Diario de la peste (54). Mexicanic

El iceberg es visible a simple vista desde la borda. En pleno Grijalva.

Efectos del cambio climático, murmuran irónicos los pasajeros de primera clase mientras bridan con champán. Sus choferes mantienen a punto la flota de motos acuáticas que acompaña el transatlántico. Por si las moscas. Los chalecos salvavidas enmohecen en sus vitrinas, junto a trofeos de caza, copas de polo y capas de polvo.

El paisaje parece un esmerado trabajo escolar sobre el fin de la era industrial: chimeneas de combustóleo, peces muertos en gárgaras de chapopote, grandes estructuras de chatarra visibles a dos leguas de distancia.   

Los camerinos de segunda clase, de tiempo compartido, son la voz del desconcierto. A los científicos, artistas y deportistas se les han decomisado sus instrumentos, incinerados en la caldera para aumentar la presión de los pistones. Les prometieron unas vacaciones idílicas. Algunos aún conservan nitrogenadas sus lágrimas de cocodrilo. Votaron por la Isla del tesoro, pero el servicio de cine a bordo sólo les ofrece El corazón de las tinieblasen su versión remasterizada, Apocalypse Now.

En los camerinos de tercera hace mucho que no se sabe si es de día o de noche. La fiesta es inolvidable. No hay casi bebida ni comida (sotol, arroz y frijoles, tortillas no transgénicas), pero les han prometido que podrán ocupar los camerinos de cubierta cuando lleguen a Progreso. Sólo deberán presentar su tarjeta de bienestar. También les piden votar, a mano alzada, por el Futuro, nuevo nombre de la nave.

En los calabozos, amablemente esposados en la sentina, los polizones centroamericanos se conforman con las homilías del padre Luna como alimento material y espiritual. Su felicidad transciende fronteras, escala muros, trepa bardas y se desborda. 

El capitán mantiene firme el timón, en obstinación psicopática. Sus corifeos le ríen las gracias desde primera hora de la mañana. Piloto, maestre y contramaestre son fieles compañeros de viaje. El iceberg es un imán que los atrae. No lo imaginan habitado de extranjerizantes sirenas, pero sí de rubicundos manatíes. Su destino es cruel. Como iban dispuestos a perderse, los manatíes, cerdos de los manglares, no chillaron para ellos. 

Los marineros, viejos lobos de mar, fueron astutamente sustituidos por jóvenes marinos. Una pérdida de letras mínima como para armar un escándalo. Conforman un rebaño undívago de cuernos de chivo. Para distraerse cazan albatros, grandes aves del mar, cuyo pico simula una urna rellena de plancton y camaroncitos. Los comisarios ribereños practican con metódica maestría convertir nudos marineros en sogas de ahorcar a la medida.

A las voces de alerta de capitanía de puerto responde con un graznido de ganso cansado y ordena acelerar la marcha. El iceberg parece un cuento de Hemingway. La orquesta, cuyos instrumentos han ardido también, canta a capela viriles himnos. 

El hielo corta el casco como si fuera de papel. Un Everest de granizo se precipita sobre cubierta. La línea de crujía, imaginaria, cruje de verdad. Todas las palabras se humedecen: proa, aletas, amuras. El agua alcanza la verga de los mástiles. El Mexicanic se hunde. 

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