Diario de la peste (47). Día del maestro (con retraso)

Una peculiaridad de los seres humanos es que nacemos aún incompletos. Un cervatillo nace de pie y puede huir con la manada casi al instante. Nosotros venimos al mundo completamente indefensos. La velocidad de desarrollo del cerebro humano rebasó en un punto evolutivo a la capacidad elástica de la cerviz. Había que terminar de desarrollarse y madurar fuera. La primera infancia es como terminar de hornear el pan fuera del horno. Esto genera un vínculo emocional especial entre la cría humana (por usar la terminología de El libro de la selvade Rudyard Kipling) y su madre y, por extensión, según la cultura y el tiempo histórico, del resto del círculo familiar. Si bien es increíble la burbuja inmunológica (y emocional) que se establece entre madre y cría en el proceso de amamantamiento y desarrollo físico, lo verdaderamente alucinante para cualquiera que haya sido padre es la adquisición de las claves simbólicas y culturales por parte del vástago. Este proceso es lento, casi tortuoso. Descubrir la arbitrariedad del signo lingüístico, eso sí es un viaje sideral.  Para un infante es mucho más fácil imitar el sonido de un pollito, un perro o un gato que descubrir que la palabra “perro” corresponde a esa empalagosa mascota humana que le ladra. Llevar esa sorpresa a la literatura es la genial novedad de “El otro tigre” de Jorge Luis Borges:

Cunde la tarde en mi alma y reflexiono

Que el tigre vocativo de mi verso

Es un tigre de símbolos y sombras, 

Una serie de tropos literarios

Y de memorias de la enciclopedia

Y no el tigre fatal, la aciaga joya

Que, bajo el sol o la diversa luna,

Va cumpliendo en Sumatra o en Bengala

Su rutina de amor, de ocio y de muerte.


Pero la cultura humana, cualquier cultura (como demostró Claude Lévi-Straus en Tristes trópicos), es demasiado compleja para poder ser tarea exclusiva de los padres. No cabe en un relato oral que pueda ser transmitido de generación en generación. Supervivencia, seguridad emocional (que deviene en cognitiva), ciertas normas básicas y unos parámetros morales. Para el resto, se requiere que el clan, la tribu, la sociedad se organice y asigne ese papel a miembros específicos de la comunidad. Los maestros, por lo tanto, cumplen un rol crucial: pasar las claves de la cultura a sus miembros más jóvenes. El saber humano no cabe en la memoria y está depositado fuera, en exocerebros, como dice Roger Bartra en Antropología del cerebro. Tablillas cuneiformes, papiros, códices, libros. Pero también frisos, obeliscos, murales. Los maestros son básicamente aparatos decodificadores para enseñar a descifrar y transformar el lenguaje cifrado en que se manifiesta la cultura (primero sus signos: letras, números, notas musicales; luego, las redes que se tejen y destejen con esos signos: poemas, teoremas, partitura). Diferente al taller del artesano, el gremio medieval, el monaguillo en la sacristía, cuyas enseñanzas versan sobre un único saber, el buen maestro abre horizontes. Diferente es la relación maestro-discípulo (aprendiz) que maestro-alumno. Ambos, eso sí, lo hacen desde la subjetividad personal. No son robots. Son jardineros de almas, esos que pedía Saint-Exupéry, y deberían saber regar cada parcela según las posibilidades del suelo y la simiente. Con un último milagro: las capacidades tienen un reparto estadístico homogéneo entre los miembros de cualquier congregación humana. Así, un sistema educativo sólido localiza flores de asfalto ahí donde broten y potencia sus dones. El maestro es un multiplicador. Esto lo vio antes y mejor Albert Camus, como casi todo. Cuando recibió el Nobel, le mandó esta carta a su maestro de primaria en su Argelia natal:

Querido señor Germain:

He esperado a que se apagase un poco el ruido que me ha rodeado todos estos días antes de hablarle de todo corazón. He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, la mano afectuosa que tendió al pobre niñito que era yo, sin su enseñanza y ejemplo, no hubiese sucedido nada de esto. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y le puedo asegurar que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso continúan siempre vivos en uno de sus pequeños discípulos, que, a pesar de los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido.

Le mando un abrazo de todo corazón.

Albert Camus

Una forma relativamente sencilla de saber el grado de desarrollo de una sociedad es analizar cómo está organizado su sistema educativo. El apocalipsis zombi que sufre México tiene mucho que ver con su catástrofe educativa. Por el bajo nivel de preparación de sus votantes (fácilmente manipulables) y por la anquilosada mirilla ideológica de su presidente (líder moral y egregia figura). Las elites mexicanas (empresarios, políticos, profesionistas) se enfocaron en desarrollar un sistema educativo privado y se desentendieron del desastre público (lo mismo en el sistema sanitario) que dejaron en manos (garras) del sindicato y los políticos arribistas. La bala pasó rozando en el 2006. Nadie leyó adecuadamente el mensaje. En el 2018 dio directamente en el blanco. Sólo queda seguir nadando a contracorriente. 

***   

Mis abuelos paternos eran maestros de escuela. Ambos estudiaron sus oposiciones y las aprobaron en la España de Alfonso XIII y después fueron anónimos partidarios de la República. Mi abuelo partió de un pueblo de Soria, hoy deshabitado, corazón de la España vacía, y enseñó por media España antes de obtener su plaza definitiva en Córdoba, donde conoció a mi abuela. Las vicisitudes de la guerra y sus secuelas los arrancaron de sus raíces y certezas para acabar en el exilio en México. Y, claro, fundaron una escuela, aunque luego la vida los llevó por otros caminos. 

Mi madre es maestra en activo desde hace más de medio siglo. Admiro su perseverancia, su fe ciega en que se pueden cambiar el destino de las personas a través de la educación. Generaciones y generaciones de exalumnos la adoran, cuidan y procuran. Su vida es un ejemplo en sí mismo. Cada año anuncia su retiro y cada año lo pospone en el último momento. Morirá con un gis en la mano. Su magisterio se trasladaba a la casa. Fue una madre sabia en la formación de sus cinco hijos: nos dio libertad, pero nos fijó límites. Un ingeniero, un arquitecto, una química-farmacobióloga, una geógrafa y este eterno aspirante a literato no son un trofeo. Son tan sólo la forma caprichosa en que se materializó su labor cotidiana. 

Mi mujer es maestra. Ya hablé de ello en estas páginas. Mis hermanas son maestras. Yo mismo fui maestro de bachillerato y de universidad. Fui feliz. No por lo que enseñé, sino por lo que tuve que estudiar para poder dar las clases y por lo que aprendí de mis alumnos.

***

—Pero, vamos a ver, alumno Cayuela. ¿No fue ayer el día del maestro? Además, ¿necesitabas tanta palabrería para agradecer y callarte? 

—Sí, pero es que ayer tuve un día complicado con mis hijos, sus clases, las tareas domésticas y mil y un asuntos que estallaron uno tras otro, en esos raros días que se conjuga la energía y todo sucede en 24 horas.

—¿A tu edad y con excusas?

—Ya. Cierto.

—Debería, pero no te mandaré al rincón con orejas de burro. Eso sí, recuerda: 15 de mayo no es lo mismo que 16 de mayo. Cero no es lo mismo que menos cero y dos más dos no son cinco, salvo en 1984de Orwell.

—Anotado. 

Diario de la peste (46). Mandelstam, otro trece de mayo

  • para Víctor Gayol

En noviembre de 1933, Ósip Mandelstam recita de memoria un epigrama sobre Stalin en una reunión familiar. El 13 de mayo de 1934, es detenido por la policía secreta. La orden de detención es firmada por el propio Yagoda, jefe de la NKVD. El poema había sido leído en el curso de una velada en el minúsculo apartamento que ocupaba en Moscú, junto a su mujer Nadiezhda Mandelstam, tras años de una existencia paupérrima y errante. Era una reunión íntima, con su cuñado Evgueni, su hermano Alexander, tres amigos de toda la vida y Anna Ajmátova, su hermana de letras desde los años locos del acmeísmo y del Perro vagabundo, el café-teatro donde se daban citas los jóvenes poetas de San Petersburgo. Podemos imaginar la zozobra de los asistentes, sus evasivas miradas ante la voz musical de Mandelstam recitando:

Vivimos sin sentir el país a nuestros pies,

nuestras palabras no se escuchan a diez pasos.

La más breve de las pláticas

gravita, quejosa, al montañés del Kremlin.

[…]

Sus bigotes de cucaracha parecen reír

y relumbran las cañas de sus botas.

[…]

Uno silba, otro maúlla, aquel gime, el otro llora;

sólo él campea tonante y los tutea.

[…]

Toda ejecución es para él un festejo

que alegra su amplio pecho de oseta.

¿Un simple desahogo doméstico sin alcance ninguno, salvo preservar la dignidad ante los cercanos? ¿La primera chispa de un incendio, esperando que el poema corriera anónimo por las calles de Moscú? ¿O fue más bien una suerte de suicidio en dos tiempos, ante el derrumbe de todas las viejas certezas? Imposible saberlo. Recomiendo este análisis de José Manuel Prieto (cuya traducción utilizo), que le publiqué en Letras Libres.

El problema para Mandelstam no era ya la desaparición de todo lo que le daba sentido a la vida intelectual: los cafés, las tertulias, las revistas, los diarios y las editoriales, la libertad de crítica y de cátedra, y el tejido de trabajos, premios y reputaciones que de ello se desprendían. Ni siquiera la ruda imposición de un credo artístico oficial, el “realismo socialista”, y la censura preventiva de cualquier texto fuera de los moldes oficiales. Mandelstam lleva sin publicar más de un lustro, proscrito de todos los medios, y apenas ha dejado atrás una sequía poética que lo persigue desde mediados de los años veinte. Su feroz independencia, su incapacidad de callar, lo tienen atormentado ante lo que ve. Ahora el problema ha subido de escala: condenas por cualquier bagatela, campos de trabajos forzados, ejecuciones sumarias. Todo, bajo una atmósfera envenenada de recelo y delaciones, ecosistema tóxico en el que aprenden a medrar los bardos oficiales, favoritos del “zar rojo”, quienes no por eso dejan tampoco de estar en peligro.

Tras varios días de torturas, aislamiento, amenazas, el juez instructor (que luego sería represaliado también) le informa de que ha sido acusado y condenado por un delito de odio contra líder supremo de la Unión Soviética a tres años de cárcel. Y de manera teatral le lee una transcripción del poema en su primera versión (Mandelstam lo había rescrito suprimiéndole un verso particularmente duro: “asesino y devorador de mujiks”). ¿Quién de sus amigos lo traicionó, memorizó el poema, lo anotó cuidadosamente y fue a denunciarlo a la policía? Imposible saberlo. Los interrogatorios, el durísimo traslado, la reclusión en Cherdyn, convertida en una ciudad prisión al pie de los Urales, le rompen el ya por entonces frágil equilibrio mental e intenta suicidarse. Tiene delirios, arrastra todo tipo de dolencias cardiacas, sufre de insomnio. Su vida corre peligro.

            Su mujer y Ajmátova acuden a todas las puertas, mueven hilos, suplican. Al final consiguen dos avales: de Nikolái Bujarin (poco después, condenado a muerte como otras figuras clave del politburó en el inicio de las purgas estalinistas) y de Boris Pasternak (represaliado en los cincuentas por publicar en el extranjero su célebre novela). Tras la intervención de Bujarin y Pasternak ante Stalin (condenado post mortem por sus “excesos” en las resoluciones secretas del XX congreso del PCUS de 1956), la pena de cárcel se permuta por tres años de exilio interior, al que además le permiten ir acompañado de su mujer. “Aislarlo, pero protegerlo”, decía la nota manuscrita que sella su destino. Les dan a escoger una ciudad, descartadas eso sí, las más grandes. Eligen Vorónezh, a orillas del Don y a menos de seiscientos kilómetros al sur de Moscú.

La pena, benévola en extremo, no les ahorra dolencias. No conocen a nadie, no tienen dinero, todos los trabajos dependen del Estado y ellos son unos proscritos. Sobreviven en cuchitriles minúsculos, sin intimidad ni reposo, sin libros, con la obligación de presentarse cada tercer día en la policía a sellar su pasaporte de residente en la helada ciudad a orillas del Don. Aun así, se las ingenian para sobrevivir. Sus necesidades son mínimas: té, tabaco y una despensa. Todos sus bienes y enseres domésticos caben en una maleta. La poesía vuelve, milagrosa. Anna Ajmátova los visita y escribe un poema en recuerdo de la estancia con su alma gemela. Termina así:

En la habitación del poeta prohibido

montan guardia la musa y el temor,

la noche cae

sin la esperanza de la aurora.

Es en ese clima de desesperación que hay que entender el segundo poema dedicado a Stalin. Esta vez, una oda, con todos los elogios y modismos de rigor, que compone con la esperanza de ser rehabilitado. Al terminar los tres años de exilio, regresan a Moscú donde descubren que fue en vano. 1937. No tienen permiso de vivir en la ciudad, su departamento ha sido ocupado y no son recibidos por la Unión de Escritores, la única instancia que podría rehabilitarlo. Sigue siendo un apestado. Sobreviven como mendigos en los alrededores de Moscú. Viajan a San Petersburgo para despedirse del padre de él, de su adorada sobrina (que moriría de tuberculosis en el cerco de la ciudad por los nazis) y de Ajmátova. Ella también está al borde del abismo. Su hijo será detenido en 1938 (como ya lo ha sido su exmarido), condenado al gulag, del que sería liberado solo tras la muerte de Stalin. De ese dolor saldrá su inmortal Réquiem.

El cerco se cierra. El 2 de mayo de 1938, cuatro años después de su primer arresto, es detenido de nuevo y condenado a un campo de trabajos forzados en Siberia. Muere de un infarto en un campo de traslado en las cercanías de Vladivostok.

Ósip Mandelstam nació en Varsovia en 1891, cuando Polonia pertenecía al Imperio Ruso. Enamoradizo, teatral, con un don innato para la música y el lenguaje, traductor del alemán (estudió en Heidelberg) y del francés (estudió en La Sorbona), Mandelstam fue niño prodigio que desde su primer libro (La piedra, 1913) pasó a formar parte del canon de la poesía rusa. Mandelstam pensaba que Occidente se sustentaba en el Mediterráneo, en las bodas entre el cristianismo y el imperio romano, y de ahí su interés por Armenia, comunicada por el mar Negro con ese mundo, caldero de la humanidad. Judío apóstata, de padre comerciante y madre maestra de piano, se bautizó para entrar a la universidad de San Petersburgo. Amante de Italia como epicentro de la cultura y de Dante como corazón de la poesía (escribió un libro sobre la Divina comedia, que recitaba de memoria), fue un poeta cuya vida quedó cifrada entre un epigrama y una oda. 

Efectivamente: “Toda ejecución es para él un festejo”.

P.D. La vida literaria de Rusia fue destruida por la revolución, que sólo produjo un rastro de cenizas. Pienso en los azorados diarios de Ivan Bunin antes de exiliarse; en las memorias de los condenados que lograron sobrevivir para contarlo (Un mundo apartede Gustaw Herling, Relatos de Kolimáde Várlam Shalámov, El archipiélago Gulagde Alexander Solzhenitzyn); en los libros permitidos y luego condenados (La caballería rojade Isaak Bábel,El maestro y Margaritade Mijaíl Bulgakov, la poesía vanguardista de Vladimir Mayakovski); en los clásicos que debieron publicarse en el extranjero (Doctor Zhivagode Boris Pasternak, Vida y destinode Vasili Grossman) y en los libros que se publicaron décadas después, como el Réquiemde Ajmátova o los “cuadernos poéticos” de Ósip Mandelstam. De este corpus del dolor y la resistencia, no conocía las memorias de Nadiezhda Mandelstam, Contra toda esperanza, que he leído en estos días de confinamiento y con las que podido reconstruir los últimos años de la vida de su marido. Para un tirano de acero, una mujer de hierro. Qué vida. Qué talento. Qué perseverancia contra toda lógica. Ella misma merecería una entrada independiente de este blog. Espero volver al tema.

Diario de la peste (45). Entonces, ¿por qué?

Pero si había tantas señales de alerta sobre el instinto antidemocrático de López Obrador, ¿por qué ganó? La gente que votó por él, es decir, la mitad de la población de México ¿es suicida o idiota? Obviamente, no. La respuesta es más compleja.

1. El descrédito inmenso en que terminó su gobierno Peña Nieto.

Las razones de ello son varias y se interconectan. La primera fue la desaparición en Iguala de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa. En las escuelas de comunicación se tendrá que estudiar este caso: cómo un crimen en un estado gobernado por la oposición, en un municipio gobernado por la oposición, pasó a convertirse en un crimen de Estado con Peña Nieto de responsable. Pese a que los postulados básicos de todos lo que han investigado a fondo el execrable crimen (PRG, equipo internacional de expertos y CNDH) convergen en que fue un asesinato cometido por narcotraficantes al amparo del poder policiaco municipal, el crimen funcionó de catarsis social ante tanto dolor acumulado por crímenes sin respuesta en un país convertido en un camposanto: 43 jóvenes, de origen humilde, muchos de ellos indígenas, en su primer año de estudios, soñando con ser maestros, masacrados en las calles de una ciudad y probablemente incinerados tras su asesinato. ¿Cómo procesar tanto espanto? Desde luego, el tema es mucho más complejo e incluye para mí una revisión a fondo del funcionamiento de esas escuelas, manejadas por el comité de estudiantes y secuestradas por la ideología más radical. Y también se necesita pensar cómo se insertan en el funcionamiento de un sistema educativo secuestrado a su vez por un sindicato corrupto cuyo único problema es el reto de la fracción sindical independiente, igualmente radical e impune. Los jóvenes fueron triples víctimas, en distintas escalas: de la pobreza absoluta de la sierra de Guerrero, del crimen organizado que suplanta al Estado en bastas regiones de ese estado (con la complicidad activa o tácita de todos), y además de la escuela, que los mandó a secuestrar autobuses a una ciudad a cien kilómetros de su sede.

En mitad del estupor y del duelo colectivo, se da la segunda razón: el tema de la “casa blanca”. Un reportaje impecable, que resiste los más exigentes parámetros periodísticos, del equipo de investigaciones especiales de Carmen Aristegui, demostró que el presidente en el poder tenía una casa a nombre de un contratista amigo, cuyo mal gusto y ostentación iban a la par de su dudoso origen. La respuesta al caso, además, se estudiará en el futuro en las escuelas de comunicación política, al mandar a su esposa justificar la propiedad una casa que no estaba a su nombre. La esposa, sin duda, tenía recursos suficientes para adquirir una propiedad de lujo como actriz de primera línea de la principal televisora de lengua española, como parte central del star systemde Televisa, pero el retorcido argumento de la inmobiliaria amiga, la compra a plazo sin dar enganche y toda la lógica argumentativa era deplorable e inverosímil, además de denotar una cobardía intolerable. Así, quedó grabado en el imaginario colectivo que el presidente de México (no su hermano o sus subalternos) era un hombre inescrupuloso, por decir lo menos. El rebote de ese asunto fue la sospechosa cancelación del tren bala a Querétaro, obra, esa sí, de infraestructura indispensable en México. La sombra de duda se extendió a muchas figuras emblemáticas de ese gobierno y a la nueva generación de priistas que había llegado al poder local junto a Peña Nieto al federal. Algunos casos, como el del gobernador de Veracruz, parecían ocultar una intolerable complicidad y red de intereses inaceptable. Era una escandalosa forma de gritar a los cuatro vientos: el PRI nunca va a cambiar.

En tercer lugar, la visita de Donald Trump. El entonces candidato estadounidense, que inició su trayectoria política insultando a los mexicanos con comentarios racistas, en lugar de ser expulsado de la política americana, como habría sucedido en cualquier otro momento, fue aupado por los medios. Al repetir, sin filtros, sus exabruptos, amenazaba con la cancelación del TLC con México, una herramienta de la política económica reconocida como indispensable por todos los actores políticos (triunfo no reconocido, por cierto, de las políticas de apertura comercial de De la Madrid y Salinas, padres del “neoliberalismo” económico según la neolengua que nos gobierna). De nuevo, el manejo mediático fue deplorable. La invitación en plena campaña tuvo un costo político gigantesco, pero el objetivo estratégico era correcto. De hecho, lograron convencer al demagogo de pelo naranja que Estados Unidos era más fuerte si respetaba la cadena de producción de Norteamérica, lo que incluía a su odiado vecino. Además, lograron una renegociación no tan lesiva, dándole certidumbre económica al presidente que ganara e incluso un margen en el valor del peso frente al dólar (la devaluación sucedió ante la incertidumbre).

Tres hechos distintos entre sí: de uno fue plenamente responsable, la casa; de otro, responsable por dejación, el crimen de Iguala, y del otro, responsable en el sentido weberiano. En los tres casos, Peña Nieto demostró que las palabras no estaban a su servicio y que más bien él era su prisionero. Para eso sirve la lectura recreativa, actividad que obviamente desconoce. Un presidente al que, si le quitabas los gestos políticos de la escuela priista del Estado de México (cortesía, formalismo, institucionalidad), aparecía desnudo de lenguaje, listo para ser crucificado en el México moderno, lleno de voces discordantes y medios independientes, logro de nuestra democracia.

2. El hechizo de las elecciones del Estado de México (2017), que condicionó la estrategia electoral del PRI.

El triunfo de Alfredo del Mazo dio la esperanza a su partido de que, pese a todas las encuestas y el clima de rechazo social, podían ganar, cuando para mí los resultados de esa elección mostraban justamente lo contrario. 

El Estado de México, su feudo y su refugio, un candidato respetable, toda la fuerza del Estado (legal y paralegal), un candidato de izquierda que le robaba por ese flanco a la candidata de Morena, la destrucción de la candidata panista y una candidata de Morena con todas las carencias de esa formación política… El candidato del PRD (ex alcalde de Ciudad Nezahualcóyotl) le quitó casi un millón de votos y el corredor panista, ante el derrumbe de su candidata, votó en el último segundo por el que adivinaron, correctamente, el mal menor. Y aun así, ganaron por un margen mínimo. 

Este resultado, además, casaba perfectamente con la lógica de las tres últimas elecciones federales, que se habían acabado polarizando entre dos opciones, en una suerte de segunda vuelta simultánea a la única elección. Pasó en el año 2000 entre Fox y Labastida, marginando a Cárdenas a un alejado tercer lugar; pasó, exacerbado, entre López Obrador y Calderón, marginando al PRI a un tercer grado, y pasó entre López Obrador y Peña Nieto, marginando a Vázquez Mota a un lamentable tercer lugar. 

Así, la estrategia estaba clara: evitar la alianza del PAN y el PRD, destruir al abanderado del PAN para forzar la polaridad entre López Obrador y el candidato del PRI y esperar a que el voto del miedo lograra mantenerlos en el poder. Agustín Basave, como presidente del PRD, entendió primero que nadie que el verdadero peligro de la salida del PRI era la regresión de Morena, e impulsó una alianza de su debilitado partido con el PAN. El desempeño de esta unión de opuestos obtuvo importantes logros a nivel estatal, lo que forzó la alianza federal. No habría fuga por la izquierda. Sin embargo, las bases perredistas no aceptaron esta lógica y votaron masivamente por López Obrador, no así por Morena en el Congreso.

Dados los nexos entre poder político y prensa en México, con el manejo faccioso de la publicidad, para el gobierno fue relativamente fácil destruir la reputación de Ricardo Anaya, con un caso que no resistía el más mínimo análisis jurídico. Esto fue otro bumerán, ya que, si todos eran iguales, entonces mejor votar por el diferente. Además, dinamitó todos los puentes de un acuerdo tácito de cualquier tipo para frenar a López Obrador. Anaya se radicalizó contra el PRI y anunció abiertamente su venganza si ganaba, lo que orilló a los corruptos en el poder a buscar a la desesperada un pacto con López Obrador que les garantizara impunidad tras dejar el poder.    

Para que el voto panista se inclinara a su favor necesitaban a un candidato intachable y lo encontraron. Una aguja en el pajar del PRI. Un técnico honesto, de profundas convicciones humanas, con una familia enraizada en la academia y la cultura mexicana. El problema de Meade era triple: nadie lo conocía, no tenía carisma y su perfil entrañaba el peligro de enajenar a las bases priistas, como al final sucedió.

Anaya, por su parte, logró consolidar una alianza fuerte a su alrededor, con el aval de pesos pesados de la política mexicana y un espectro ideológico amplio. Pero no supo conciliar a la familia panista. Fue torpe en su manejo de las legítimas aspiraciones de Margarita Zavala y usó la presidencia del partido para imponer su candidatura. Debió ir a elecciones internas, aun si las perdía. No puedes aspirar a ser presidente de México y tener miedo de perder en un primer escalón. Esto le abrió una fuga de votos inesperada de panistas enojados que ni con la ambigua renuncia de Zavala a su candidatura independiente, se cerró del todo.

3. Una campaña inteligente (e hipócrita) por parte de López Obrador.

López Obrador, por primera y única vez en su vida, aceptó cambiar. Se puso el traje de oveja y se limitó a repetir que la corrupción eran todos los males y que él no era corrupto (lo que es cierto en términos estrictamente crematísticos). Su campaña era simple y eficaz, recorrer por enésima vez los pueblos de México, trasmitiendo cercanía a los olvidados, mientras evitaba toda confrontación y todo debate de ideas; sus propuestas, demagógicas (no vivir en Los Pinos, vender el avión presidencial…), y enarbolaba un monotema: la honestidad. Además, como no tiene dudas de que el fin (su llegada al poder purificador) justifica todos los medios, aceptó la unión con marxista radicales (PT) y con evangelistas intrusivos (PES) sin dilemas morales.

Así, López Obrador recogió votos de las bases de izquierda del PRD, del voto duro del PRI (que dio libertad de acción a sus fieles ante el derrumbe de las últimas encuestas), de sus fieles seguidores (que en el 2012 demostraron ser numerosos y activos), del voto oculto de los evangelistas (que son millones), más de las amplias clases medias (desarrolladas en el periodo “neoliberal”),  enojadas con Peña y el cinismo priista pero acomplejada de votar por el PAN de Anaya. Pensaban que tenían algunas garantías: Urzúa y el TLC proyectaban certeza económica; Sánchez Cordero, diálogo político; la SCJN, constitucionalidad de las acciones del gobierno, y el INE, elecciones libres en el futuro. ¿Cuál era el miedo?

Y así llegó al poder López Obrador, enmascarado. Un enemigo de nuestra democracia y nuestras libertades, tanto por formación política (priismo centralizador y estatista tipo Echeverría con un escoramiento a la izquierda por la vulgata marxista aprendida en ciencias políticas y sus mitos: Cuba, Allende y demás), como por talante personal (narcisismo insatisfecho con profundas heridas en la adolescencia) y por creencias personales (conservador y evangelista). Su hijo más pequeño, sin ir más lejos, se llama Jesús Ernesto, por Cristo y por el Che. Pero esto último será tema de otra entrada.

Diario de la peste (44). Test de Turing

A oscuras por el mundo

—ciegos de luz obscena—

deletrean su espanto:

no soy un bot, apócope manco

no soy trol, hígado graso

no soy un trébol de cuatro arrobas.

Mudos de impotencia

gritan: “fuego, fuego”

en el gran teatro de los signos

escriben “al ladrón” 

en los muros sebosos 

de su zafia ortografía

(en su mundo binario

Ucello aún no descubre la perspectiva

por esos sus campanas replican 

verga con be de burro).

Son ecos vacíos, 

murmullos de silencio, 

esquirlas verbales,

sucesivos semáforos en rojo,

paralelas que se cruzan,

trolebús y trolebot,

en el coxis de la incongruencia.

Impávidos ante la redonda

circunstancia, asible, inexcusable

de una naranja y su círculo virtuoso

ajenos al regaliz y su tétrica dulzura

un arete arcaico y traslúcido

no germina en ellos ninguna semilla 

sólo flores de obsidiana:

su memorabilia erótica

es un orfeón de cortocircuitos.

Y todos los semestres

como fósiles universitarios 

—isótopos radiactivos de carbono catorce—

reprueban sistémicos 

el examen de Turing

Diario de la peste (43). Casandra

Me cansé de decirlo. A familiares, amigos, ex compañeros del trabajo. No voten por López Obrador. Odia nuestra democracia. Nos va a llevar a la ruina. Su plan económico es ridículo. Su plan político es peligroso. Y viceversa. “Graba mis palabras”, pedía como un poseso. “Aunque me quede manco injustamente, incluso el Bronco es mejor”, dije con certeza en más de una borrachera previa. Lógicamente no convencí a nadie. En las comidas con mis padres y hermanos, me pidieron que ya no hablara de política. Me tildaron de alarmista. “Meade y Anaya son infinitamente mejores opciones”, afirmé mil veces. Meade, la bondad personal y las capacidades profesionales. Anaya, la inteligencia y la alianza dispar que logró armar que garantizaba un gobierno de centro y amplio consenso democrático. Me acusaron de traidor a los valores con lo que me habían formado. En el ex trabajo fui el único de veintidós editores que no votó por él. ¡El único! Ahora, claro, alguno habrá que haya corregido su voto retrospectivamente, entre otros oportunos anacronismos. Muchos se acercaban con el guiño cómplice de los que piensan lo mismo. Padres de familia de la escuela de mis hijos, por ejemplo, donde cualquier otro candidato era anatema. Y salían despavoridos cuando escuchaban mis opiniones. 

En cenas de todo tipo proponía votaciones secretas (con urna transparente y escrutador sorteado) y López Obrador arrasaba. Con ex funcionarios de alto nivel, diplomáticos en activo, escritores consagrados, pequeños empresarios, profesionistas, se repetía el fenómeno. Los amigos extranjeros no entendían qué defendía. Las noticias son sólo las malas noticias y México era una anguila sanguinolenta en sus pantallas. Por el tipo de trabajo que tenía, no podía expresar en público mis posturas políticas, lo que exacerbaba mi malestar privado. Era el loco de la colina. En las semanas previas a las elecciones, con la victoria más que cantada, muchos amigos me evitaban. 

El primero de julio del 2018, en términos políticos, fue el día más feliz de decenas de mis seres queridos. Por fin había ganado la izquierda (?!) y eran testigos. Para mí fue una tragedia íntima. Nos iba a costar una generación volver a la línea de salida. Pensaba en mis hijos y me daba mucho coraje la ceguera voluntaria de la mayoría. ¿Qué no vieron? Con una agravante: no hay vacuna contra el virus del populismo. Por lo que una vez contagiado, se queda latente dentro del organismo social y, cuando bajan las defensas democráticas, vuelve a brotar. Muchas veces con la complicidad irresponsable de las elites. Es el herpes de la democracia. 

Esa noche, con el Zócalo lleno, pese a la lluvia, no podía compartir su alegría ni con una sana dosis de ironía. No era falta de empatía ni mal espíritu perdedor. En la democracia se gana y se pierde. Ninguna victoria es definitiva y ninguna derrota es para siempre. En la democracia. He ahí el detalle. Tampoco era falta de generosidad con mis afectos. Sentía malestar, pero también vergüenza futura por todos los que se irían bajando de ese barco pirata. ¿Por qué? Porque también sabía que esa clase media biempensante, sufridora, liberal en las costumbres y solidaria en lo económico, a la que pertenezco, iba a ser la gran perdedora del gobierno de López Obrador. En términos de seguridad, de libertades políticas, libertades civiles y situación económica. No imaginé, y ahí sí me ha sorprendido, el desprecio a la cultura, la ciencia, las organizaciones civiles afines y las universidades, cuatro de sus canteras naturales de votos. Pero me parece un detalle menor en un mapa de restauración autoritaria y regresión económica que estaba claramente trazado.  

Mi mujer era casi mi única aliada, pero no cuenta porque es española. Vaya en su descargo que a ella le pasó lo mismo con Podemos en su país. Fue la primera en verlo, decirlo y repetirlo. 

Fui una molesta Casandra para todos. Pero, no fue don profético. Fue simplemente seguir el camino de baldosas amarillas.

¿Qué me preocupaba antes de su victoria?

Su personalidad, incapaz de trabajar en grupo, reconocer un error, aceptar una derrota, debatir en buena lid. Coleccioné muchos testimonios directos de gente que ha trabajado con él o lo conoce bien y todos tenían, en corto, mil prevenciones y reservas. 

Su gobierno en la ciudad de México en cinco asuntos: transparencia (sigo esperando el costo final del Segundo Piso, por ejemplo); tolerancia (el ataque y burla de la “Marcha Blanca”), respeto a las leyes (saltarse bandos judiciales, por más discutibles que fueran) manejo mediático (sí, las odiosas mañaneras para dictar agenda y su obsesión por apoderarse del micrófono) y coordinación institucional (la fácil guerra sorda contra Fox).

Su trayectoria como líder opositor tras la derrota del 2006 (el bloqueo de Reforma, la mascarada de la presidencia legítima, la incapacidad para dejarle el paso a Ebrard, pese a los resultados de la encuesta interna del PRD en la previa al 2012).

La lectura de dos de sus libros. Fobaproa: expediente abiertoLa mafia nos robó la presidencia. Sus ideas económicas en el primero hubieran significado la bancarrota del país y, en el segundo, la construcción del mito del fraude del 2006, que tanto daño le ha hecho a nuestra frágil democracia. El fraude del fraude, pues.

Su visión de la historia patria, maniquea, con su panteón rebosante de héroes de bronce y villanos de paja, cercana al magma de la historia oficial salvo por la corrección de la vulgata marxista aprendida en ciencias políticas.

Su conservadurismo moral en temas clave de la izquierda en los que yo sigo creyendo, como la legalización de las drogas, la despenalización del aborto, la regulación de la eutanasia, la validez del matrimonio homosexual.

La ideología de Morena, que no se reconocía no como un partido más sino como un movimiento único, el tipo de dirigentes que tiene y atrae, el perfil resentido y vocinglero de sus militantes. El papel de los hijos de López Obrador en el control de Morena y la doble moral en su comportamiento.

Los aliados locales que se iban sumando a su proyecto, desde los cínicos (Manuel Bartlett), los ingenuos (Germán Martínez) y los peligrosos (Napoleón Gómez Urrutia).

Su evangelismo abierto, pastoral, disfrazado de un vago humanismo cristiano.

Su teodicea hidrocarbúrica, empeñada en demostrar la viabilidad de Pemex y otros misterios abismales. 

Su superioridad moral autodecretada y su papel de sumo purificador nacional.

Su rechazo al mundo exterior, su incapacidad para viajar, aprender idiomas, ver y disfrutar otras realidades. Su incapacidad para disfrutar una exposición, un concierto, una ópera, una novela. Su impostado pellicerismo de jardín botánico.

Su sonsonete monocorde para repetir sus virtudes (espejito, espejito) y su inventiva verbal para descalificador a sus adversarios. Y para sacar lo peor de sus partidarios. Bastaba darse un paseo por Twitter en la campaña (ahora está peor).

La nefasta familia política latinoamericana en la que quería inscribirse, con sus inmaduros castros, sus inmorales maduros, sus adánicos morales. 

Pero, en fin, no podía saberse.

Diario de la peste (42). Et voilà

Viajé a París a finales de junio del 2003 con la única finalidad de entrevistar a Jorge Semprún. No era algo tan extravagante como parece, ya que vivía en Madrid y trabajaba como director editorial de Letras Libres España. Un mundo extraño con vuelos baratos. Gracias a Guillermo Sheridan pude hospedarme de manera gratuita, así que aproveché esa suerte para llegar un día antes de mi cita y quedarme un par de noches adicionales. Al confirmar la entrevista por email me pidió estar puntual en su casa, en la célebre Rue de l’Université, a las once de la mañana. Llegué, por su puesto, con mucha antelación y recorrí distraídamente algunas manzanas alrededor de la casa. La calle parte de la torre Eiffel y recorre, paralela al Sena, casi tres kilómetros de la almendra de París, comunicando el séptimo distrito con el quinto, para desembocar en el corazón de Saint Germain des Près. Acerqué mi índice al timbre del departamento mirando fijamente la manecilla de mi reloj para pulsarlo exactamente las once de la mañana. Silencio sepulcral. Repetí la operación, con sangre fría, un par de veces. Luego, esperé un minuto. Y toqué de nuevo. Luego, a los tres minutos. Y nada. La portera no respondía. París, fiel a sus arquetipos. A las once y diez salió una vecina. La adrenalina hizo fluir mi francés, aprendido con disciplina, pero sin talento, en el IFAL de la calle Nazas. No sé por qué se apiadó de mí. Me explicó que Semprún ya no vivía ahí hacía varios años. Me dijo, en un susurro gutural, que se habían mudado en la misma calle. Y me dio el nuevo número. Habían sido amigos como vecinos, pero ya no se veían. 

¿Por qué llevaba mal la dirección? Muy simple: cuando hablé a Tusquets, sus editores, para confirmar la dirección que teníamos en la revista, me dictaron la calle y el número por teléfono con la amistad y cortesía de siempre. Y al cotejarlo con el directorio de la revista (heredado del viejo directorio de Vuelta) no me percaté de la discrepancia en el número, pues coincidía el nombre de la calle. La nueva casa de Semprún estaba a más de doscientos números de distancia. Ahí aprendí que eso en París puede significar varios kilómetros. Al recorrer la primera cuadra y no avanzar la numeración más que en tres números empecé a preocuparme. Había tráfico y muchos semáforos rojos, así que tomar un taxi sería contraproducente. Y un tanto ridículo. Así que: piernas, para qué las quiero. No disfruté la belleza de la calle, ni los jardines de la Asamblea Nacional, ni los coquetos comercios, ni las olorosas panaderías que se sucedían a mi trote veloz. A las once y treinta y cinco toqué en casa de Semprún. Din-don. 

Me abrió él mismo la puerta de su departamento. Su célebre mirada de hierro traspasó mi lóbulo ocular y me redujo a la calidad de intruso. Por fin entendí a los testigos de Jehová. Tengo la suerte de no sudar y de no sufrir estrés en casi ninguna situación. Mi saquito de Zara, que me puse en las escaleras, disimulaba bien las inéditas galaxias de mi sobaco, pero la cara literalmente goteaba. Tenía delante al nieto de Antonio Maura (presidente del consejo de ministro con Alfonso XIII), al sobrino de Miguel Maura (figura clave de la segunda república desde el bando conservador), al alumno del Liceo Henry IV en su exilio parisino, al resistente que soportó la tortura de la Gestapo al ser detenido, al deportado en Buchenwald, al militante comunista clandestino en la España de Franco, al ex ministro de cultura de Felipe González, al guionista de Alain Resnais y Costa-Gavras, al autor de El largo viajeAutobiografía de Federico Sánchez. Un gigante de la cultura europea, un viejo amigo de Octavio Paz, un león disfrazado de león que aguardaba una palabra mía para decidir si me arrancaba la cabeza de un mordisco o dos.

—Perdona, Jorge, necesito pasar a tu baño un segundo antes de empezar la entrevista. ¿Dónde es?

Al menos, estaba ya dentro. Coloqué a buen resguardo la libreta, la grabadora y el libro que quería que me dedicara. Sólo faltaba que se mojaran. Me lavé las manos y la cara pausadamente. Frente al espejo del baño no pensé en La filosofía del tocadorde Sade. Y me repetí en silencio una frase que parecía extraída de un manual de autoayuda: “Tú puedes, Ricardo.”

La conversación, por supuesto, empezó tensa. Me advirtió que le quedaba poco tiempo. Después, todo fluyó. Había leído sus libros, así que estaba preparado. Logré una larga y pausada entrevista que se publicó en el número de septiembre de 2003 de Letras Libres dedicado a la naturaleza del mal. Pero siempre sentí que le faltaba algo a la introducción. Et voilà.

Posdata para el confinamiento:

En esa charla me dijo algo que ya había plasmado en La escritura o la vida:que el momento más intenso de su vida lo había pasado los domingos por la tarde en las letrinas de los barracones del campo de concentración. En este insólito lugar, contraviniendo las normas, se reunían los presos políticos españoles. Su existencia era frágil e insoportable y no podían hacer nada para cambiar esa realidad si querían sobrevivir. Ahí, en el único momento de descanso de la semana, en lugar de ahorrar energía en los camastros colectivos, se reunían a recitar las viejas canciones y los romances que había aprendido en la infancia y que se sabían de memoria. También poemas de Vallejo y Machado. Mirándome a los ojos, otra vez, con una fuerza y una profundidad como no he encontrado en otra mirada, sentenció: “La literatura me permitió escapar del infierno. La literatura me salvó la vida”.

Diario de la peste (41). Otro 4 de mayo.

Pablo Soler Frost, con 17 años, es el gigante intelectual de la preparatoria del Instituto Luis Vives, y no sólo por ser el mayor: ha ganado el concurso de cuento de las prepas incorporadas a la UNAM, tiene ya un libro publicado (De batallas), dictó una conferencia sobre los poetas malditos en el salón del vitral, junto a Federico Bonasso y Alberto López Fernández, y habla alemán, inglés y catalán. Ahora pontifica, genial, sobre Cien años de soledad, que, por supuesto, ya ha leído. ¡Y lo desprecia! Es el único de todo el grupo de amigos que está con los ingleses en las guerras de Las Malvinas. Es amigo mío incomprensiblemente: tengo 13 años, voy en segundo de secundaria, me apasionan las matemáticas y mi único talento en sintonía es un catalán familiar más que desdibujado. Aunque sé que son ridículas leyendas sin sustento, me obsesiona quedarme calvo o que la mano derecha se me acalambre. 

Tengo que leer ese libro, pese al consejo familiar de posponerlo hasta los quince. Me urge discutirlo, glosarlo, regurgitarlo en el patio de la escuela. 

Anoto con mi letra aún infantil en una esquina del libro (quinta edición, Sudamericana): “Ricardo Cayuela Gally, 4 de mayo de 1982.”

Capítulo primero. Noche de insomnio y fuego: un gitano vende hielo. Ya nada será igual.

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Confieso que no he vuelto a leer Cien años de soledad desde aquella primera y única vez en la temprana adolescencia. Tengo recuerdos míticos, seguramente ya mezclados con vivencias y lecturas conexas de todo tipo, y no quiero enfrentarme de nuevo a esa saga familiar y salir decepcionado, como tristemente me pasó con Rayuela. Quiero proteger al puberto marisabidillo y odioso que era (¿era?) en esa época.

Diario de la peste (40). Klemperer y la LTI.

Victor Klemperer vivió en cuatro eras geológicas distintas: nació en el imperio de Guillermo II, donde se formó como doctor en letras francesas, etapa que terminó como voluntario en las trincheras de la primera guerra mundial; trabajó como profesor de universidad en Dresde, su ciudad de adopción, durante la república de Weimar; sobrevivió al nazismo y murió como ciudadano de la República Democrática Alemana.

Judío de una familia liberal no creyente, Klemperer sufrió la humillación de las leyes de Núremberg, incluida la pérdida de su cátedra de doctor en letras, y fue confinado a una “casa de judíos”, pero evitó la deportación y la muerte por ser veterano de la primera guerra y estar casado con una alemana “aria” que no lo repudió (como hizo la mayoría). Se obligó, con inteligencia premonitoria, a llevar un diario clandestino desde el inicio del gobierno de Hitler, en febrero de 1933 hasta la capitulación alemana en mayo de 1945. Ese diario constituye, junto con las memorias del crítico literario Marcelo Reich-Ranicki y los diarios del dramaturgo rumano Mihail Sebastian, el mejor testimonio de la degradación del espíritu alemán y la concatenación de cobardía y fanatismo colectivos que precipitaron a Europa en la era de las tinieblas.

Los diarios de Klemperer incluyen muchas áreas de interés, desde la frívola fascinación que sentía por su automóvil hasta las profundas reflexiones como intérprete de la literatura francesa de la Ilustración. Notables, por su sinceridad, son las desavenencias matrimoniales con Eva, su admirable mujer, que le salvó la vida por el simple hecho de seguir considerándolo un ser humano tras la proclamación de las leyes que designaban a los judíos como una raza inferior o subhumana y, por lo tanto, un peligro para el pueblo alemán y su pureza de sangre. Particular interés tienen los sucesivos desencantos que enfrenta la pareja con los colegas de la universidad, los amigos e incluso el hijo de adopción; todos, contagiados de la peste parda, por intoxicación voluntaria o por miedo. Las degradaciones se van ampliando día a día y todo queda registrado. El primer e inexplicable rechazo editorial, la expulsión de las aulas, la vergüenza del primer día con la estrella de David en la solapa, las vejaciones en el transporte y la vía públicos, la extenuación del trabajo físico en una fábrica de cerillos y la lucha rabiosa por un mendrugo ante los estragos del hambre.

Su supervivencia está asociada a unos de los ignorados crímenes de la guerra, por haber sido cometido por los aliados, sobre los que escribió W.G. Sebald sin victimismo en La destrucción de todas las cosas. El 13 de febrero de 1945, Klemperer recibió la temible orden de presentarse al día siguiente para su “reubicación”. Ante la cercanía del frente ruso, las autoridades habían decidido cerrar la ultima “casa de los judíos” y liquidar a sus habitantes, últimos sobrevivientes de la próspera comunidad judía de Dresde antes de la guerra. Pero esa noche empezó el bombardeo de Dresde por los americanos (de día) y los ingleses (de noche) que por durante días seguidos redujeron a cenizas la ciudad sajona, asesinaron a miles de civiles y destruyeron la “Florencia del Elba”, con una justificación militar discutible. En el caos, Eva y Victor Klempeler lograron huir, falsificar sus papeles y confundirse en el río humano de refugiados para llegar con vida a la capitulación alemana y el fin de la guerra.   

Pero dentro de los diarios de Klemperer, un tema recurrente es la preocupación por el lenguaje y el poder, la perversión del lenguaje en el Tercer Reich. Con la mirada entrenada de un experto filólogo, conocedor como pocos de los matices y vericuetos de la lengua alemana, Klemperer registró los usos idiomáticos del poder nazi y cómo las viejas palabras se van transformando hasta convertirse en una neolengua. El propio Klemperer extrajo estos pasajes, les dio forma y pulió para convertirlos en un libro autónomo, publicado en el lado alemán bajo ocupación soviética en 1946. Al año siguiente, cayó la censura sobre el bloque del este y el libro pasó desapercibido por lustros, hasta la muerte de Klemperer en 1960 y su redescubrimiento por Alemania Federal, primero, y por el resto de Europa, después. En español está publicado por Minúscula y lo he logrado volver a leer completo en estos días.

El título es LTI. La lengua del Tercer Reich. “LTI” es el título que usaba el propio Klemperer para ocultar estos pasajes, entre sus escasos papeles, de la mirada de los curiosos en las habitaciones colectivas de la “casa de los judíos” y de las intempestivas y violentas revisiones de la Gestapo. LTI es la sigla en latín de Lingua Tertii Imperii

El mérito del libro es mayor si consideramos que no disponía de acceso a materiales de ningún tipo (aun así se las ingenia para revisar periódicos, robar novelas populares, himnos y canciones militares, libros de texto infantiles…); que escribía sus apuntes robándole horas al descanso tras horas de pie de trabajo esclavo en una fábrica (acabó la guerra con 64 años), y que de haber sido descubierto le habrían costado la vida.

Imposible resumir aquí todos los hallazgos de Klemperer. Me limito a señalar algunas de las líneas de transformación-perversión de la lengua alemana bajo la dictadura nazi:

– El uso y abuso del insulto para referirse a los opositores, la comunidad judía, los enemigos en la guerra.

– La inflamación de los adjetivos calificativos (todo era histórico e inmortal).

– La transformación de la palabra “fanático” en una virtud, cuando fue una palabra francesa que nació para repudiar a las personas incapaces de razonar.

– El uso del eufemismo para disimular las derrotas en el frente y las claves para entender el campo de signo en la guerra tras la derrota en Stalingrado.

– El uso de la tipografía gótica para realzar la germanidad.

– El cambio en los obituarios para relegar las fórmulas cristianas por el dogma nazi.

– Los superlativos para referirse a Hitler y sus esbirros.

– Las metáforas deportivas para fanfarronear de las rápidas victorias al principio de la guerra.

– La invasión de la lengua del Tercer Reich incluso en los ámbitos más ajenos, como el farmacéutico, el químico o el botánico.

– Las fórmulas biológicas para despreciar a los judíos.

– El abuso de las palabras héroe y heroico, que pasaron a significar, conforme los frentes se acercaban a Alemania, “muerto en combate” y “retirada”, respectivamente.

El libro también es un estudio de la credulidad humana y cómo la gente de verdad se intoxicó con estas palabras y cómo muchos, huyendo, rotas los frentes de guerra, aún esperaban que el 20 de abril de 1945, a doce días de la capitulación, por ser el cumpleaños del führer, la guerra daría un vuelco.

El libro, por ejemplo, explica cuándo reapareció el término “campo de concentración” que se había escuchado brevemente durante la guerra anglo-bóer a principios del siglo XX, cuando Klemperer era un niño. Entrada del 29 de octubre de 1933:

Y ahora reaparece de golpe y designa una institución alemana, una institución de tiempos de paz, dirigida sobre suelo europeo contra alemanes, una institución duradera y no una medida bélica provisional contra los enemigos. Creo que, en el futuro, cuando se pronuncie la palabra “campo de concentración”, se pensará en la Alemania de Hitler, única y exclusivamente en la Alemania de Hitler.

Los diarios son una historia del antisemitismo europeo, sus orígenes religiosos, su transformación política y el lugar central, único, que ocupaba en la “cosmovisión” (otra palabra de la que se burla Klemperer y que atribuye a los nazis su uso en las discusiones filosóficas) del nazismo:

Cuando se nombra a los odiados “judíos del Kremlin”, Trotski y Litvinov, se hablaba de Trotski-Bronstein y Litvitov-Finkelstein. Cuando se nombraba a Laguardia, el odiado alcalde de Nueva York, siempre se decía “el judío Laguardia.

Para las masas alemanas, antisemitismo y doctrina de la raza son sinónimos. Y la doctrina racial científica –o, más bien, seudocientífica– fundamenta y justifica todos los excesos y pretensiones de la soberbia nacionalsocialista, toda conquista, toda tiranía, toda crueldad y toda matanza.

El judío es el hombre más importante en el Estado de Hitler: es la cabeza de turco y el chivo expiatorio, el adversario más popular, el común denominador más evidente, el paréntesis más sólido en torno a los factores más diversos.

A las ciudades se les agregaba una frase con la finalidad de definir una peculiaridad. Así: “Múnich, ciudad del Movimiento” y “Núremberg, ciudad de los congresos del partido”.  

Además, recoge muchas supersticiones (Dresde no será bombardeada porque unos moradores vieron en las nubes la figura de Federico, el Grande) y estudia cómo la lengua alemana se vuelve una lengua de la fe:

—No es cuestión de entender, hay que creer. El Führer no cederá. El Führer no puede ser derrotado y siempre ha encontrado un camino cuando otros creían que no había salida […]. Yo creo en el Führer.

Establece el vínculo entre romanticismo alemán y nazismo: “La terrible acusación se mantiene con razón, a pesar de todos los valores creados por el romanticismo […] La característica determinante de la corriente espiritual más alemana se llama: ausencia de límites”.

Y aquí paro, el libro es infinito. Y perturbadora su vigencia. Orwell supo de la lengua y el horror político. ¿Qué otra cosa es 1984, si no? Mas aún si se piensa que detrás de la lengua se enmascaran las enfermas personas que la crearon.

(Guardando todas las proporciones, ¿quién sería el filólogo que esté llevando la cuenta de las palabras de la Cuarta Transformación, su líder verborreico y sus cotorras acomodaticias? Le regalo el título: LQT. La lengua de la Cuarta Transformación. Lingua Quartae Transformationis, si no he olvidado mis lecciones de latín de la carrera.)

Diario de la peste (39). Los fieles

Es necesario ser desconfiados con quienes buscan convencernos con instrumentos distintos de la razón, es decir, de los líderes carismáticos: debemos ser cautos al delegar en otros nuestros juicios y nuestra voluntad. Ya que es difícil distinguir los profetas verdaderos de los falsos, mejor sospechar de todos los profetas; es mejor renunciar a las verdades reveladas, aunque nos exalten por su simplicidad y su esplendor, aunque las encontremos cómodas porque se adquieren gratis. Es mejor concentrarse en otras verdades más modestas y menos fáciles, aquellas que se conquistan fatigosamente, de a poco y sin atajos, con el estudio, la discusión y el razonamiento y que pueden ser verificadas y demostradas.

La cita es de Primo Levi, en el epílogo que escribió en 1976 para Si esto es un hombre. Levi es, para mí, el escritor más importante del siglo XX. Dejó testimonio del crimen más horrendo que la humanidad ha perpetrado contra sí misma y lo hizo desde la mejor estrategia literaria posible: no adornar el horror, narrarlo desde la óptica del científico que era.

No basta leer Si esto es un hombrepara entender toda la maquinaria que hizo posible la solución final, el eufemismo con que los nazis enmascararon el exterminio de los judíos europeos (seis millones de seres humanos, incluidos millón y medio de niños). Pero basta este libro para entender el mecanismo de obediencia debida de los funcionarios, militares y miembros del partido y la ceguera voluntaria de la sociedad que hizo posible los delirios maniacos de un artista fracasado y su corte de los milagros.

Si esto es un hombrefue rechazado en la inmediata posguerra. Y publicado marginalmente, sin éxito ninguno. Europa quizá necesitaba olvidar para poder reconstruirse, pero cuando lo publicó de nuevo Einaudi, en 1958, se volvió una referencia obligada. En los setenta el verdadero miedo de Levi es que no se entendiera que esa experiencia la cometieron seres humanos comunes y corrientes y que podía repetirse, revestida de otros ropajes:

Es necesario recordar que estos fieles, y entre éstos, los diligentes ejecutores de órdenes inhumanas, no eran esbirros de nacimiento, no eran (salvo pocas excepciones) monstruos: eran hombres comunes. Los monstruos existen, pero son demasiados pocos para ser verdaderamente peligrosos; son más peligrosos los hombres comunes, los funcionarios dispuestos a creer y a obedecer sin discutir…

Por ello, dedicó parte de su tiempo y esfuerzo a presentarse ante diversos auditorios a contar su historia y alertar al mundo de las posibles metamorfosis del discurso fascista en Europa y en el mundo, cómo detectarlo y combatirlo. La desesperación por que la gente entendiera los mecanismos del mal es especialmente patente en su último libro, Los hundidos y los salvados. Un año después, se arrojaba por el hueco de las escaleras de su casa en Turín. Cómo se extraña su voz, serena y firme, sin odio, pero también sin perdón, en estos días. Estas fueron sus últimas palabras escritas:

Debe quedar bien claro que los responsables, en grado menor o mayor, fueron todos [los miembros del partido nazi], pero que detrás de su responsabilidad está la de la gran mayoría de alemanes, que al principio aceptaron, por pereza mental, por cálculo miope, por estupidez, por orgullo nacional, las ‘grandes palabras’ del cabo Hitler, lo siguieron mientras la fortuna y la falta de escrúpulos lo favoreció, fueron arrollados por su caída, se afligieron por los lutos, la miseria y el remordimiento, y fueron rehabilitados pocos años más tarde por un juego político vergonzoso.

Diario de la peste (38). Flores en Palacio Nacional

Hoy planté en los jardines de Palacio Nacional, soleado día de abril, casi mayo, tres árboles-flor: un flamboyán, un maculí y un guayacán. Árboles con un agudo sentido político. También una grave ceiba y palmas reales, no conservadoras. No tengo mucho que hacer, de momento. La iniciativa para que coincida el revocatorio con las elecciones federales ya está en el Congreso. Lo mismo la que me otorga, modestamente, el control del presupuesto. Ahora, como dice Arturo Farela, mi evangélico de cabecera, plantar y esperar. Estas maravillas del trópico florecen tras diez, doce, quince años de arduos cuidados. Aquí quizá tardarán más. Estoy contra la reelección. Dios mediante, como dice el padre Solalinde, espero verlos prosperar. Y recuerden a Carlos Pellicer, el poeta de las flores:

… en el clarísimo jardín de abril y mayo

todo se ve de frente y nada de soslayo.