. Alguien nos deletrea. 

De pronto, un soplido ronco, un soprano afónico nos enmudece. De tan próximo, parece un comensal más en este banquete de la sinestesia. El guardia masái golpea el suelo dos veces con su lanza de pacotilla.

Lion. Two kilometers. Don’t worry. Hakuna matata.

La segunda cerveza transcurre menos plácida. Rasga. La frasecita robada del suajili por Disney en su infantilización del mundo no me tranquiliza.     

Otra vez la lanza golpea el suelo. Unas risas infernales nos rodean.

Hyenas. One kilometer and a half. Don’t worry. Hakuna matata.

La leña se agota. El fuego se extingue. Hay que ir a la tienda. El masái nos acompaña hasta la puerta. No sé cuándo se nos unió el anfitrión, pero tengo claras sus palabras: 

Don’t leave the tent under any circumstances. Good night and remember: hakuna matata

Confesar nuestro miedo nos vuelve valientes. Nos abrazamos. Mamá África nos protege. 

¿Cómo iba a sospechar que la cacería ya había empezado, y que ésta no se desarrollaría entre suaves colinas y acacias amarillas?

Diario de la peste (9). Café San Marco

En estos días de encierro, en que extraño visitar a mis padres, quedar a comer con los amigos, salir a nadar con mis hijos, cenar y bailar con Yai y demás maravillas que de cotidianas dimos por establecidas para siempre (volverán), una nostalgia fresca y humilde, como una col lopezvelardiana, me atenaza esta mañana: salir por un café. Sin más pretensiones que eso. Y eso me llevó hoy por los vericuetos retorcidos de mi mente al mejor café del mundo: el Café San Marco de Trieste. Y qué alegría repetir “café” cuatro veces en cinco líneas. 

Marc Augé habla de los “No lugares” para referirse a los espacios idénticos e impersonales que se reproducen por la corteza terrestre como un hongo apocalíptico: aeropuertos, centros comerciales, franquicias de comida rápida en los suburbios. Y con la propiedad de la generación espontánea en la que creían los sabios antiguos: aeropuertos suburbiales que son centros comerciales donde triunfa la comida chatarra. Frente a estos emblemas de nuestra muerte cultural, George Steiner, no sin cierta coquetería intelectual, afirmaba que la idea de Europa como civilización es inseparable de sus cafés: espacios laicos y tolerantes, de disertación, lectura, intriga y debate. El café como espacio singular, cargado de historia concreta. Historia, además, no objetiva, ya que vive de las diversas versiones y recreaciones de sus usuarios. Historia que habita en la memoria y cambia y se corrige con el tiempo. Desde luego que hay hechos puntuales: el día que se inauguró, el nombre del dueño, el precio de un espresso, pero el resto es literatura y subjetividad. La cita trunca, la confidencia, el desahogo. 

Al café San Marco de Trieste llegamos Yaiza y yo sin expectativas. Llevábamos ya tres días a pata de perro por Trieste, pese a la cruel persistencia del bora, el viento que barre (bora-barre) el golfo de Trieste con la fuerza de su nombre mitológico. Trieste, con su abigarrada historia y su belleza serena, nos había deslumbrado. Y si bien habíamos leído en Claudio Magris del café San Marco, era para nosotros tan sólo una parada más. Además, el bora no hacía de mí un anciano alado con túnica de nubes, sino un cuarentón desgreñado, sin el abrigo apropiado, que cruzaba trabajosamente por la Vía Giula el parque Muzio de Tommasini. Una cuadra adelante doblamos obedientes a la derecha en la calle Cesare Battisti y vimos la entrada discreta del mítico café, apenas una boca de madera oscura y dientes de cristal en la planta baja de una pesada edificación de piedra, otro de esos pasteles neoclásicos del imperio austrohúngaro.

Al cruzar la puerta de entrada la discreción se convirtió en esplendor, como también pasa en tantas casas solariegas de la adusta Castilla. La sensación de refugio fue inmediata. Y no solo por el fin del bora en la espalda descubierta. El café San Marcos respira madera noble, vitrinas con repostería vienesa, taburetes de cuero, cojines de colores que no tienen escrita la palabra “prisa” en su dorso, techos altos, lámparas colgantes y esa sensación de recinto rebelde normalizado por el tiempo y el dinero donde me siento tan cómodo. 

El café San Marco se fundó en 1914, a “cuarto para las doce” del fin del Imperio Austrohúngaro, que tan dignamente representaba. Saqueado por las tropas serbias, volvió a abrir sus puertas restaurado para pertenecer a otro país: una Italia aún incrédula de heredad de los estragos de la guerra, el principal puerto del Imperio. La historia del café San Marco es la historia de Trieste. Y esta es una historia triste, Altazor. Sin ir más lejos, fue el Palacio de Miramar, en Trieste, del que salieron Maximiliano y Carlota rumbo a aventura americana que terminó en el Cerro de las Campanas. De ahí que al palacio de Chapultepec lo quisieran bautizar como Miravalle, pero esa es otra historia.

Si la afirmación de George Steiner sobre Europa y la cultura es cierta en algún lugar, es en el café San Marco de Trieste. Por cierto, En el castillo de Barba Azul, de Steiner, es quizá la mejor lectura que puede hacerse en estos días de pérdida acelerada del sentido de las cosas. Ahí, el desaparecido erudito francés (aunque limitarlo a una nacionalidad es una estupidez) elabora una elocuente refutación del pesimismo de Eliot sobre la inutilidad de la cultura ante el triunfo de la barbarie. Curiosamente, el cuento de hadas rescatado por Charles Perrault que le da título a la obra de Steiner nos enseña algo útil en estos días: cómo ganar tiempo ante el espanto de la habitación prohibida. 

Por las puertas del café San Marco pasaron, escribieron y soñaron despiertos Umberto Saba, Italo Svevo y James Joyce, que veía en la convulsa Trieste un remanso de paz (y riqueza) frente a su agitada (y paupérrima) Irlanda. 

Pero si hemos de quedarnos con un libro escrito entre sus mesas de mármol mi elección son las memorias de Marisa Madieri, Verde agua, cuya sobriedad evocativa, no exenta de una tímida sensualidad, me recuerda las mejores novelas de Natalia Ginzburg.

Madieri nació en Fiume, ciudad en la costa adriática que perteneció al Imperio Austrohúngaro. Tras la “matanza inmóvil” de la primera guerra mundial (como definió el historiador François Furet el horror de las trincheras), la ciudad fue disputada por italianos y eslavos del sur. Gabriel D’Annunzio, claro antecedente del fascismo, la ocupó en nombre de la poesía y el futuro y creó un Estado independiente que duró un parpadeo al ser anexionado a Italia por Mussolini. Tras la segunda guerra, la ciudad fue entregada a la Yugoslavia de Tito y reconvertida en la croata Rijeka. Los italianos fueron expulsados y con ellos la familia de Madieri, pese a ser hija de madre eslava. Madieri, parroquiana del Café San Marco, como Claudio Magris, su marido, fue quien le regaló la idea de escribir El Danubio. Ahí nomás.

En el Café San Marco, reconvertido también en una pequeña librería, compramos libretas, libros curiosos y álbumes de fotos y pasamos la tarde perfecta, entre risas, confesiones y lecturas interrumpidas por la felicidad. Las fotos de ese día muestran el inconfundible bigote de la espuma del capuccino y la menos conocida corona de migajas de strudel y tarta sacher.

Volverán los cafés. Volverán.

Diario de la peste (4). Fados en Lisboa

La cuarentena voluntaria, ante la indolencia criminal del gobierno mexicano, es una excusa perfecta para visitar recuerdos y mecerse en su aroma a junco y capulí. Una pausa en la rutina familiar: tender la cama, dorar la milanesa, baile en grupo, repaso de las mecanizaciones. La memoria voluntaria, esa cana al aire de la conciencia.

Hace un cuarto de siglo, caminábamos por las callejuelas de Alfama. Intenso olor a sardinas asadas, a esa hora en que la luz de la tarde aún lucha con las sombras de la noche, perdidos y con un oporto de más en el cuerpo, dimos por fin con el local de fados que la guía turística señalaba como “no turístico”. Genuino. Ese estúpido afán de los visitantes de ser los únicos no locales entre locales que regía mis vagabundeos turísticos. Y encima querer pasar desapercibido. La puerta cerrada. Pero la música abierta. Tocamos después de forcejear levemente con la cerradura. Una caricatura de portuguesa de la enciclopedia de los lugares comunes nos dice con nerviosos movimientos de su bigote que nao podemos pasar, que o local é reservado para uma festa particular. Aunque no soy precisamente docto en lenguas extranjeras, logro entender vagamente que “no podemos pasar, que el local está reservado para una fiesta particular”. Y tras sus cariñosas palabras, nos cierra la puerta en las narices. Entonces decido insistir, con el coraje del que lo tiene todo perdido. Y vuelve abrir la puerta, ahora sí de mal humor. Le explico que estamos de luna de miel, que somos mexicanos, no españoles, que mañana dejamos Lisboa temprano, y que, por favor, nos deje entrar. Y nos vuelve a cerrar la puerta, pero de una manera más dulce, casi melancólica. Ya nos íbamos, derrotados, cuando la puerta se abre de nuevo y nos llama: 

— Eles são realmente lua de mel?

—Sí, lo juramos por la Virgen de Fátima.

—Podem acontecer.

Eso sí, al entrar nos separó. Ella, majestuosa como todas las sirenas de tierra adentro, en una mesa adelante, rodeada sólo de mujeres. Yo, en la fila de atrás, con los amigos portugueses. Mágicamente me aparece una copa de vino tinto (verde) que será rellenada sin pedirlo por el resto de la noche. Grandes bandejas de pan campesino. Y un solo plato, igual para todos, de bacalao con crema. En el escenario, ante una viola que parece tocarse sola (sin la cacofonía de la rima interna) y una guitarra portuguesa (que es casi el mismo instrumento, pero como tiene otro nombre, suena distinto), se van alternando los propios comensales, que suben a cantarle a alguien escondido entre el público. Jamás pensé que el fado pudiera ser festivo. Muy pronto descubrimos que estábamos de convidados de piedra en la fiesta de cumpleaños de una fadista. Hubo abrazos, risas. Brindis enportuñol. Incluso cantamos “Las mañanitas”. Por suerte para la festejada, desde las mesas. Pero muy pocas palabras. No era necesario. A veces el lenguaje es una ventana en silencio. ¿Turismo bonzo por fin? No. ¿Comunión de almas? La mejor prueba es que no hubo cuenta ni pago alguno ni amago de hacerlo.

¿Estuvo de verdad Dulce Pontes? ¿Marta Dias? ¿Cristina Franco? No lo puedo afirmar. Pero sus rostros, en la penumbra del lugar, los recuerdo, idénticos a las portadas de los discos que al día siguiente compramos en el Virgin de la Plaza de la Victoria y que ahora atesoro, pese a Spotify.