Diario de la peste (57). López Obrador en la Casa Naranja

Con motivo de la visita de López Obrador a Estados Unidos escribí este tuit: “Ayer, en la cena de jefes de Estado, Donald Trump anunció a su inesperado jefe de campaña en busca del voto latino. López Obrador aceptó, con soberana humildad, la encomienda. Multimillonarios, evangelistas y supremacistas alzaron sus copas y gritaron con fuerza: Viva México”.

El mensaje tuvo poca repercusión hasta que fue retomado por el expresidente Felipe Calderón. Le agradezco que me siga, que se interesa de vez en cuando por lo que hago y que lo comente públicamente. Me parece una postura ejemplar su participación en el debate público del país, más allá de los guiños a mi trabajo. Creo que encabezó un gobierno decente que enfrentó enormes desafíos desde antes de la toma del poder.

El primero y más grave fue la estrategia post-electoral de López Obrador, la creación del mito del fraude electoral en su contra (el fraude del fraude), el bloqueo de Reforma, la toma de la tribuna por los diputados de su coalición y el esperpento valleinclanesco de la presidencia legítima. Esta pantomima de mal perdedor estuvo a punto de romper el traspaso pacífico y civil de los poderes en México. También tuvo en contra al PRI, que boicoteó todas las reformas estructurales que la economía del país necesitaba desde hacía lustros por no ser ellos los que encabezaban la presidencia. Eso por sí solo desmiente la versión ridícula del “PRIAN”, que el electorado le compro al López Obrador doce años más tarde. Su manejo del brote de fiebre porcina en nuestro territorio fue ejemplar. El contraste con el manejo de la pandemia de covid-19 no podía ser más humillante para la actual administración. La desaparición de la compañía de Luz y Fuerza del Centro era un clamor. Empresa pública secuestrada por su sindicato, Luz y Fuerza perdía millones de pesos públicos, pese a que su única tarea era distribuir y cobrar la energía que le entregaba subsidiada la CFE. Tenía cuarenta mil empleados cuyo contrato de trabajo estaba diseñado para no cumplir con su trabajo. Los habitantes del Valle de México éramos el hazmerreír del resto del país y del mundo, con apagones, cortes injustificados, cobros excesivos o inexistentes, todo al libre arbitrio de un grupo de conjurados.

La decisión de Felipe Calderón de trazar una raya clara entre el crimen y la policía, entre la ciudadanía y los delincuentes, fue acertada. La verticalidad criminal del México del viejo PRI se había roto con Fox, pero se había sustituido por un peligroso mapa con decenas de reinos de impunidad a lo largo y ancho del país que ya no reconocían a nadie como contrapeso o límite. No así su estrategia, que privilegió la fuerza bruta sobre la inteligencia. Los términos bélicos, el uso recurrente del ejército y la marina, fueron errores dolorosos para todos. Tampoco supo separar el mercado negro de la droga (hijo de la absurda decisión de Nixon de ilegalizar el uso recreativo de las drogas, algo que ha acompañado a la humanidad a lo largo de su historia) del amplio mundo de lo ilícito en México, cuyas consecuencias son devastadoras para el país. El gran pendiente es la impunidad.

Rijoso, ágil de mente, culto, genuinamente demócrata, Calderón tuvo una presidencia de claroscuros y saldo positivo: las reglas del juego democrático se cumplieron (libertad de prensa, autonomía del Banco de México, elecciones libres) y la economía, pese a la gran crisis mundial del 2008, tuvo un desempeño aceptable. Si al final se descubre que su hombre clave en la lucha contra el narco, Genaro García Luna, actualmente detenido y enfrentando juicio en Estados Unidos, había pactado con el cartel de Sinaloa, tendrá un problema grave. No creo ni por asomo que por complicidad, sino por ceguera ante un subordinado. Creo, sin más bases que el sentido común, que la riqueza de García Luna, incompatible con su salario de funcionario público, es posterior a su cargo en el gobierno, cuando seguramente vendió su información privilegiada a diversos actores de la escena política mexicana. Esperemos el veredicto de la justicia americana.

Volviendo al principio, lo que más me sorprende es la legión de odiadores profesionales, pagados y/o alentados desde el gobierno, contra Calderón. A mí me toca de rebote, pero eso es lo de menos. Qué irresponsabilidad y qué peligrosa deriva en momentos en que México necesita una mínima unidad ante los estragos sanitarios y económicos que está sufriendo por el coronavirus. También es cierto que mi tuit, aportación minúscula y anecdótica al debate, tocaba un punto delicado: la visita de López Obrador a Trump es uno de los pocos actos del gobierno actual que sus partidarios piensan que pueden defender sin sonrojarse. A esto contribuye la televisión, cuyos magnates acompañaron al presidente, y que han vendido el encuentro como una cumbre exitosa. Para mí fue publicidad gratis para dos gobiernos en vacas flacas.

La excusa de la firma del nuevo tratado de comercio la desnudó con su ausencia el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau. El nuevo tratado estaba firmado y ratificado por los tres gobiernos y no requería una visita de Estado. Recordemos que la negociación dura corrió a cargo del equipo de Peña Nieto, que le dejó ese delicadísimo tema resuelto a López Obrador. Su impericia abrió otra vez la negociación y México cedió en otros frentes, pero el tratado es clave para nuestro país y las concesiones asumibles. Cumbre de neoliberalismo, legado de salinas de Gortari (chivo expiatorio tan polifacético que ni René Girard podría comprenderlo a cabalidad), el tratado de comercio de Norteamérica (como quiera que se llame ahora) es la piedra angular de la política económica de México y la única garantía que tenemos contra las regresiones estatistas del gobierno. Así que celebro que los partidarios de López Obrador se sumen por fin a este acuerdo, uno de los pocos consensos mexicanos que no ha dinamitado. Para mí, la cobertura mediática faraónica y los discursos de paja no borran las genuflexiones ante un racista declaradamente antimexicano.

La visita enmascara dos aspectos preocupantes adicionales: el primero es la irresponsabilidad ante la pandemia. No hubo mensajes comunes de dos de los tres gobiernos (el otro es el de Bolsonaro en Brasil) que peor han enfrentado la situación sanitaria (y sus derivados económicos). Nadie usó cubrebocas, se han filtrado apretones de mano y abrazos, y la distancia social en la cena de gala en la Casa Blanca brilló por su ausencia. Qué distintos ambos líderes de Angela Merkel, que hace unos días declaraba en el Parlamento Europeo: “No puedes luchar contra la pandemia con desinformación y mentiras. Mucho menos con odio o incitando al odio. Los límites del populismo y su negación de la verdad más elemental han quedado expuestos. Las democracias necesitan verdad y transparencia”.

La segunda preocupación es que Estados Unidos está en año electoral y Biden y los demócratas necesitan el voto latino para desalojar por las urnas a Trump de la Casa Blanca.  La visita de López Obrador, que blanquea su discurso racista, le ayuda al populista naranja en su empeño reeleccionista. Si gana Trump, cambiará de actitud hacia México desde el primer minuto de su triunfo. Ha demostrado mil veces que no es una persona de palabra. Si pierde, arreglar los platos rotos con los demócratas será una tarea que requerirá mil y un marcelos en un gobierno que sólo tiene uno. 

Diario de la peste (53). Tacos de lengua

La estrategia de López Obrador es clara: apoderarse del micrófono. Así, controla la narrativadesde el gobierno, ocupa todos los espacios y domina la discusión pública mientras la transformación profunda sucede fuera del escenario. Un monólogo asfixiante para opacar las acciones importantes del gobierno. 

Dominar la agenda le funcionó mientras fue jefe de gobierno de la Ciudad de México con sus famosas mañaneras. La libertad de prensa, recién adquirida, le permitió explotar el viejo y manido recurso de los demagogos. 

Todos los días, a primera hora de la mañana, dictaba la agenda y obligaba a todos a posicionarse. Con un estilo desenfadado y populachero, una voz simple, un acento marcado, contrastaba con el tono grave que había dominado por décadas la política mexicana. Esa ruptura formal, en realidad, la había iniciado curiosamente Fox, con su desplante ranchero, sus tepocatas y sus víboras prietas. Investido presidente de la alternancia, Fox era ahora la víctima fácil de los denuestos, bromas y descalificaciones matutinas de su némesis. La mayoría de las veces, lo que decía López Obrador en esas conferencias originales eran despropósitos que no resistían el más mínimo análisis racional, legal o numérico, pero eso no importaba. Lo que importaba era el ruido ambiente. Criticar al presidente de México era un tabú de la vida pública mexicana (junto a la Virgen de Guadalupe y el ejército). Así que todos los días, aprovechando la apertura y la libertad de expresión, asistíamos, absurdamente hechizados, a esa falsa transgresión. A los chilaquiles y huevos rancheros de los legendarios desayunos de trabajo de los capitalinos se había añadido un insospechado nuevo platillo: tacos de lengua. 

Los medios se pusieron a trabajar al servicio del proyecto, como caja de resonancia, como máquina aplaudidora o como presencia ineludible. Todo le favorecía. Empezando por las críticas a sus críticas, que podía clasificar cómodamente como parte de las voces atávicas, nostálgicas del viejo sistema. ¡Algunas incluso lo eran!

Los reporteros, mal pagados, por ideología y por simpatía personal (reforzada por la falsa familiaridad del roce cotidiano) eran claramente favorables a la fuente, más allá de la política editorial del medio para el que trabajaban. Esa política de comunicación, basada en el olfato de una sola persona, funcionó más allá de una gestión llena de lagunas, ilegalidades y carencias. También la estrategia de victimización funcionó. Eso sí, desde la impunidad del segundo cargo político más importante del país, con fuero y con foro. Acorralada su presidencia, Fox tuvo una idea absurda, probablemente ilegal: desaforarlo y juzgarlo por desacato de una orden judicial. Bajarlo, a la mala, de la boleta electoral. Grave error: convirtieron al matón de barrio en un damnificado de la violencia policial. El desafuero lo puso a las puertas de la presidencia. La ciudadanía, sin embargo, reaccionó a tiempo y frenó la debacle… por doce años.

Contribuyó a eso los reflejos políticos del candidato oficial, la valentía de muchos empresarios, la toma de postura clara de los liberales (memorable y premonitorio el ensayo de “El mesías tropical” de Enrique Krauze), el trágico espejo venezolano, la agresiva campaña de contraste (en los bordes de la legalidad electoral vigente) y la soberbia del propio López Obrador, que dilapidó su ventaja con desplantes (no fue al segundo debate) e insultos (“cállate, chachalaca”).

Después del fraude del fraude, su pulsión golpista, su “al diablo las instituciones” y su impostura de “presidente legítimo” (en el borde la usurpación de funciones), que debieron inhabilitarlo moralmente para el ejercicio cívico de la política, López Obrador gozó, por el contrario, de un margen de acción inmenso, otorgado por las garantías del nuevo sistema democrático. Libertad de acción, libertad de asociación, libertad de palabra. Otra campaña presidencial (víctima de nuevo de un supuesto fraude, aunque por el diferencial de votos en la derrota, con menos verosimilitud y cobertura), la fundación de un partido personal y a modo, eran el espacio que necesitaba para su último intento. Nadie se tomó en serio sus dichos ni sus libros (mediocres, ideológicos, llenos de retazos, de plumas amigas, de información endeble). Las palabras salen gratis en la vida democrática cuando la crítica desaparece. Nadie le puso el cascabel al gato. Los dichos eran absurdos si se analizaban con rigor; las propuestas, impracticables o retardatorias de las libertades; pero para qué hacerle el caldo gordo otra vez si ya está fuera del juego. Ya no importaba. 

Luego, las élites pensaron que, en última instancia, si se perfilaba como ganador, podrían “controlarlo”. Incluso alguno le compró su “compromiso social”. Eso sí, desde sus casas de Valle de Bravo, a pie de lago. Comidas quincenales con empresarios, teléfono privado en sus agendas, amistad con directivos de las televisoras, trato de sus vástagos en escuelas de élite con sus hijos, todo parecía indicar que era menos peligroso de lo que habían pensado antes. El tono falsamente moderado de la última campaña acabó por hacerlos bajar la guardia. Curiosamente, esa élite ha sabido acomodarse al nuevo gobierno. Igual que cierta clase política sin escrúpulos. Incómoda, meliflua, con voz impostada, pero detrás del presidente. En la base de la pirámide social, los millones de becarios en efectivo. En medio, la devastación institucional, económica y ética del país.  

Regresamos a las mañaneras. Ahora ya no son un reto al poder presidencial, sino un distractor de sus acciones y verdaderos propósitos. Las conferencias de prensa matutinas de López Obrador son un simulacro. El “posicionamiento” inicial ocupa a veces más de cuarenta minutos y suele ser una diatriba al pasado, una opinión sin sustento o una ocurrencia. Nada tiene cifras duras, nada tiene soporte fáctico. Una suerte de automatismo para llenar el vacío. En ballet sería une petite cabriole. En términos gastronómico un espeso atole con el dedo. Imagino a su desmañanado gabinete tomando notas. Lo que ahí se dice es palabra presidencial y debe acatarse, defenderse, corroborarse. Todos los días laborables del año hay que licuar un camello para hacerlo pasar por el ojo de una aguja. Luego viene un elenco de falsos periodistas con preguntas a modo. A veces incluyen descalificaciones a sus pretendidos colegas. La abyección de estos personajes es ya parte del folclor nacional. Estas marionetas cumplen un primer propósito: subirle la moral al narciso que necesita su dosis diaria de halagos. Por la tarde, en la plaza pública, la dosis se repite, ahora en formato de aplausos y vítores genuinos. El segundo propósito es poner en boca de otros la buena nueva del gobierno del cambio. La respuesta de López Obrador suele ser una repetición de la pregunta en otros términos. A veces incluso se puede dar el lujo de ser modesto. Es un diálogo parecido al que tiene los espejos confrontados de una peluquería de barrio, incluidas las pomadas y las toallitas calientes. Amanece. Después se abre el turno de las preguntas reales, en un caos organizado. Aquí se ha creado un mercado negro de preguntas sembradas para medir las intenciones presidenciales sobre temas determinados o para obstruir determinados temas de la competencia. A veces se topa con periodistas de verdad, que le plantan cara en este tercer acto de las mañaneras. La mayoría de las veces de mujeres valientes, como María Verza o Peniley Ramírez. Fue memorable la actitud de Jorge Ramos y sus preguntas sobre la violencia. Todos ellos sujetos de inmediato de una campaña de denuestos en redes sociales por los botstrollsdel gobierno. 

Luis Estrada, en SPIN-Taller de Comunicación Política, lleva un registro de las mañaneras. Número de conferencias: 378, minutos promedio: 101, menciones adversas la prensa: Reforma 173, El Universal 45…. También lleva el registro de falsedades y mentiras: decenas de miles. También ha hecho una taxonomía de las tácticas de distracción para burlar preguntas incómodas. Desde el risorio “yo tengo otros datos” hasta el más frecuente de prometer información complementara, suya o del gabinete, que nunca se cumple.

Atender las conferencias del presidente es una obligación nacional, pero tratarlas como fuente de información confiable es absurdo. Ridiculizarlas vía Twitter es divertido, pero vacuo. Ignorarlas es peligroso. Así que estamos todos atrapados en el callejón del gato. Locutorio pastoral, púlpito involuntario, carpa cómica y espejo distorsionado, las mañaneras se han convertido, paradójicamente, en el mayor peligro a la libertad de prensa del país. La silla presidencial se ha transformado en un diván.  

Hasta aquí es lo tranquilizador. 

Lo más grave es algo sobre lo que apenas se ha reparado. Algo que no sucedía ni con Díaz Ordaz. Nunca en la historia moderna de México, ni en la era autoritaria del PRI, ni en la democracia, el presidente había usado su investidura para personalizar sus ataques y descalificaciones, poniendo al aludido en una situación de riesgo inadmisible. Riesgo laboral, riesgo reputacional, riesgo personal. El ataque, además, puede venir de ambos extremos, cada vez más radicalizados por su cotidiano afán polarizador; tanto de partidarios fanáticos del presidente, que quieran hacerle un favor no pedido, como de adversarios obtusos que quieran “cargarle un muerto” a su cuenta. También de pescadores en río revuelto, que quieren impulsar su propia agenda disgregadora: poderes fácticos, políticos corruptos, contrabandistas, talamontes, narcotraficantes. 

La palabra del presidente tiene un peso real y entraña consecuencias. El narciso que nos gobierna la ha devaluado hasta lo irrisorio, pero no puede, aunque se empeñe, en volverla irrelevante. La trascendencia de sus palabras no depende de la inanidad intelectual del que la ocupa transitoriamente, sino de la institución que representa. Por eso, nadie está a salvo si el presidente usa su posición para poner en la picota pública a sus adversarios y críticos. Pronto serán también sus desencantados. 

Siempre me ha parecido injusto atribuir los muertos de la violencia criminal en la cuenta personal del presidente de turno, haya sido o no acertada su manera de combatirla. Otra cosa son las víctimas reales o potenciales previamente señaladas por la cabeza del poder ejecutivo. Eso sí serían los muertos de López Obrador.

Diario de la peste (51). Un balance

En el debe:

1. Cancelación del Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, con su inmenso costo financiero y el daño a la imagen del país. 

2. Obcecación en la sede alterna de Santa Lucía, sin estudios de espacio aéreo homologados y asignada al ejército sin licitación.

3. Empeño frente a las advertencias de economistas y ambientalistas en la construcción del Tren Maya, sin estudios de costo beneficio y sin el apoyo de las comunidades indígenas de la zona.

4. Postergación y regateo en obras empezadas (metro de Guadalajara, metrobús de La Laguna, tren Toluca-Ciudad de México).

5. Desprestigio del servicio público. Infamias sobre supuestos beneficios indebidos. Rebajas salariales ilegales, disfrazadas de colaboración voluntaria.

6. Desprecio por los técnicos apartidistas. Incapacidad de entender y apoyar el aporte de los externos, incluidos en el llamado capítulo 3000. 

7. Fin de la meritocracia en las plazas y puestos. 

8. Prohibición de trabajar en el sector privado por diez años de los exfuncionarios, limitando carreras y alternativas laborales.

9. Desabasto de gasolina en el fin de año del 2018-2019 por prejuicios ideológicos y desatención de los procesos de transición del nuevo equipo. Pérdidas millonarias en la industria y el comercio y serias afectaciones ciudadanas.

10. Desvío de la atención pública con la inventada guerra al huachicol. 

11. Accidente en Tlahuelilpan, por robo de combustible e inacción del ejército, con decenas de víctimas mortales.

12. Compra sin licitación y sin parámetros técnicos de 500 pipas para transportar combustible en el extranjero por ¡el secretario de relaciones!

13. Mal manejo de la transición. Prepotencia e indolencia ante los consejos. Salida forzada con renuncias bajo amenaza de los antiguos responsables. La invasión bárbara.

14. Mal gusto generalizado, pésimo manejo del lenguaje, neolengua, imprecisiones y una sensación de mediocridad y lasitud inaceptables en la función pública.

15. Clima de secta, que propicia el aplauso frenético para subir de escalones, promocionando siempre al fiel sobre el capaz.

16. Uso abusivo del micrófono. Mañaneras. Informes por cualquier excusa (100 días, primer año del triunfo electoral, primer año de gobierno…) y, al mismo tiempo, ausencia de información confiable, verificable y de calidad.

17. Descalificación de la crítica. Incapacidad de escuchar otros opiniones u opciones. Descalificación de aportaciones técnicas de buena fe.

18. Ataque sistemático a la prensa crítica, con insultos y descalificaciones directas.

19. Uso faccioso del gasto de publicidad oficial para favorecer medios afines.

20. Uso faccioso de la agencia estatal de noticias, Notimex, desplantes y cacería de brujas de su directora.

21. Uso sistemático de botstrollsen las redes para atacar a los críticos del gobierno.

22. Preguntas filtradas y reporteros a modo en las mañaneras.

23. Pésimos recursos gráficos y acendrado mal gusto estético en toda la comunicación oficial.

24. Salida del aire de periodistas críticos (Carlos Loret de Mola), ya sea por presiones directas, ya sea por control de riesgos de los concesionarios. Imposición de cuotas de defensores del gobierno en programas de TV, parrillas de radio y columnas de prensa. Pésimo nivel de discusión de esos defensores de oficio.

25. Manejo partidista de los canales oficiales de televisión y radio, con escasa y acosadas islas de resistencia.

26. Recorte al mecanismo de protección a defensores de derechos humanos y periodistas, cuyo funcionamiento se pone seriamente en peligro. (Hay quince periodistas muertos desde que tomó posesión.)

27. Entrega al ejército de la seguridad pública.

28. Entrega al ejército de obras emblemáticas del sexenio.

29. Entrega al ejército de un parte importante de la gestión de la pandemia.

30. Órdenes humillantes al ejército y cuerpos de seguridad de inhibición del uso legítimo de la violencia del Estado como respuesta agresiones y vejaciones.

31. Liberación del hijo del Chapo tras su captura en Culiacán. Saludo personal a la madre del Chapo. Señales preocupantes de una suerte de negociación no declarada con los contrabandistas de Sinaloa.

32. Aumento de la violencia criminal y los asesinatos dolosos. 

33. Desaparición del CISEN, dejando al Estado mexicano sin inteligencia ante el crimen organizado y sus aliados potenciales.

34. Cancelación de las estancias infantiles, que obligó a las familias, sobre todo de madres solteras, a renunciar a sus trabajos o desatender a sus hijos.

35. Deforestación acelerada de reservas y áreas naturales protegidas por el impulso descontrolado del plan “Sembrando vida”.

36. Mal censo y peor distribución de las becas de “Jóvenes construyendo el futuro”. Abuso del empresario sustituyendo puestos necesarios con becarios pagados por el gobierno.

37. Desdén hacia las reivindicaciones feministas y comentarios misóginos y machistas ante los reclamos.

38. Cierre de las estancias seguras para mujeres maltratadas. Recortes en ese rubro.

39. Aumento de la violencia machista y los feminicidios ante el menos precio público de la gravedad de la situación.

40. Cancelación de la reforma educativa y claudicación frente al sindicato oficial y frente a la coordinadora (históricamente enfrentados entre sí).

41. Tolerancia e inhibición ante los desmanes del CNTE en Michoacán y Oaxaca, incluido el bloqueo de vías férreas.

42. Retraso en la entrega de los libros de textos gratuitos en la primaria.

43. Indolencia e indefinición ante los planes de estudio vigentes, con pérdidas millonarias de la industria de libros de texto para el bachillerato.

44. Cancelación del programa bibliotecas de aula.

45. Pérdida de catálogo y línea editorial del FCE. Confusión en las políticas editoriales de fomento. Merma de apoyos a instituciones y ferias consolidadas (FIL, FILIJ). Problemas graves en el manejo de las filiales extranjeras del FCE. Insolvencia de la red de librerías. Incompetencia manifiesta en la red de bibliotecas públicas. Pérdida de los proyectos de apoyo a la industria editorial. Cancelación de la promoción internacional. Abandono de librosmexico.mx. 

46. Intento de influir en la sucesión del rector de la UNAM y de la vida universitaria. Recorte presupuestal a las universidades públicas. Desprecio por la academia y nulo plan académico para el proyecto de 100 universidades populares nuevas.

47. Préstamo del Palacio de Bellas Artes al líder de una secta, hoy en prisión en Estados Unidos. Homenaje disfrazado de concierto.

48. Escaso presupuesto al INAH y al INBA. Fin de los grandes proyectos públicos de exposiciones, festivales y puestas en escena.

49. Muerte del Fonca y su inigualable sistema de otorgar recursos y apoyos a la creación sin intervención del funcionariatocultural.

50. Recorte a las becas y los viajes de capacitación de los científicos. 

51. Recorte al presupuesto destinado a la investigación, comprometiendo seriamente la capacidad científica y tecnológica del país y la red de relaciones internacionales laboriosamente tejidas por décadas.

52. Recorte a los viajes de deportistas y artistas de élite que ven limitado su roce y promoción internacionales.

53. Apoyo desproporcionado al deporte favorito del primer mandatario (y mío) en desmérito de otros federaciones y prácticas.

54. Pese al acuerdo del gobierno anterior, aceptación de una nueva renegociación del tratado de libre comercio de Norteamérica, con nuevas concesiones por la parte mexicana en temas claves, como el porcentaje de procedencia nacional en la industria automotriz.

55. Obligar a renegociar los contratos por ductos e infraestructura básica ya asignados y con inversiones en proceso. Pérdida de confianza.

56. Cancelación por hechizo plebiscito popular de una fábrica de cerveza en Mexicali ya en marcha con inversión grande.

57. Cancelación de facto de la reforma energética, obligando al gobierno mexicano a inversiones inmensas desviando recursos de la política social. Pérdidas millonarias en Pemex. Costo mayor del financiamiento por la baja de calificación de la petrolera, situado ya al nivel de bono basura.

58. Cancelación de las rondas petroleras. Es decir, de inversión presente y futura.

59. Rol de esquiroles en la OPEP y descrédito internacional al no aceptar la rebaja en la producción ante el desplome de los precios del petróleo. Mediación comprometida y comprometedora de Donald Trump en el acuerdo final como aval de la parte mexicana.

60. Vulneración de la ley vigente al entorpecer y de facto cancelar la inversión privada en energías limpias y renovables. Riesgo de demandas internacionales e inhibición de inversiones.

61. Inversión estatal directa millonaria en una nueva refinería, en Dos Bocas, Tabasco, construida sin estudios ambientales rigurosos, sin un estudio creíble del costo beneficio y sin transparencia en su caótico proceso de gestión.

62. Penosa capacidad de convocatoria de invitados extranjeros a la toma de protesta y pésimo manejo del protocolo diplomático

63. Cancelación de ProMéxico, del Instituto de Promoción del Turismo y de casi toda proyección de México en el mundo. Desatención de ferias y eventos internacionales.

64. Trabajo sucio de Trump en la frontera norte y en la frontera sur. 

65. Doble discurso e inconsistencias en la relación con Guatemala, El Salvador y Honduras: paternalismo y rudeza innecesaria. Dinero a cambio de nada, pero castigo brutal a sus connacionales migrantes.

66. Inasistencia a Davos y bajo nivel de la delegación mexicana.

67. Inasistencia al G20, alejando al país de los foros de debate y toma de decisiones internacionales.

68. Insulto gratuito al rey de España.

69. Ridículo internacional con el falso asilo y salida por la puerta de atrás de Evo Morales.

70. Postura discordante sobre Venezuela y la disputa de legalidades entre Maduro y Guaidó.

71. Imposición de un candidato a modo en la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, saltándose la normativa vigente y le necesaria neutralidad del titular de la institución.

72. Hostigamiento hasta conseguir su renuncia del titular de la Comisión Reguladora de Energía.

73. Cancelación del Instituto Nacional de Evaluación de la Educación, que deja al gobierno sin parámetros objetivos y externos.

74. Presión presupuestal y discursiva contra el IFAI, Coneval e Inegi.

75. Cancelación y boicot activo de organizaciones no gubernamentales.

76. Presión mediática y legal al INE. Presión a los partidos políticos para que renuncien a sus atribuciones legales mediante el chantaje y la presión social.

77. Cierre irracional de todos los fideicomisos que financiaba el Estado mexicano, dejando sin recursos a instituciones culturales y civiles de todo tipo.

78. Uso del fondo de contingencia y de estabilización presupuestaria en el primer año de gobierno.

79. Capitalismo de amigos en el grupo de empresarios cercanos al presidente, con derecho de picaporte (de bronce) del Palacio Nacional.

80. Desprecio del PIB como indicador universal del desempeño económico y de las calificadoras como confiable control externo.

81. Desabasto generalizado por centralización y malas gestión de medicinas, con picos trágicos en áreas tan sensible como cancerología pediátrica y enfermos de VIH. Búsqueda de chivos expiatorio y descalificación de las legítimas protestas.

82. Cancelación del Seguro Popular sin un plan claro de sustitución, poniendo en riesgo la cobertura médica de millones de personas y aumentando la presión al sistema sanitario.

83. Contradicciones en el discurso ante el manejo de la pandemia. Llamados a la magia blanca y la superstición religiosa. 

84. Negativa a seguir las prácticas exitosas del extranjero (pruebas masivas, seguimiento de casos positivos, uso de tapabocas). Pérdida de tiempo en la preparación del sistema sanitario y en la toma de medidas sanitarias. Deficiente material de protección. 

85. Pésima recogida de datos y peor su manejo estadístico y proyección matemática. 

86. Pocas medidas de auxilio económico y ningún apoyo consistente a las empresas, motor de la economía. Desdén de experiencias exitosas pasadas y de sus cuadros profesionales.

87. Entrada sigilosa de médicos cubanos, con pago directo para beneficio de la dictadura en la Isla y desprecio de los médicos locales.

88. Aceptación acrítica de desplantes, ocurrencias y abusos de autoridad de los gobernadores del partido en el poder, particularmente de Morelos, Veracruz, Baja California Sur y Puebla. 

89. Presión presupuestal y mediática sobre gobernadores críticos, por ejemplo, Jalisco.

90. Desatención y soberbia ante las denuncias de actos de corrupción y licitaciones a modo de la nueva administración. Sistema de mafia y defensa en bloque.

91. Aumento de la corrupción en los trámites y compras del gobierno frente a la demagogia cotidiana sobre su combate.

92. Desdén por denuncias e informaciones periodísticas y de organismos de la sociedad civil especializados sobre actos de corrupción de miembros del gobierno federal.

93. Encarcelamiento con discutible rigor jurídico y aire de venganza personal hacia Rosario Robles, enemiga del presidente, afectando los derechos de su presunción de inocencia, Advertencia implícita para críticos, exfuncionarios y desencantados.

94. Uso faccioso del sistema de investigación financiera y filtraciones interesadas para controlar empresarios y grandes fortunas.

95. Caída del presidente de la Suprema Corte de Justicia. Candidatos partidistas para sustituciones de ley. Presión para reducción de sueldos y prestaciones.

96. Nulo avance en la prometida investigación alterna de la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa en Iguala.

97. Desprecio a Javier Sicilia y falta de empatía con las víctimas de la violencia. Caso emblemático la masacre de la familia LeBaron.

98. Endeble explicación del accidente en que murió la gobernadora de Puebla, Martha Érika Alonso, y su esposo, Rafael Moreno Valle, dando pie a todo a clase de interpretaciones.

99. Asesinato sin resolver de Samir Flores, luchador cívico contra la termoeléctrica de Morelos. Mismo caso de otros líderes ambientalistas.

100. Apuesta al carbón y entrega a modo de contratos a aliados del proyecto.

101. Falta de estudios de impacto ambiental en obras públicas.

102. Riesgo para el Estado laico con la continua presencia de líderes religiosos en actos oficiales. Creciente influencia de los evangelistas.

103. Intento de influir en la moral de los ciudadanos desde el poder político con una constituyente moral, el reparto de la Cartilla moraldel Alfonso Reyes. Tono de sacristía desde Palacio Nacional.

104. Apoyo a las supersticiones populares y el pensamiento mágico: limpias, estampitas salvadoras…

105. Rechazo del avión presidencial, que está en un sistema de compra por arrendamiento, poniendo en riesgo la seguridad de los pasajeros de vuelos comerciales con los que comparte el presidente o su comitiva el itinerario y haciendo extremadamente difícil viajar al extranjero como jefe de Estado.

106. Distractor de la venta y posterior rifa del avión. Vulneración de la ley de lotería nacional. Falso premio al ganador. Chantaje a los empresarios para sumarse al proyecto con participaciones “voluntarias”.

107. Encono y división promovidos desde la presidencia, actitud que se trasmina a todos sus funcionarios.

108. Acoso a los expresidentes (salvo a Enrique Peña Nieto y Ernesto Zedillo) y retiro de su necesaria pensión vitalicia.

109. Abandono de unas oficinas funcionales y amplias, de coordinación y seguridad, Los Pinos, por el boato y la ineficacia del Palacio Nacional. 

110. Retraso en el plan cultural y las obras de adecuación de Los Pinos, usado como publicidad incluso en la pandemia.

En el haber:

1. Aumento del salario mínimo: la economía tenía margen para remunerar mucho mejor a los trabajadores del país.

2. Llamado a la conciencia ciudadana para el cumplimiento de las normas sanitarias durante la pandemia sin multas ni represión.

Diario de la peste (49). Viaje a la oruga

Traslúcida, colorida, la vida era un eterno batir de alas. Una primavera perenne. De flor en flor. El cortejo, una sutil exhibición aérea con mapas de feromonas. ¡Qué buen mitin, licenciado! Y por la espiritrompa, un caprichoso fluir de néctar. Ahora margarita, ahora camelia. Muerto Nabokov, con su profética maestría, los riesgos de ser diseccionado habían descendido drásticamente. Todos babeaban:

—Mira, una mariposa. 

—Con los colores del arcoíris. 

—¡Qué belleza!

—Debe ser una señal de buena suerte. 

—¡Sigámosla! 

Pero un día, una celda discal tuvo dudas. Una inseguridad nunca vista, que rápidamente se contagió a la zona basal. Inmediatamente al ápice, al termen. Una orden absurda, apenas susurrada guturalmente por Carpentier: busca un árbol y plega velas. Todo tiende a encimarse. Es viscoso. Cae una cortina natural. Asfixia. El PIB ya no importa. El escenario de la vida ahora se llama crisálida. 

No corras, no grites, no te muevas. Los pies se vuelven gelatinosos. Soy un monstruo de plastilina verde. Blando y cilíndrico. A veces tóxico. Repito sisofromatem, como un mantra inmerso, pero nadie me escucha. Pero nadie me escucha. Tengo hambre cósmica. El Pegaso calla su relincho en un murmullo de fuente clara. Los murales repiten el oprobio de la historia. Soy una oruga, aunque habite en los jardines de palacio.

Diario de la peste (48). Sirenas, otra vez

Dos héroes mitológicos lograron cruzar la temible Isla de las Sirenas sin sucumbir a su voz, dulce veneno. Odiseo, pidiéndole a sus marineros que se colocaran cera en los oídos, lo sujetaran firmemente al mástil y no lo desamarraran bajo ninguna circunstancia, orden o amenaza. Una vacuna. Orfeo, ahogando sus voces al interpretar con su lira una “melodía estridente y rápida”. Una medicina.

Nunca he entendido por qué a la alarma de las ambulancias se les llama “sirenas”, cuando son justamente lo contrario: sonido molesto al oído humano para que uno se aparte. En lugar de imán, separador.

Tengo grabadas en la memoria los cantos de sirenas de la ciudad de México aquel 19 de septiembre de 1985 y los días subsiguientes. Tenía 16 años y fui brigadista. Vi edificios derruidos, ollas populares en barrios que no sabía que existían, y la rabia a flor de piel. No con la caprichosa naturaleza, sino con la corrupción que hizo que se derrumbaran escuelas y hospitales mal construidos. La preocupación con el Mundial 86 antes que nada, el orgullo mal entendido de no pedir ayuda externa hasta que fue inevitable y el robo abierto y descarado de esa ayuda cuando por fin la autorizaron, fueron el alicate de ese coraje cívico. El movimiento estudiantil dos años después (CEU de la UNAM) y el desafío electoral al PRI del 1988 están vinculados a esa desaparición del Estado mexicano, otrora orgulloso, salvo en un aspecto (los militares patrullaban las calles).

Ahora vuelven las ambulancias. Siento una empatía temerosa por los pacientes, en sus camillas metálicas, atendidos por voluntarios odiseos y orfeos, héroes anónimos, rumbo a hospitales desmantelados, atiborrados, para ser entubados en máquinas que no existen. Esa debe de ser la nueva normalidad, fase infinito. La cuarta transformación, fase “anillo al dedo”. Un terremoto en cámara lenta, cotidiano, del que tuvimos noticia semanas antes de su estrépito. Y dejamos que nos sorprendiera. Vuelve también el orgullo mal entendido. Vuelve la corrupción y la incompetencia. Vuelven las muertes innecesarias e injustas. ¿Volverá la rabia ciudadana?

Y la ciudad, Hades prematuro, un cementerio de vivos y de muertos. De muertos y de vivos. 

Diario de la peste (45). Entonces, ¿por qué?

Pero si había tantas señales de alerta sobre el instinto antidemocrático de López Obrador, ¿por qué ganó? La gente que votó por él, es decir, la mitad de la población de México ¿es suicida o idiota? Obviamente, no. La respuesta es más compleja.

1. El descrédito inmenso en que terminó su gobierno Peña Nieto.

Las razones de ello son varias y se interconectan. La primera fue la desaparición en Iguala de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa. En las escuelas de comunicación se tendrá que estudiar este caso: cómo un crimen en un estado gobernado por la oposición, en un municipio gobernado por la oposición, pasó a convertirse en un crimen de Estado con Peña Nieto de responsable. Pese a que los postulados básicos de todos lo que han investigado a fondo el execrable crimen (PRG, equipo internacional de expertos y CNDH) convergen en que fue un asesinato cometido por narcotraficantes al amparo del poder policiaco municipal, el crimen funcionó de catarsis social ante tanto dolor acumulado por crímenes sin respuesta en un país convertido en un camposanto: 43 jóvenes, de origen humilde, muchos de ellos indígenas, en su primer año de estudios, soñando con ser maestros, masacrados en las calles de una ciudad y probablemente incinerados tras su asesinato. ¿Cómo procesar tanto espanto? Desde luego, el tema es mucho más complejo e incluye para mí una revisión a fondo del funcionamiento de esas escuelas, manejadas por el comité de estudiantes y secuestradas por la ideología más radical. Y también se necesita pensar cómo se insertan en el funcionamiento de un sistema educativo secuestrado a su vez por un sindicato corrupto cuyo único problema es el reto de la fracción sindical independiente, igualmente radical e impune. Los jóvenes fueron triples víctimas, en distintas escalas: de la pobreza absoluta de la sierra de Guerrero, del crimen organizado que suplanta al Estado en bastas regiones de ese estado (con la complicidad activa o tácita de todos), y además de la escuela, que los mandó a secuestrar autobuses a una ciudad a cien kilómetros de su sede.

En mitad del estupor y del duelo colectivo, se da la segunda razón: el tema de la “casa blanca”. Un reportaje impecable, que resiste los más exigentes parámetros periodísticos, del equipo de investigaciones especiales de Carmen Aristegui, demostró que el presidente en el poder tenía una casa a nombre de un contratista amigo, cuyo mal gusto y ostentación iban a la par de su dudoso origen. La respuesta al caso, además, se estudiará en el futuro en las escuelas de comunicación política, al mandar a su esposa justificar la propiedad una casa que no estaba a su nombre. La esposa, sin duda, tenía recursos suficientes para adquirir una propiedad de lujo como actriz de primera línea de la principal televisora de lengua española, como parte central del star systemde Televisa, pero el retorcido argumento de la inmobiliaria amiga, la compra a plazo sin dar enganche y toda la lógica argumentativa era deplorable e inverosímil, además de denotar una cobardía intolerable. Así, quedó grabado en el imaginario colectivo que el presidente de México (no su hermano o sus subalternos) era un hombre inescrupuloso, por decir lo menos. El rebote de ese asunto fue la sospechosa cancelación del tren bala a Querétaro, obra, esa sí, de infraestructura indispensable en México. La sombra de duda se extendió a muchas figuras emblemáticas de ese gobierno y a la nueva generación de priistas que había llegado al poder local junto a Peña Nieto al federal. Algunos casos, como el del gobernador de Veracruz, parecían ocultar una intolerable complicidad y red de intereses inaceptable. Era una escandalosa forma de gritar a los cuatro vientos: el PRI nunca va a cambiar.

En tercer lugar, la visita de Donald Trump. El entonces candidato estadounidense, que inició su trayectoria política insultando a los mexicanos con comentarios racistas, en lugar de ser expulsado de la política americana, como habría sucedido en cualquier otro momento, fue aupado por los medios. Al repetir, sin filtros, sus exabruptos, amenazaba con la cancelación del TLC con México, una herramienta de la política económica reconocida como indispensable por todos los actores políticos (triunfo no reconocido, por cierto, de las políticas de apertura comercial de De la Madrid y Salinas, padres del “neoliberalismo” económico según la neolengua que nos gobierna). De nuevo, el manejo mediático fue deplorable. La invitación en plena campaña tuvo un costo político gigantesco, pero el objetivo estratégico era correcto. De hecho, lograron convencer al demagogo de pelo naranja que Estados Unidos era más fuerte si respetaba la cadena de producción de Norteamérica, lo que incluía a su odiado vecino. Además, lograron una renegociación no tan lesiva, dándole certidumbre económica al presidente que ganara e incluso un margen en el valor del peso frente al dólar (la devaluación sucedió ante la incertidumbre).

Tres hechos distintos entre sí: de uno fue plenamente responsable, la casa; de otro, responsable por dejación, el crimen de Iguala, y del otro, responsable en el sentido weberiano. En los tres casos, Peña Nieto demostró que las palabras no estaban a su servicio y que más bien él era su prisionero. Para eso sirve la lectura recreativa, actividad que obviamente desconoce. Un presidente al que, si le quitabas los gestos políticos de la escuela priista del Estado de México (cortesía, formalismo, institucionalidad), aparecía desnudo de lenguaje, listo para ser crucificado en el México moderno, lleno de voces discordantes y medios independientes, logro de nuestra democracia.

2. El hechizo de las elecciones del Estado de México (2017), que condicionó la estrategia electoral del PRI.

El triunfo de Alfredo del Mazo dio la esperanza a su partido de que, pese a todas las encuestas y el clima de rechazo social, podían ganar, cuando para mí los resultados de esa elección mostraban justamente lo contrario. 

El Estado de México, su feudo y su refugio, un candidato respetable, toda la fuerza del Estado (legal y paralegal), un candidato de izquierda que le robaba por ese flanco a la candidata de Morena, la destrucción de la candidata panista y una candidata de Morena con todas las carencias de esa formación política… El candidato del PRD (ex alcalde de Ciudad Nezahualcóyotl) le quitó casi un millón de votos y el corredor panista, ante el derrumbe de su candidata, votó en el último segundo por el que adivinaron, correctamente, el mal menor. Y aun así, ganaron por un margen mínimo. 

Este resultado, además, casaba perfectamente con la lógica de las tres últimas elecciones federales, que se habían acabado polarizando entre dos opciones, en una suerte de segunda vuelta simultánea a la única elección. Pasó en el año 2000 entre Fox y Labastida, marginando a Cárdenas a un alejado tercer lugar; pasó, exacerbado, entre López Obrador y Calderón, marginando al PRI a un tercer grado, y pasó entre López Obrador y Peña Nieto, marginando a Vázquez Mota a un lamentable tercer lugar. 

Así, la estrategia estaba clara: evitar la alianza del PAN y el PRD, destruir al abanderado del PAN para forzar la polaridad entre López Obrador y el candidato del PRI y esperar a que el voto del miedo lograra mantenerlos en el poder. Agustín Basave, como presidente del PRD, entendió primero que nadie que el verdadero peligro de la salida del PRI era la regresión de Morena, e impulsó una alianza de su debilitado partido con el PAN. El desempeño de esta unión de opuestos obtuvo importantes logros a nivel estatal, lo que forzó la alianza federal. No habría fuga por la izquierda. Sin embargo, las bases perredistas no aceptaron esta lógica y votaron masivamente por López Obrador, no así por Morena en el Congreso.

Dados los nexos entre poder político y prensa en México, con el manejo faccioso de la publicidad, para el gobierno fue relativamente fácil destruir la reputación de Ricardo Anaya, con un caso que no resistía el más mínimo análisis jurídico. Esto fue otro bumerán, ya que, si todos eran iguales, entonces mejor votar por el diferente. Además, dinamitó todos los puentes de un acuerdo tácito de cualquier tipo para frenar a López Obrador. Anaya se radicalizó contra el PRI y anunció abiertamente su venganza si ganaba, lo que orilló a los corruptos en el poder a buscar a la desesperada un pacto con López Obrador que les garantizara impunidad tras dejar el poder.    

Para que el voto panista se inclinara a su favor necesitaban a un candidato intachable y lo encontraron. Una aguja en el pajar del PRI. Un técnico honesto, de profundas convicciones humanas, con una familia enraizada en la academia y la cultura mexicana. El problema de Meade era triple: nadie lo conocía, no tenía carisma y su perfil entrañaba el peligro de enajenar a las bases priistas, como al final sucedió.

Anaya, por su parte, logró consolidar una alianza fuerte a su alrededor, con el aval de pesos pesados de la política mexicana y un espectro ideológico amplio. Pero no supo conciliar a la familia panista. Fue torpe en su manejo de las legítimas aspiraciones de Margarita Zavala y usó la presidencia del partido para imponer su candidatura. Debió ir a elecciones internas, aun si las perdía. No puedes aspirar a ser presidente de México y tener miedo de perder en un primer escalón. Esto le abrió una fuga de votos inesperada de panistas enojados que ni con la ambigua renuncia de Zavala a su candidatura independiente, se cerró del todo.

3. Una campaña inteligente (e hipócrita) por parte de López Obrador.

López Obrador, por primera y única vez en su vida, aceptó cambiar. Se puso el traje de oveja y se limitó a repetir que la corrupción eran todos los males y que él no era corrupto (lo que es cierto en términos estrictamente crematísticos). Su campaña era simple y eficaz, recorrer por enésima vez los pueblos de México, trasmitiendo cercanía a los olvidados, mientras evitaba toda confrontación y todo debate de ideas; sus propuestas, demagógicas (no vivir en Los Pinos, vender el avión presidencial…), y enarbolaba un monotema: la honestidad. Además, como no tiene dudas de que el fin (su llegada al poder purificador) justifica todos los medios, aceptó la unión con marxista radicales (PT) y con evangelistas intrusivos (PES) sin dilemas morales.

Así, López Obrador recogió votos de las bases de izquierda del PRD, del voto duro del PRI (que dio libertad de acción a sus fieles ante el derrumbe de las últimas encuestas), de sus fieles seguidores (que en el 2012 demostraron ser numerosos y activos), del voto oculto de los evangelistas (que son millones), más de las amplias clases medias (desarrolladas en el periodo “neoliberal”),  enojadas con Peña y el cinismo priista pero acomplejada de votar por el PAN de Anaya. Pensaban que tenían algunas garantías: Urzúa y el TLC proyectaban certeza económica; Sánchez Cordero, diálogo político; la SCJN, constitucionalidad de las acciones del gobierno, y el INE, elecciones libres en el futuro. ¿Cuál era el miedo?

Y así llegó al poder López Obrador, enmascarado. Un enemigo de nuestra democracia y nuestras libertades, tanto por formación política (priismo centralizador y estatista tipo Echeverría con un escoramiento a la izquierda por la vulgata marxista aprendida en ciencias políticas y sus mitos: Cuba, Allende y demás), como por talante personal (narcisismo insatisfecho con profundas heridas en la adolescencia) y por creencias personales (conservador y evangelista). Su hijo más pequeño, sin ir más lejos, se llama Jesús Ernesto, por Cristo y por el Che. Pero esto último será tema de otra entrada.

Diario de la peste (43). Casandra

Me cansé de decirlo. A familiares, amigos, ex compañeros del trabajo. No voten por López Obrador. Odia nuestra democracia. Nos va a llevar a la ruina. Su plan económico es ridículo. Su plan político es peligroso. Y viceversa. “Graba mis palabras”, pedía como un poseso. “Aunque me quede manco injustamente, incluso el Bronco es mejor”, dije con certeza en más de una borrachera previa. Lógicamente no convencí a nadie. En las comidas con mis padres y hermanos, me pidieron que ya no hablara de política. Me tildaron de alarmista. “Meade y Anaya son infinitamente mejores opciones”, afirmé mil veces. Meade, la bondad personal y las capacidades profesionales. Anaya, la inteligencia y la alianza dispar que logró armar que garantizaba un gobierno de centro y amplio consenso democrático. Me acusaron de traidor a los valores con lo que me habían formado. En el ex trabajo fui el único de veintidós editores que no votó por él. ¡El único! Ahora, claro, alguno habrá que haya corregido su voto retrospectivamente, entre otros oportunos anacronismos. Muchos se acercaban con el guiño cómplice de los que piensan lo mismo. Padres de familia de la escuela de mis hijos, por ejemplo, donde cualquier otro candidato era anatema. Y salían despavoridos cuando escuchaban mis opiniones. 

En cenas de todo tipo proponía votaciones secretas (con urna transparente y escrutador sorteado) y López Obrador arrasaba. Con ex funcionarios de alto nivel, diplomáticos en activo, escritores consagrados, pequeños empresarios, profesionistas, se repetía el fenómeno. Los amigos extranjeros no entendían qué defendía. Las noticias son sólo las malas noticias y México era una anguila sanguinolenta en sus pantallas. Por el tipo de trabajo que tenía, no podía expresar en público mis posturas políticas, lo que exacerbaba mi malestar privado. Era el loco de la colina. En las semanas previas a las elecciones, con la victoria más que cantada, muchos amigos me evitaban. 

El primero de julio del 2018, en términos políticos, fue el día más feliz de decenas de mis seres queridos. Por fin había ganado la izquierda (?!) y eran testigos. Para mí fue una tragedia íntima. Nos iba a costar una generación volver a la línea de salida. Pensaba en mis hijos y me daba mucho coraje la ceguera voluntaria de la mayoría. ¿Qué no vieron? Con una agravante: no hay vacuna contra el virus del populismo. Por lo que una vez contagiado, se queda latente dentro del organismo social y, cuando bajan las defensas democráticas, vuelve a brotar. Muchas veces con la complicidad irresponsable de las elites. Es el herpes de la democracia. 

Esa noche, con el Zócalo lleno, pese a la lluvia, no podía compartir su alegría ni con una sana dosis de ironía. No era falta de empatía ni mal espíritu perdedor. En la democracia se gana y se pierde. Ninguna victoria es definitiva y ninguna derrota es para siempre. En la democracia. He ahí el detalle. Tampoco era falta de generosidad con mis afectos. Sentía malestar, pero también vergüenza futura por todos los que se irían bajando de ese barco pirata. ¿Por qué? Porque también sabía que esa clase media biempensante, sufridora, liberal en las costumbres y solidaria en lo económico, a la que pertenezco, iba a ser la gran perdedora del gobierno de López Obrador. En términos de seguridad, de libertades políticas, libertades civiles y situación económica. No imaginé, y ahí sí me ha sorprendido, el desprecio a la cultura, la ciencia, las organizaciones civiles afines y las universidades, cuatro de sus canteras naturales de votos. Pero me parece un detalle menor en un mapa de restauración autoritaria y regresión económica que estaba claramente trazado.  

Mi mujer era casi mi única aliada, pero no cuenta porque es española. Vaya en su descargo que a ella le pasó lo mismo con Podemos en su país. Fue la primera en verlo, decirlo y repetirlo. 

Fui una molesta Casandra para todos. Pero, no fue don profético. Fue simplemente seguir el camino de baldosas amarillas.

¿Qué me preocupaba antes de su victoria?

Su personalidad, incapaz de trabajar en grupo, reconocer un error, aceptar una derrota, debatir en buena lid. Coleccioné muchos testimonios directos de gente que ha trabajado con él o lo conoce bien y todos tenían, en corto, mil prevenciones y reservas. 

Su gobierno en la ciudad de México en cinco asuntos: transparencia (sigo esperando el costo final del Segundo Piso, por ejemplo); tolerancia (el ataque y burla de la “Marcha Blanca”), respeto a las leyes (saltarse bandos judiciales, por más discutibles que fueran) manejo mediático (sí, las odiosas mañaneras para dictar agenda y su obsesión por apoderarse del micrófono) y coordinación institucional (la fácil guerra sorda contra Fox).

Su trayectoria como líder opositor tras la derrota del 2006 (el bloqueo de Reforma, la mascarada de la presidencia legítima, la incapacidad para dejarle el paso a Ebrard, pese a los resultados de la encuesta interna del PRD en la previa al 2012).

La lectura de dos de sus libros. Fobaproa: expediente abiertoLa mafia nos robó la presidencia. Sus ideas económicas en el primero hubieran significado la bancarrota del país y, en el segundo, la construcción del mito del fraude del 2006, que tanto daño le ha hecho a nuestra frágil democracia. El fraude del fraude, pues.

Su visión de la historia patria, maniquea, con su panteón rebosante de héroes de bronce y villanos de paja, cercana al magma de la historia oficial salvo por la corrección de la vulgata marxista aprendida en ciencias políticas.

Su conservadurismo moral en temas clave de la izquierda en los que yo sigo creyendo, como la legalización de las drogas, la despenalización del aborto, la regulación de la eutanasia, la validez del matrimonio homosexual.

La ideología de Morena, que no se reconocía no como un partido más sino como un movimiento único, el tipo de dirigentes que tiene y atrae, el perfil resentido y vocinglero de sus militantes. El papel de los hijos de López Obrador en el control de Morena y la doble moral en su comportamiento.

Los aliados locales que se iban sumando a su proyecto, desde los cínicos (Manuel Bartlett), los ingenuos (Germán Martínez) y los peligrosos (Napoleón Gómez Urrutia).

Su evangelismo abierto, pastoral, disfrazado de un vago humanismo cristiano.

Su teodicea hidrocarbúrica, empeñada en demostrar la viabilidad de Pemex y otros misterios abismales. 

Su superioridad moral autodecretada y su papel de sumo purificador nacional.

Su rechazo al mundo exterior, su incapacidad para viajar, aprender idiomas, ver y disfrutar otras realidades. Su incapacidad para disfrutar una exposición, un concierto, una ópera, una novela. Su impostado pellicerismo de jardín botánico.

Su sonsonete monocorde para repetir sus virtudes (espejito, espejito) y su inventiva verbal para descalificador a sus adversarios. Y para sacar lo peor de sus partidarios. Bastaba darse un paseo por Twitter en la campaña (ahora está peor).

La nefasta familia política latinoamericana en la que quería inscribirse, con sus inmaduros castros, sus inmorales maduros, sus adánicos morales. 

Pero, en fin, no podía saberse.

Diario de la peste (38). Flores en Palacio Nacional

Hoy planté en los jardines de Palacio Nacional, soleado día de abril, casi mayo, tres árboles-flor: un flamboyán, un maculí y un guayacán. Árboles con un agudo sentido político. También una grave ceiba y palmas reales, no conservadoras. No tengo mucho que hacer, de momento. La iniciativa para que coincida el revocatorio con las elecciones federales ya está en el Congreso. Lo mismo la que me otorga, modestamente, el control del presupuesto. Ahora, como dice Arturo Farela, mi evangélico de cabecera, plantar y esperar. Estas maravillas del trópico florecen tras diez, doce, quince años de arduos cuidados. Aquí quizá tardarán más. Estoy contra la reelección. Dios mediante, como dice el padre Solalinde, espero verlos prosperar. Y recuerden a Carlos Pellicer, el poeta de las flores:

… en el clarísimo jardín de abril y mayo

todo se ve de frente y nada de soslayo.

Diario de la peste (31). Una taxonomía

Este año y medio de gobierno ya permite hacer una taxonomía aproximada de los errores del gobierno que, entrelazados, se potencian entre sí. No una lista puntual de los fallos, que es ociosa por inmanejable y distractora, sino una tipología de sus equivocaciones que la llevarán a ser, sin duda, la peor administración de nuestra historia reciente. Su anhelo de trascendencia (“juntos haremos historia”) sólo será real al compararse con los grandes desastres del pasado remoto.  

1. Adánico

Piensa que todo lo que se hizo en el pasado está mal. Del aeropuerto de Texcoco al Fonca. Esto lo lleva despreciar esfuerzos que podría capitalizar (reforma educativa) y a empezar de cero cosas que estaban avanzadas (la derogación del Seguro Popular y la creación del frágil Insabi). También le impide corregir con sensatez errores reales (que eran abundantes).

2. Acrítico

Piensa que toda crítica es expresada con una intención aviesa o oculta. La modernidad y la democracia nacen con la crítica. Sin aceptación de la crítica no hay avance ni corrección. Criticar (o descalificar) a los críticos desde el poder es el inicio de la vulneración democrática. La libertad de expresión es la base en que se amparan el resto de las libertades. Este gobierno critica, como Trump, a los medios y comunicadores que considera adversos a sus políticas (ReformaCrónica, Leo Zuckerman, Ciro Gómez Leyva…), censura abiertamente las opiniones divergentes (Carlos Loret de Mola), premia o castiga con la publicidad oficial y manipula, estigmatiza o desinforma desde los medios oficiales (Notimex como ejemplo señero, pero no único). Las conferencias de prensa del presidente en las mañanas conjugan todos estos problemas y los potencian (se manipula, se favorecen las preguntas a modo, se utilizan para descalificar a los críticos, se utilizan distractores).

3. Irracional

En todos los órdenes del gobierno se privilegia a los grupos afines, las cooptaciones de los rivales que aceptan la sumisión y a los dogmáticos sobre los funcionarios con experiencia, conocimientos técnicos o científicos, desde la Comisión Reguladora de la Energía hasta el titular de Pemex (cuyo director es un ingeniero agrónomo sin experiencia previa en la materia). Desde el poder se ridiculiza a los expertos en todos los ámbitos y se minimizan sus conocimientos (ecologistas con el “tren maya”, economistas en Dos Bocas, técnicos aeroportuarios en Santa Lucía…) La administración pública se vacía de técnicos, en ámbitos clave (SAT, Banco de México…) y se llena de rudos (por usar la metáfora de la lucha libre). Un gobierno sujeto a las veleidades del poder político y no al conocimiento acumulado. Los organismos que brindan información objetiva sufren este desprecio (INEGI, Coneval). Se consagra la irracionalidad en las ceremonias públicas (limpias, baños de incienso).

4. Anti-intelectual

Contra la alta cultura y la excelencia artística, casi toda acción en el área es regida por la propaganda, no por la excelencia; por el supuesto impacto popular y no por la calidad. Esto pone en riesgo el sistema de excelencia de la cultura mexicana, construido durante décadas y que era una de nuestras señas de identidad y ventajas competitivas en el mundo. Festivales como el Cervantino, ferias como la Filij o la FIL, iniciativas docentes como el Centro Nacional de las Artes, la red de diplomacia cultural, la oferta de teatros y museos se han visto seriamente mermados por la disminución o la cancelación de presupuesto. El catálogo del Fondo de Cultura Económica, esfuerzo de décadas y bien patrimonial, está en riesgo y en acelerada disminución, enfocado ahora sus tareas en el nicho de los nuevos lectores, pero desde una oferta limitada, ideológica y decidida piramidalmente bajo una primicia falsa (no hay lectores por el precio de los libros). 

5. Obsoleto

La energía es el motor invisible de la sociedad. Su oferta, variedad y precio son un asunto de interés público. No así su producción, que es una transformación industrial como cualquier otra. Esta confusión lleva al gobierno a invertir enormes recursos en una quimera (rescatar Pemex, construir Dos Bocas), cancelar la reforma energética (con promisorias cifras de inversión futura) y negarse a aprovechar el inesperado correctivo de la realidad por la pandemia.

6. Centralizador

Todo se decide en Palacio Nacional, contra la letra y el espíritu del pacto federal (lo que explica el creciente malestar de los gobiernos de los estados). Los órganos autónomos y descentralizados, cuyo armado institucional se creó, justamente, por la propensión natural del poder ejecutivo de abarcarlo todo, son atacados de manera sistemática. Contra ellos se usan todos los medios posibles: desaparición (INEE), desnaturalización (INAI), cooptación (CNDH) o acoso (INE). Un gobierno sin contrapesos, contra la división de poderes, como demuestran la imposición de la agenda legislativa desde la frágil mayoría de Morena y sus aliados (no obtenida en las urnas) y el intento de control del poder judicial (extraña salida de miembros y obsequioso perfil de los nuevos ministros de la CSJN). La cuarta transformación es la segunda muerte de Montesquieu. 

7. Estatista

Contra la autonomía económica y la iniciativa privada. En lugar de expulsar a los mercaderes del templo (contratistas amañados), los expulsa del reino (cancelación del aeropuerto de Texcoco, de la cervecera Constellation Brands, de las rondas petroleras) o los hace suyos (consejo empresarial asesor). Descree del legítimo interés del carnicero, el cervecero y el panadero para contar con nuestra cena y apela a su benevolencia (Adam Smith no existe). No cree en la separación del poder político del económico (logro objetivo de los últimos sexenios) y quiere empresarios afines, dóciles o amordazados. 

8. Anacoreta

Ajeno al mundo. El presidente no viaja y desprecia los foros internacionales (G20, Davos), cancela la promoción de México en el mundo (ProMéxico, Consejo de Promoción Turística) y vigila y limita los contactos e intercambios (los viajes de científicos, atletas, artistas están prácticamente prohibidos desde el presupuesto público o reducidos a su mínima expresión). El gobierno tiene entre sus aliados lo más antidemocrático y desprestigiado del mundo (Maduro, Díaz-Canel). Y eso, a pesar de tener a su mejor cuadro al frente de la SRE (Marcelo Ebrard).   

9. Militarista

Contra lo anunciado y prometido en campaña, se entrega la seguridad al ejército, con labores de policía. Se le confían las obras emblemáticas del sexenio (permitiéndoles con la excusa de la seguridad nacional un manejo discrecional o arbitrario) y la resolución de crisis o coyuntura difíciles (la logística médica del Covid-19). 

10. Polarizador

Mediante la dialéctica del amigo-enemigo, desarrollada por el teórico del nazismo Carl Schmitt (“estás conmigo o contra mí”), aglutina de manera acrítica a su núcleo duro, encarece las desafecciones (como saben Urzúa o Martínez) y mantiene la agitación en su base social (el “pueblo bueno”). 

11. Piramidal

El poder se ejerce de arriba hacia abajo (como se barren las escaleras). Todo se decide por el más alto jefe presente, a imitación del modelo presidencial que, en la medida de sus fuerzas y capacidades, y muchas veces por arriba de sus atribuciones (que consagra la Constitución y son inmensas), toma todas las decisiones (o eso le hacen creer los equipos más inteligentes para avanzar sus agendas). No hay reuniones de gabinete periódicas, ni órganos colegiados, ni equipos transversales. 

12. Monologante

Contra la sociedad civil organizada. En lugar de alentar el impulso plural de la sociedad, que manifiesta su interés en los asuntos públicos (sueño del foro griego) a través de miles de organizaciones de todo tipo, la mayoría asociaciones civiles sin fines de lucro, el gobierno las sataniza en el discurso público (sobre toda las que nacieron para vigilar los actos del gobierno, como “Mexicanos contra la corrupción” de Claudio X González), las entorpece (con nuevos y difíciles requisitos), las vigila y las persigue desde el ámbito impositivo o las seca desde el ámbito presupuestario (con la prohibición de recibir dinero público que ahora se extiende a los fideicomisos mixtos y públicos, afectando la labor altruista de muchas de ellas).

13. Moralista

Vive el poder como una oportunidad para el sermón público. Altera el pacto laico del estado mexicano, una de sus conquistas objetivas desde Benito Juárez. Al César lo que es del César (faltaba más) pero al César también lo que No es del César: las costumbres privadas. No basta con cumplir la ley, hay que cambiar de valores. De ahí, la iniciativa de una Constitución moral, el reparto de la Cartilla moralalfonsina, la presencia ominosa de los evangelistas. Y el freno a iniciativas encaminadas a ampliar las libertades individuales y civiles (legalización del aborto en el ámbito nacional, legalización del uso recreativo de las drogas). 

14. Ilícito

No existe la voluntad ni la claridad de separar y combatir todo aquello que sea ilegal. El Estado no tiene el uso legítimo de la fuerza (su razón de ser, según Max Weber). El mal no existe. Todo es el ambiente en que se desarrolla la gente. Se puede pactar con los criminales (liberación del hijo del Chapo) y, sobre todo, encomiarlos a portarse bien. No hay, por lo tanto, empatía con las víctimas (Sicilia, LeBaron), ni señales de alerta ante la recurrencia de crímenes inhibidores (asesinatos de periodistas, mujeres y ambientalistas). ¿El resultado? El sexenio más violento de la historia y una sensación de impunidad peligrosa y creciente. 

15. Escapista

Al inicio del sexenio, por ideología e impericia, se dejaron de importar los volúmenes de combustible necesarios para la temporada navideña que el país requería. Ante las colas en las gasolineras, el desabasto de productos y el malestar ciudadano se optó por construir una realidad alterna (la lucha contra el huachicol, la compra de pipas, el cierre de ductos), con resultados sorprendentemente buenos en términos de opinión pública y apoyo popular. Esto abrió un marco de posibilidades que ahora se repite: ante cada crisis autoinducida, se busca o un chivo expiatorio o un distractor. Si Ibargüengoitia viviera, su nueva obra se llamaría El avión presidencialUna rifa en tres actos

16. Asambleario

Apela a la participación ciudadana, fuera de los plazos y la regulación del INE, para decidir asuntos públicos trascendentes. Sin debate serio, neutralidad de las autoridades, padrón confiable y lógico, campañas reguladas, se montan consultas amañadas, con la clara voluntad de trasladar el costo de una decisión difícil al anonimato del “pueblo sabio”.

Diario de la peste (27). La Tercera Transformación.

Francisco Villa mandó matar a Paulino Martínez y a David G. Berlanga; Emiliano Zapata asesinó a Otilio Montaño; Venustiano Carranza mató a traición a Zapata y, por la vía de la justicia expedita, a Felipe Ángeles; Álvaro Obregón se despachó a Francisco Murguía, a su compadre Francisco Serrano, a Villa y al propio Carranza, y a su vez murió asesinado. Le robaron la presidencia a José Vasconcelos, en 1929, y a Juan Andreu Almazán, en 1940. Hubo rebeliones que triunfaron, por ejemplo, la de Agua Prieta, que llevó a los sonorenses al poder, y otras que fracasaron, como la de los hermanos Cedillo de San Luis Potosí, pero nadie le apostó a las urnas, verdadera causa del levantamiento. El campo, paralizado por el despojo y el crimen sin fin, no pudo, como el argentino, aprovechar la primera guerra mundial para exportar alimentos a la devastada Europa y salir del atraso milenario. Los comisarios ejidales le dieron la vuelta y crearon fábricas rurales exitosas. Fábricas de pobres, que inundaron las ciudades. Salvo el pequeño comercio de algunas capitales, la minería y el petróleo, en manos extranjeras, todo quedó suspendido, con mexicana alegría. Pese a ello, la bola tuvo parque suficiente para seguir matando, esta vez a campesinos mal armados, conservadores avant la lettre que pedían el inaudito derecho a celebrar misa. Plutarco Elías Calles, Adolfo de la Huerta, Vasconcelos, Martín Luis Guzmán y otros cientos debieron exiliarse para no seguir el camino del camposanto. Porfirio Díaz dejó el poder en 1911, y murió en París, exiliado, en 1915. Para 1940, el país se había pacificado, a costa de sus libertades democráticas. Tras décadas de discordia, lentamente, se fueron unificando, amalgamando esas historias de enfrentamientos y traiciones en un cuento de hadas, contado desde el poder, llamado Revolución mexicana, rebautizado ahora felizmente como Tercera Transformación.