Diario de la peste (24). Narcisismo y poder.

El problema de glosar cualquier mito griego es que todo está conectado y cualquier mención (una diosa, un héroe, una ninfa) te lleva a otra y al final tienes que citar a Hesíodo entero para darte a entender. Por eso, en los tratados (pienso en el canadiense formado en Oxford H.J. Rose o en su discípulo Robin Hard) los mismos “personajes” aparecen y desaparecen a lo largo de toda la obra. Quien logró salir de esa madeja de miles de hilos entrelazados con una visión más narrativa fue Robert Graves, que además de erudito en los mitos griegos (y hebreos) era poeta y novelista. En cualquier caso, entrar a la mitología griega es como entrar a El jardín de las deliciasde El Bosco, con una peculiaridad: cada noche los personajes del cuadro se dan la vuelta e interactúan con otros distintos. 

De ese bosque infinito, Sigmund Freud tuvo la clarividencia para proyectar algunos temas y personajes griegos (conocimiento común de los europeos antes de la primera guerra mundial) como emblemas, símbolos de lo que iba descubriendo en sus indagaciones sobre la personalidad humana. Los miles de casos clínicos que atendió (con hipnosis, interpretación de los sueños y otros artilugios casi de mago) lo llevaron a encontrar una suerte de mínimo común denominador en la formación de toda persona, los parámetros de normalidad funcional (siempre relativa) y un método clínico de terapia (el psicoanálisis). Y aunque su teoría ha encontrado severos reparos (en nada le ayudaron a su vigencia los delirios de algunos de sus seguidores) desde la psiquiatría y la neurología (en las que se formó, por cierto), muchas de sus teorías son el lenguaje común en el que los profanos hablamos de temas de psicología. Por ejemplo, de Narciso y del narcisismo.

El joven Narciso, hijo del dios del río Cefiso y de la ninfa Leiriope (a la que viola), era hermoso y deseado intensamente por hombres, mujeres, ninfas y sátiros de toda laya y condición, pero él era frío y arrogante; se sentía tan superior a todos que no podía amar a nadie que no fuera a sí mismo. La ninfa Eco (que ya había sido castigada por Hera a perder el don del lenguaje y sólo repetir los sonidos por haberla distraído con su charla y así ayudar a escapar a las otras ninfas que había retozado alegremente con Zeus) se enamoró de Narciso en un claro del bosque e intentó atraerlo repitiendo los armónicos de la naturaleza (Eco está vinculada al dios Pan y éste, a Dioniso…), pero Narciso previsiblemente la rechaza también. En venganza, la diosa Némesis le juega un cruel ardid: lo lleva a un estanque. Al verse reflejado en el agua, Narciso queda enamorada de sí mismo, hechizado de su belleza, y al tratar de alcanzarse, se ahoga. Para Ovidio, sabio romano y cruel intérprete de los mitos griegos, Narciso en el submundo de Hades sigue enamorado de sí mismo, contemplándose sin fin en la laguna Estigia.

El narcisismo sano es una etapa temprana en el desarrollo de la personalidad del niño cuando adquiere consciencia de su existencia, pero piensa, no sin cierta razón, que todo gira alrededor de él o es una extensión de su propio cuerpo, incluida la magnífica teta materna, fuente de todos sus deseos. Esta etapa termina pronto, y da pie al descubrimiento de que existen otras personas (pequeño detalle) y el marco de relaciones que se pueden y deben establecer con ellas. Las personas que no superan de verdad esta etapa sufren del “trastorno de la personalidad narcisista”, que la Clínica Mayo define así:

“El trastorno de personalidad narcisista (uno de varios tipos de trastornos de la personalidad) es un trastorno mental en el cual las personas tienen un sentido desmesurado de su propia importancia, una necesidad profunda de atención excesiva y admiración, relaciones conflictivas y una carencia de empatía por los demás. Sin embargo, detrás de esta máscara de seguridad extrema, hay una autoestima frágil que es vulnerable a la crítica más leve.”

Lo interesante en el caso de Sigmund Freud fue que no sólo sintetizó esta etapa humana del desarrollo humano, más o menos aceptada por legos y profanos, psicólogos y psiquiatras, sino que estudió un caso concreto de ésta cuando se transforma en dolencia, relativamente común (en diversas escalas) entre políticos y artistas. Se trata de El Presidente Thomas Woodrow Wilson. Un estudio psicológico, uno de sus libros menos conocidos y estudiados. Publicado en 1932, el libro contó con la inestimable ayuda de William C. Bullitt, quien había trabajado con Woodrow Wilson por muchos lustros y conocía de cerca la compleja personalidad del presidente de los Estados Unidos.

El libro no es un estudio clínico en rigor, ya que el presidente Woodrow Wilson no fue paciente del doctor Freud, obviamente. Por ello, es más una aproximación al perfil psicológico a través de las informaciones conocidas de este personaje público, las múltiples biografías escritas sobre él y la información concreta que aportada un testigo de tantos años como fue Bullitt, lo que le valió ser considerado como coautor del estudio.

A ambos autores les obsesionaba Woodrow Wilson por una razón vital y política. Porque ven en su debilidad, e incluso colapso, la razón por la que se frustró el sueño de una paz justa tras la primera guerra mundial. Para Freud-Bullitt, la responsabilidad de Woodrow Wilson en la firma del tratado de Versalles es absoluta. Y las razones son de orden psicológico. Con la simple argucia de hacerle creer que todo era producto de su genio y sus ideas originales, alabando su vanidad sin freno y aprovechando su debilidad profunda (todo narcisista esconde en realidad un complejo de inferioridad directamente proporcional su aparente superioridad), Clemenceau, Lloyd George y el primer ministro italiano Vittorio Emanuele Orlando forzaron a Woodrow Wilson a aceptar y defender un tratado que era lo opuesto a lo que él originalmente había planteado. Tras la firma, por cierto, Woodrow Wilson no volvió a ser el mismo. Sus dolencias e incapacidades se acrecentaron y murió en 1924 en medio de sufrimientos y paranoias indescriptibles.

Para lograr la paz, Woodrow Wilson había lanzado su famosa propuesta de los catorce puntos, una de las razones de la aceptación del armisticio por parte de los imperios del centro (otra, claro, fue el fracaso en la ofensiva de Kaiserschlacht, diseñada por Erich Ludendorff para terminar la guerra con una victoria y que acabó precipitando la derrota alemana). La Sociedad de Naciones fuerte y con atribuciones que había diseñado se volvió casi un senado decorativo de buenas intenciones (Lodge y la política interna le jugaron en contra), y la promesa de un acuerdo entre todos se volvió un cónclave entre tres líderes en exclusiva: Clemenceau, Lloyd George y Woodrow Wilson. Versalles fue un tratado injusto, que traicionó los postulados del plan original. Alsacia y Lorena regresaron a Francia, junto a con la administración de facto de El Sarre. Alemania perdió sus colonias africanas, que pasaron a manos de los ingleses; además, se vio obligada a unas reparaciones que arruinaron su economía y precipitaron el fracaso de la República de Weimar. Versalles fue el tóxico brebaje con el que Hitler y los nazis envenenaron a las masas alemanas.

La moraleja del libro de Freud-Bullitt, un alegato contra los líderes narcisistas, es clara: las decisiones que toman estos personajes (por rechazo a ser contradichos, por fatuidad o miedo) no se basan en la realidad externa (los hechos), son producto de sus fantasmas (traumas) y tienen consecuencias potencialmente devastadoras. La otra enseñanza del libro es la necesidad de las masas (algo ya visto desde otra óptica por Ortega y Gasset en La rebelión de las masas) de confiar en estos los líderes narcisistas que nunca dudan y que parecen tener las respuestas a todos los problemas, por complejos o nuevos que sean. Y que sólo despiertan del hechizo cuando el daño ya está hecho.

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La pregunta clave para México es saber si López Obrador es un líder narcisista o no. Y de serlo, cómo podemos, desde la sociedad civil, atemperar sus afectos adversos sin forzar la legalidad democrática, sin propiciar un efecto búmeran que nos traiga otro líder idéntico (pero de signo contrario) o que la discordia se apodere del país de manera irresoluble o por más de un sexenio. Pero eso será tema de otras entradas de este blog.

Diario de la peste (23). Kolakowski y los intelectuales orgánicos.

Leszek Kolakowski (Radom, Polonia, 1927 – Oxford, Inglaterra, 2009) tuvo un empeño mayúsculo en su vida: desentrañar el marxismo para entender los horrores sin fin que se cometían en su nombre. Al principio, desde su Polonia natal, con el deseo de reformar el dogma oficial y abrir un espacio para la autonomía moral de los ciudadanos. Fracasó. Ya en el exilio, abandonó la esperanza de su reforma y lo combatió con la agudeza de una inteligencia analítica sin par. 

Como historiador, estaba en contra del determinismo marxista. La historia no es una ciencia, ni está ya escrita, ni conduce a un fin determinado. El azar existe. Todo lo que hacemos, incluidas la teoría y la práctica marxistas, modifican la historia de una manera no predecible y todo avanza sin un propósito predeterminado. Nadie sabe cómo lo juzgará la historia, cuyas verdades cambian con el tiempo. La Roma del siglo XIX no es la misma Roma que la del XX, aunque en todas haya muerto Julio César asesinado.

Como filósofo, creía y defendía la libertad individual, base de todas las libertades. Y por eso quiso reconciliar su fe católica con el credo liberal. Le interesó mucho el pensamiento religioso que se disfraza de política e ideología.

Se exilió en Oxford en el temprano 1968. Mientras los jóvenes occidentales buscaban respuestas al vacío de la sociedad de consumo y la rigidez moral de su tiempo a través de la liberalidad sexual, la exploración lúdica de las drogas alucinógenas o imaginaban paraísos de concordia en la tierra, Kolakowski luchaba, desde un diminuto despacho en la honorable universidad que lo recibía, contra la gran mascarada del socialismo real. También le interesó el hechizo que ese mundo causaba en Occidente, particularmente en muchos de esos jóvenes libertarios. Era una paradoja que no se podía explicar desde la razón, sino desde la religión. Los intelectuales de occidente actuaban como una de esas sectas milenaristas que el propio Kolakowski había estudiado. 

En el verano de 1986, convocado por la revista Salmagundi, discutió con George Steiner, Conor Cruise O’Brien y Robert Boyers sobre la responsabilidad de los intelectuales. 

Creo que sus palabras, reproducidas aquí, sirven para esclarecer por qué algunos intelectuales siguen aferrados al dogma de López Obrador, aunque en su actuación transgreda sin recato los principios en los que creen, en particular el valor de la ciencia y la cultura y el respeto a la libertad de prensa y al Estado laico. En otra presidencia, las actitudes de López Obrador les hubieran alarmado hasta el paroxismo o la repugnancia. No me refiero a los que están pagados por el gobierno o por el partido, o los que han conseguido una efímera notoriedad por ser sus paladines. (No podemos saber si a todos estos los pondrá en su sitio la historia, becerro de oro que adoran en vano; Clío, su musa, es impredecible y hasta caprichosa, como ya nos advirtió Kolakowski.) Me refiero a los que, de buena fe, luchando con su consciencia y sus prejuicios, siguen en el barco del obradorismo, esa extraña hidra de una sola cabeza.

Imagino que a Kolakowski no le hubiese disgustado que se le cite, largamente, un viernes santo para desnudar a una secta:

Los intelectuales están sujetos con frecuencia a un fenómeno psicológico especial que refleja el hecho de que están divididos entre deseos o actitudes incompatibles. Por un lado, se sienten muy orgullosos de su superioridad y de su independencia. Por otro, es precisamente este sentimiento de independencia del que están orgullosos el que les produce una especie de incertidumbre sobre su pertenencia. Hay en todo ser humano, obviamente, una necesidad de pertenecer a algún lugar. Y esta es una de las razones por la que es relativamente sencillo para los intelectuales identificarse de un modo cerebral con la causa de la gente al tiempo que mantienen sus sentimientos de superioridad intactos. En otras palabras, quiere pertenecer a una élite con necesidades fuera de lo ordinario, pero al mismo tiempo sufren por esa sensación de distancia y aislamiento. La mejor manera de escapar de este dilema es precisamente la identificación cerebral con la causa de los desvalidos. El marxismo es la mejor manera de expresar este conflicto, de reconciliar, aunque sea parcialmente, estos sentimientos contradictorios. 

Otra tendencia común en los intelectuales es su constante y desesperada búsqueda de legitimidad. Después de todo, nadie pregunta para qué sirven los plomeros o cuál es la razón de ser de los doctores, pero la pregunta sobre cuál es la razón de ser de los intelectuales es bastante natural y hasta entendible. Y son los intelectuales los que se plantean esta pregunta incesantemente. Esperan eventualmente hallar un tipo de legitimidad social que sienten les hace falta. El otro problema es que el intelectual quiere ser escuchado, y la única garantía institucional de que un intelectual será escuchado es si él se incluye dentro de un establishmenttotalitario. Esto explica por qué muchos intelectuales ansían ser pensadores de la corte o filósofos cortesanos en un sistema totalitario que provee ciertas comodidades, y que garantiza por lo menos en parte una audiencia leal a intelectuales serviles, sin importar cuáles sean los resultados. 

[…] De estas memorias [de Nadezhda Mandelstam] podemos advertir cómo la inteligentsiarusa fue en una medida culpable de su propia destrucción. Varias escuelas literarias rivalizaban entre ellas para ser reconocidas por el despótico gobierno comunista y así eliminar a sus competidores. Y esta rivalidad eventualmente le dio a los déspotas una herramienta harto conveniente con la que domar, o domesticar, y eventualmente destruir a la cultura rusa. Detrás de este fenómeno podemos discernir los deseos y las emociones contradictorias que anotábamos anteriormente: tanto ser parte de una élite como estar del lado de los desvalidos, tanto ser independiente como ser aclamado como un heraldo de la razón y un profeta de las masas. Demandas incompatibles pero características, quizá, de esta clase. 

Diario de la peste (22). Método centinela.

Al oír que alguien se aproxima a la garita, el centinela pregunta por la contraseña, siguiendo el método aprendido en el cuartel.

—¿Quién vive?

El tímido intruso no contesta.

—¿Quién muere, insiste el centinela?

Y de nuevo, nadie responde.

El centinela, que es rapaz y conoce la o por lo orondo, ordena a su ejército imaginario multiplicar por ocho la vigilancia:

—Recuerden, camaradas, nadie puede pasar hasta que no responda nuestro santo y seña: “¡Que viva López-Gatell!”

Tras revisar el mohoso candado de la vieja verja, regresa a su guarida. Deja la gorra reglamentaria en la punta del fusil, recostado sobre el muro descarapelado, y trata de volver a dar una justa cabezada. Tiene un sueño confuso y rebosante, como la Viga en cuaresma.

Al otro lado de la frontera, el ejército enemigo fuerza la alambrada con unas pinzas y avanza en tropel. Ahora ya sabe que si lo descubren sólo tendrá que repetir en coro: “¡Que viva López-Gatell!”.

Diario de la peste (21). ¿Como anillo al dedo?

En estos días de pandemia, no deja de sorprenderme la virulencia de la discordia mexicana, provocada, en primer lugar, por la presidencia de la república que un día sí y el otro también descalifica a sus adversarios, a veces reales, a veces imaginarios. Una de las frases más desafortunadas de López Obrador, con cuyo ingenio para la diatriba y la descalificación se podría hacer un colorido diccionario del insulto, como propuso tempranamente Gabriel Zaid, fue la afirmación de que el coronavirus le venía “como anillo al dedo” para consolidar su proyecto, llamado sin ironía “cuarta transformación”. Y me acordé de una reflexión de Octavio Paz a propósito de la Guerra Civil española.

Invitado a dar el discurso de apertura por el quincuagésimo aniversario del Congreso de Escritores Antifascistas de Valencia, Octavio Paz recordó una visita a las trincheras en el Madrid (heroico y asediado, pero también criminal) de 1937. Cuando el odio había deshumanizado por completo a ambos bandos. No había seres humanos, había alimañas sedientas de sangre. Arpías carroñeras. Buitres asesinos. Fascistas y rojos, el corazón helado de las dos Españas. 

Ahí, cuenta Paz, en la Ciudad Universitaria, logró oír unas voces bajas al otro lado de su posición. Una pedía fuego para su mal liado cigarrillo de trinchera. Otra se lamentaba de la amada ausente. Paz preguntó en voz baja al responsable del grupo que los llevaba que quiénes eran esos que susurraban, y el guía le contestó: “Son los otros”. Paz dice que descubrió ahí, para toda la vida, “que los enemigos también tienen voz humana”. Los otros no son sino nuestros semejantes.

La etimología de la palabra “concordia”, de origen latino, sería más o menos la propiedad o capacidad de juntar los corazones, formada del prefijo con– (junto, unión, todo, globalmente), el sustantivo corcordis(corazón) y el sufijo de cualidad –ia

El antónimo de concordia es “discordia”. La máxima discordia es la guerra, circunstancia en donde los derechos desaparecen y el asesinato de los enemigos es legal y buscado por todos los medios. La guerra civil es la guerra entre semejantes, la discordia al cubo.

La tercera acepción de la palabra concordia en el diccionario de María Moliner es “sortija compuesta de dos aros entrelazados”. 

Busquemos entre todos que el único anillo que nos venga al dedo sea la sortija de la concordia.

Diario de la peste (19). La ruta del tren maya

En diciembre pasado decidimos celebrar la llegada del 2020 (quién nos iba a decir que no tendríamos nada que celebrar) siguiendo, en coche, la hipotética ruta del tren maya. Volamos a Campeche, donde rentamos una de esas camionetas americanas que parecen viejas y destartaladas, aunque sean del año, y nos alistamos a recorrer en doce días los 1400 kilómetros del futuro ferrocarril. No quiero aquí hacer la reseña de ese viaje lleno de prodigios. Aunque el verdadero milagro fue humano: dos matrimonios, tres niños de edades e intereses diversos y, sin embargo, gracias al influjo de Harmonía (la olvidada diosa griega de la concordia), cuyos poderes alcanzaron el Caribe mexicano, no hubo ni la sombra de un disturbio. Los niños aguantaron de buen talante el convento franciscano de San Bernardino y los adultos la enésima-última zambullida en la alberca. 

***

Entre Escárcega y Xpujil se cruza la reserva de la biósfera de Calakmul y la reserva natural de Balamkú. Las construcciones ilegales y la invasión de terrenos son la norma. La selva, ladrillo a ladrillo, milpa a milpa, se estrecha. Un muro de pobreza separa artificialmente las dos reservas. La oferta turística ahí sólo se explica por la corrupción ejidal en complicidad con las autoridades. O viceversa. La veda de edificaciones debería ser absoluta. Y de cultivos. Ahora, con el plan de “sembrado vida”, se ha acelerado la destrucción. Para cualquiera debería resultar obvio que no debe ni puede incrementarse el flujo de visitantes, a riesgo de romper el precario equilibrio de la zona. Por ejemplo, la cueva de la que salen cada atardecer millones de murciélagos a polinizar la selva, conocida como el Volcán de los Murciélagos, está abierta al público sin control del número de visitantes ni de los autos, mal estacionados sobre la vereda. El riesgo sanitario por la inhalación del guano es alto. El artesanal acordonamiento anuncia una tragedia. 

Calakmul, enigmática y soberbia, está a ochenta kilómetros al sur de la carretera y la única conexión habilitada es una vía de escaso tamaño cuyo creciente tránsito afecta ya a la fauna, por atropellamientos y ruido. Edificar una estación de tren en esa zona sería un crimen ecológico, un derroche de recursos y un capricho. ¿La solución? Hacer de los pobladores custodios de esa riqueza incalculable, cómplices del desarrollo y no sus víctimas. Turismo de verdad ecológico, en tiendas de campaña equipadas y sostenibles. Como en las grandes reservas africanas. No a las cabañas con techo de lámina, basura sin control y drenaje abierto. Y un transporte colectivo, eléctrico y con horarios fijos, para entrar en la reserva y las ruinas.

En la ruta hacia Bacalar, la carretera atraviesa diversas ciudades mayas, todas sorprendentes. En Chicaná y Becán se notan los recortes del maltrecho y heroico INAH. No hay personal suficiente de custodia o guía, no hay folletería, la oferta editorial y de servicios al turista es prácticamente nula. Bacalar, como demostró un reportaje reciente del New York Times, y niegan las autoridades, enfrenta un riesgo evidente de colapso. Las construcciones ilegales a pie de laguna se suceden sin recato. El manglar y los estromatolitos –la evidencia de vida más antigua del planeta, que ya producían oxígeno hace 3,500 millones de años–, responsables de su paleta de color sin igual, están sometidos a “estrés ecológico”. El número de lanchas es excesivo. Hasta aquí, lo que está aún conservado. Luego sigue Tulum y Playa del Carmen, cuyo modelo de desarrollo debería ser un anti-ejemplo en el mundo entero.

La densidad de tráfico entre Playa del Carmen y Valladolid y entre esta ciudad y Mérida es muy baja, salvo las pipas dobles que absurdamente transportan la gasolina gastando gasolina. Claramente no hay masa crítica para hacer rentable el proyecto, que funcionaría bajo subsidio permanente. La costa está saturada y lo que procede es cuidar y mejorar los servicios. El interior no es recomendable crecer el flujo de turismo y requiere un plan maestro de turismo ecológico. El INAH necesita urgentemente recursos para estudiar, preservar y mostrar en condiciones ese patrimonio único.

Reviso el plan maestro del tren, en realidad un PDF de primero de carrera de arquitectura, y me sorprende que el tren no comunique Mérida con Cancún, la única ruta que podría tener un cierto movimiento natural de pasajeros y visitantes. Tampoco conecta Mérida con Progreso, su puerto, lo que sí podría conectar al sureste a otra escala con el comercio internacional.

La ruta del tren maya, en kilómetros, es el equivalente a hacer un tren entre Saltillo y Laredo, en la frontera de Estados Unidos, pasando por Monterrey (400 kilómetros), más un tren entre Mexicali-Tijuana (178 km), otro entre México y Querétaro (216 km), más uno que uniría Veracruz con Acapulco, el golfo con el pacífico a través del Nudo Volcánico (630 km), con paradas en Orizaba, Córdoba, Puebla, México, Cuernavaca, Iguala y Chilpancingo . 

López Obrador es uno de los mexicanos que más ha recorrido el país. Acumula miles de horas de carretera y conoce cada uno de los municipios del país, la mayoría de ellos visitados en muchas ocasiones. Sin embargo, su enfoque de los problemas nacionales no es específico, sino genérico. De ahí la ocurrencia del tren maya. 

Uno esperaría que con el caudal de información que, como testigo visual, tiene López Obrador del país, podría encontrar, proponer, soluciones concretas: entronques, represas, sistemas de riego, agroindustrias, turismo rural…, pero su visión es ideológica y simplificadora. Para él, todas las ciudades son la misma ciudad y todos los pueblos son el mismo pueblo. En todos, el pueblo bueno lo aclama en la plaza pública cada vez menos abarrotada y en todos repite el mismo discurso del resentimiento: los males son del pasado neoliberal. El futuro es magnífico. Y en el presente, él está ahí, dicharachero y ocurrente, entregado a un pueblo al que se pertenece. Lo único singular de sus recorridos son los puestos de barbacoa. Y, claro, la molestia, menor y pasajera, en su visión, del covid-19.

Diario de la peste (18). Eufemio Zapata enseña Palacio Nacional.

López Obrador rindió un no pedido quinto informe de gobierno (en su segundo año de ejercer el poder y tras ene mil ruedas de prensa y un uso abusivo del micrófono nacional) en el que insistió en dar la misma medicina caducada al paciente que ya tenía postrado y ahora enfermo de covid-19: más austeridad, más inversión pública en el sector energético y cero apoyos concretos a la iniciativa privada, motor de la economía. 

La imagen de López Obrador solo en Palacio Nacional me recordó la crónica de Martín Luis Guzmán, recogida en El águila y la serpiente, de la visita guiada que hace Eufemio Zapata, hermano de Emiliano, a un grupo de visitantes distinguidos, entre los que se encontraba el propio Guzmán. El momento histórico preciso es la toma de la ciudad de México, en 1914, por los ejércitos combinados de Villa y Zapata, tras los acuerdos de Xochimilco: 

No subimos por la escalera monumental, sino por la de Honor. Cual portero que enseña una casa que se alquila, Eufemio iba por delante. Con su pantalón ajustado, de ancha ceja en las dos costuras exteriores con su blusa de dril –anudada debajo del vientre– y con su desmesurado sombrero ancho, parecía simbolizar, conforme ascendía de escalón en escalón, los históricos días que estábamos viviendo: los simbolizaba por el contraste de su figura, no humilde, sino zafia, con el refinamiento y la cultura de que la escalera era como un anuncio. Un lacayo del palacio, un cochero, un empleado, un embajador, habrían subido por aquellos escalones a su oficio y armónica dentro de la jerarquía de las demás dignidades. Eufemio subía como un caballerango que se cree de súbito presidente. Había en el modo como su zapato pisaba la alfombra una incompatibilidad entre alfombra y zapato; en la manera como su mano se apoyaba en la barandilla, una incompatibilidad entre barandilla y mano. Cada vez que movía el pie, el pie se sorprendía de no tropezar con las breñas; cada vez que alargaba la mano, la mano buscaba en balde la corteza del árbol o la arista de la piedra en bruto. Con sólo mirarlo a él, se comprendía que faltaba allí todo lo que merecía estar a su alrededor, y que, para él, sobraba cuanto ahora lo rodeaba.
     Pero entonces una duda tremenda me saltó. ¿Y nosotros? ¿Qué impresión produciría, en quien lo viera en ese mismo momento, el pequeño grupo que detrás de Eufemio formábamos nosotros: Eulalio y Robles con sus sombreros tejanos, sus caras intonsas y su inconfundible aspecto de hombres incultos; yo con el eterno aire de los civiles que a la hora de la violencia se meten en México a políticos: instrumentos adscritos, con ínfulas de asesores intelectuales, a caudillos venturosos, en el mejor de los casos, o a criminales disfrazados de gobernantes, en el peor?
     Ya en lo alto, Eufemio se complació en descubrirnos, uno a uno y sin fatiga, los salones y aposentos de la Presidencia. Alternativamente resonaban nuestros pasos sobre la brillante cera del piso, en cuyo espejo se insinuaban nuestras figuras, quebradas por los diversos tonos de la marquetería, o se apagaba el ruido de nuestros pies en el vellón de los tapetes. A nuestras espaldas, el tla-tla de los huaraches de dos zapatistas que nos seguían de lejos recomenzaba y se extinguía en el silencio de las salas desiertas. Era un rumor dulce y humilde. El tla-tla cesaba a veces largo rato, porque los dos zapatistas se paraban a mirar alguna pintura o algún mueble. Yo entonces volvía el rostro para contemplarlos: a distancia parecían como incrustados en la amplia perspectiva de las salas. Formaban una doble figura extrañamente lejana y quieta. Todo lo veían muy juntos, sin hablar, descubiertas las cabezas, de cabellera gruesa y apelmazada, humildemente cogido con ambas manos el sombrero de palma. Su tierna concentración, azorada y casi religiosa, sí representaba allí una verdad. Pero nosotros, ¿qué representábamos? ¿Representábamos algo fundamental, algo sincero, algo profundo, Eufemio, Eulalio, Robles y yo? Nosotros lo comentábamos todo con el labio sonriente y los sombreros puestos.
     Frente a cada cosa Eufemio daba sin reserva su opinión, a menudo elemental y primitiva. Sus observaciones revelaban un concepto optimista e ingenuo sobre las altas funciones oficiales. “Aquí —nos decía— es donde los del gobierno platican”. “Aquí es donde los del gobierno bailan”, “Aquí es donde los del gobierno cenan”. Se comprendía a leguas que nosotros, para él, nunca habíamos sabido lo que era estar entre tapices ni teníamos la menor noción del uso a que se destinan un sofá, una consola, un estrado; en consecuencia, nos ilustraba. Y todo iba diciéndolo en tono de tal sencillez, que a mí me producía verdadera ternura. Ante la silla presidencial declaró con acento de triunfo, con acento cercano al éxtasis: “¡Ésta es la silla!”. Y luego, en su rapto de candor envidiable, añadió: “Desde que estoy aquí, vengo a ver esta silla todos los días, para irme acostumbrando. Porque, afigúrense nomás: antes siempre había creído que la silla presidencial era una silla de montar.” Dicho esto, se dio Eufemio a reír de su propia simpleza, y con él reímos nosotros…

Diario de la peste (17). El presente es perpetuo.

Uno de los instrumentos clave que utiliza para gobernar López Obrador es la denostación del pasado reciente. Y la promesa de un futuro promisorio. ¿Y el presente? Una lucha desigual contra los poderes fácticos; esa masa difusa de intereses inconfesables, alianzas contranatura y conspiraciones siempre al acecho. El presente es perpetuo, como en Viento enterode Octavio Paz. Pensamiento mítico, circular, sin solución posible. Atemporal, la 4T no tiene banderazo de salida ni final programático. Es una lucha de titanes. Y conforme se comenten errores, algunos nimios, otros monumentalmente costosos, el pasado se va haciendo cada vez más oscuro y sombrío; la lucha, en ese presente eterno, más difícil y desigual. 

Pero mañana (“hoy no se fía, mañana sí”) llegaremos a ese no-lugar donde los corderos pacerán junto a los lobos, antes feroces, ahora veganos. Un pensamiento no racional, sobre el que es imposible corregir, argumentar y proponer. Nada se puede cosechar de lo sembrado. Incluso los aciertos propios caen en esa caja trituradora de la dimensión espacio-temporal. La 4T es ese instante infinitesimal que sucede esperando a Godot. La 4T es la no-respuesta del físico cuántico sobre la vida/muerte del gato de Schrödinger. En el presente no hay reformas, triunfos parciales, procesos de mejora, avances de gallo-gallina. Todo es definitivo y crucial. Y nada importa. Ni siquiera una pandemia. Y ya rumbo al precipicio, en plena caída libre (a 9.8 metros por segundo cuadrado), acusaremos al pasado (neoliberal, conservador, fifí, reaccionario, neoporfirista) de no proveer los paracaídas adecuados. Y felices, pueblo bueno y líder con principios, seguiremos soñando con el futuro, quizá con rostro de concreto, pero siempre en abiertas alamedas. ¡Nadie nos arrebatará la esperanza! Seremos flores de asfalto.

Diario de la peste (15). El presidente visita Badiraguato.

Hasta el corazón de la Sierra Madre Occidental se desplazó López Obrador, en plena pandemia y dentro de una gira de tres días por cuatro estados, para supervisar el avance en las obras de la carretera que unirá el municipio sinaloense de Badiraguato con el municipio chihuahuense de Guadalupe y Calvo. Un improvisado puesto de supervisión, después de recorrer tres horas y media de terracería, fue el lugar elegido para la original ceremonia de “continuación de la obra”. Todavía dentro de los límites del municipio de Badiraguato, cerca del poblado de Las Tunas, y ante el imponente macizo de la Mesa de San Rafael. Las retroexcavadoras guardan momentáneo silencio. El público lo componen ingenieros de caminos con su casco y peto naranja de rigor. Y la prensa adscrita a la fuente. López Obrador, apoyado por unas notas, parece improvisar un discurso de casi cuarenta minutos.

Badiraguato, según el censo del año 2000, tenía una población de poco más de 42 mil habitantes. En el censo de 2010, la población era de menos de 30 mil habitantes. Una reducción de cerca del 30 por cierto. El censo de Sinaloa del 2015 reportaba 32 mil habitantes. Si pudiéramos estudiar con más detalles los datos demográficos, veríamos que esa disminución se da entre la población más joven, muerta por la violencia criminal o emigrada. Para que se entienda la magnitud del desastre habría que extrapolarlo a nivel nacional: en el año 2000, nuestro país tenía 101.7 millones de habitantes y en 2010, 117.3. Si México fuera Badiraguato, hubiera alcanzado la cifra de 73 millones de habitantes, la peor debacle de su historia, para estabilizarse a duras penas en los 75 millones. 

Badiraguato es uno de los vértices del llamado Triángulo Dorado de la droga, torpe metáfora que se usa para referirse a esa zona serrana entre Sinaloa, Chihuahua y Durango, sin caminos y de intimidante geografía, viejo territorio de Doroteo Arango antes de ser Pancho Villa. Es la zona de mayor producción en el mundo de amapola. Guarida y cuartel general de los narcotraficantes de Sinaloa, entre sus paisanos ilustres están el Joaquín “el Chapo” Guzmán, Ernesto Fonseca Carrillo, Miguel Ángel Félix Gallardo, Ismael “el Mayo” Zambada y los hermanos Beltrán Leyva. Es imposible transitar por esas serranías sin salvoconductos, como saben todos sus atribulados vecinos. Estamos, pues, en la zona cero de la violencia criminal de México.  

            En su discurso, López Obrador habló de los empresarios “chipocludos y machuchones” de la era neoliberal que no pagaban impuestos, habló del periódico Reforma, “prensa fifí” y “boletín de los conservadores”, explicó que el tapabocas no sirve para combatir el Covid-19 y aclaró que su temperatura corporal era de 36 grados. También señaló que esa sierra era ideal para su proyecto “Sembrando vida” y que ya cerca de 2,000 agricultores del municipio se habían inscrito por el jornal de cinco mil pesos que ofrece el programa para plantar árboles “frutales y maderables”. También dijo que en Badiraguato se está construyendo una universidad que, sin embargo, ya tiene 103 becarios y 91 alumnos. Habló del precio de garantía del maíz para los esforzados agricultores de la zona, de los 197 jóvenes inscritos en el programa de “jóvenes construyendo el futuro”, aprendices en talleres y fábricas cuyo salario también cubre el gobierno. Con legítimo orgullo, explicó que todos los estudiantes del nivel medio superior del municipio reciben su beca (1,264), así como los alumnos del nivel preescolar y escolar de familias de escasos recursos, que cifró en 4,641. Por respeto a la investidura, me niego a entrar al baile de cifras de los apoyos directos, “sin moches”, que el gobierno está repartiendo a los pobladores de Badiraguato.  Las palabras “narcotráfico”, “ley”, “violencia”, “monopolio legítimo”, “víctimas” no fueron requeridas en su discurso.

Después de una reparadora taquiza, servida con las manos por cada comensal, entre un selecto grupo de vecinos y trabajadores de la carretera, y de tener el gesto humano de ir a saludar de mano a una nonagenaria con la que mantiene correspondencia, sentada en un camioneta Ford Lobo Platinum Limited Crew, el presidente pasó a retirarse.

Diario de la peste (13). Luciérnagas en el Quijote.

Descubro, releyendo El caso Moro de Leonardo Sciascia, que Pier Paolo Pasolini cifró, en un ensayo titulado “El vacío de poder en Italia”, todos los males de su país en una metáfora: la desaparición de las luciérnagas. Era una metáfora, pero también una realidad: la contaminación de las acequias, y del campo italiano en general, había producido esa inesperada extinción. Para el poeta, escritor y cineasta, las luciérnagas representaban la salud de la campiña pero también su belleza. La Italia de la democracia cristiana (cuyo emblema era Aldo Moro y sus intrigas de poder) tenía enfermo a su país y, sobre todo, destinado a una fealdad impropia de su historia. El ensayo fue publicado en febrero de 1975 en Il Corriere della Sera, y después recogido en el libro misceláneo Escritos corsarios. Tras el secuestro y asesinato de Moro por las Brigadas Rojas, en 1978, el honesto intelectual que era Pasolini cambió de opinión sobre esa época y su líder más representativo. Aun así, la metáfora se sostiene. 

¿Cuál sería la metáfora adecuada para el gobierno de Andrés Manuel López Obrador? Como se trata de un sexenio a la vieja usanza priista, como el de Echeverría o López Portillo, donde todo se centra en la figura presidencial, habría que buscar en sus gestos, actitudes, decisiones y desplantes, la metáfora que lo defina. Rechazo, por supuesto, las metáforas buscadas por él mismo, de una modestia tan ostentosa que se vuelven su reverso, vanagloria facilona. Por ejemplo, rechazar vivir en Los Pinos (para instalarse en Palacio Nacional), el olvidado Jetta de los comienzos (sustituido por la inevitable caravana de camionetas) o el cacareado fin del Estado Mayor Presidencial (reemplazado por un sistema de seguridad civil, igualmente visible pero menos profesional.

Las opciones son infinitas. ¿Sahumado en copal en la merecida limpia antes de su discurso de toma de posesión en el Zócalo? ¿Enseñando la imagen del Sagrado Corazón de su cartera como “detente” ante el Covid-19? ¿El horrible beso-mordisco en la mejilla a la niña guerrerense? ¿El jugo de piña huasteco y el trapiche de tracción animal? ¿El sombrero de pan en Tenango? ¿Los tacos de barbacoa del Carnerito de Tulancingo, Hidalgo? ¿La sesuda disquisición histórica sobre la maldad de la Colonia, pese al Acueducto del Padre Tembleque, en Otumba? ¿El rechazo del gel antibacterial en plena expansión de la pandemia? 

La respuesta fácil sería el billete de lotería con el avión presidencial, donde todo es mentira, ilegalidad o demagogia. La realidad hecha cachitos, sin reintegro. Pero la relación de López Obrador con la aeronáutica es tal esperpento, desde la cancelación del aeropuerto en Texcoco hasta el espectáculo de su humildad fingida en vuelos comerciales, que más que metáfora, requiere un análisis profundo. Lo mismo pasa con la violencia y el atento saludo a la madre del Chapo Guzmán en su preocupante gira a Badiraguato. 

Para mí la imagen del sexenio, hasta ahora, sucedió hace pocos días en la Rumorosa. Ahí, atónito ante la belleza de ese paraje entre Mexicali y Tecate, y sin mencionar sus pinturas rupestres, que son lo que lo hacen único, arremetió contra unos gigantes y su contaminación visual, “transas del periodo neoliberal” y responsabilidad del “partido conservador”.

—¿Qué gigantes? —dijo Sancho Panza.

—Aquellos que allí ves —respondió su amo—, de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas.

—Mire vuestra merced —respondió Sancho— que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino. Y así se genera la energía eólica.

—Bien parece —respondió don Quijote— que no estás cursado en esto de las aventuras: ellos son gigantes; y si tienes miedo quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.

Diario de la peste (11). Nuestra última oportunidad

Desde principios de febrero había clara evidencia de que la infección por coronavirus iba a golpear a Occidente de la misma forma en que lo estaba haciendo en Asia. Tiempo para pensar una estrategia común y tomar medidas transfronterizas. Nadie lo hizo y las consecuencias están a la vista. Y lo peor, cada país se rasca con sus propios medios: Europa es un senado de reproches y Estados Unidos, una isla.

Trump (como Bolsonaro) quiso negar la evidencia. Boris Johnson jugó la carta de su inteligencia extrema no compasiva: la única solución es la “inmunidad de manada”, con un detalle que le reveló el algoritmo desarrollado por los matemáticos del Imperial College de Londres: esto podía causar medio millón de muertos y la ruptura del sistema de salud británico. Y reculó a tiempo. Por suerte para él, antes de ser diagnosticado como positivo de la enfermedad. 

En España, la incompetencia de Sánchez-Iglesias ha sido manifiesta. La pareja de gobierno desatendió las señalas de alarma, invitó a sumarse a la marcha sobre el día internacional de la mujer a la ciudadanía y permitió partidos de futbol y actos públicos de toda índole hasta el 9 de marzo. Su rectificación ha sido dramática en los gestos e ineficaz en las medidas. Por ejemplo, los sanitarios españoles no fueron protegidos a tiempo y muchos están de baja por el virus. Si esto pasó en España (país desarrollado, democracia plena, sistema sanitario universal), qué esperar de nosotros. 

En México, la epidemia nos pega en el peor momento posible. López Obrador desprecia la técnica en favor de la ideología, la ciencia en favor de la superstición, la cultura en favor del folclor (no incompatibles, por cierto), la democracia representativa en favor de la democracia asamblearia y las instituciones en favor de la lealtad personal. Pero lo peor es su relación con la economía. Gobierna con el mantra liberal de la estabilidad macroeconómica (para mí algo positivo) pero desprecia lo que haría posible ese deseo (la inversión de la iniciativa privada). Su verdadero talón de Aquiles, ya antes del Covid-19, es la energía. Para todo fin práctico, la reforma energética ha sido cancelada. Y bajo una quimera de buen nombre, “Salvar a Pemex”, ha desperdiciado recursos valiosos, hoy más necesarios que nunca.

Creo, a diferencia de muchos críticos de López Obrador, que Hugo López-Gatell es un funcionario competente y un médico formado con los más estrictos estándares y que en sus manos (previo lavado exhaustivo) estamos en buenas manos. El problema es otro. El primero (y único) es que la personalidad narcisista de López Obrador se niega a reconocer, incluso ahora, que la pandemia no es contra él, no es una conjura neoliberal ni una iniciativa de Calderón. Su plan es seguir con su plan original, incluida obras absurdas, becas populistas y división de la sociedad en amigos-enemigos. Gobierna sólo con dos herramientas: las conferencias de prensa matutinas (versión moderada del Aló Presidentede ya saben quién) y las giras de trabajo. Micrófono y plaza pública para una revolución blanda que cambie a México para siempre. Pocas alforjas para tan largo viaje. Todo lo demás es conservadurismo o tareas para Marcelo Ebrard. Así que la labor del López bueno es convencer al otro López de que estamos ante un escenario no previsto, no dirigido contra él y en el que tiene que modificar sus pautas de trabajo, pensamiento mágico y relación redentora con la sociedad. Lamentablemente, es epidemiólogo, no psiquiatra. Sólo así se puede entender que tras días de postergar las medidas que se requieren, soltara la frase del sexenio: estamos ante nuestra última oportunidad.

La ilustración: Foto fija de Dos tipos de cuidado, de Ismael Rodríguez, con Jorge Negrete (Jorge Bueno) y Pedro Infante (Pedro Malo).