Diario de la peste (52). Serguei Dovlátov

Descubrí a Serguei Dovlátov por sugerencia de Alberto Barrera. Me dijo que tenía que leer a un autor ruso desconocido: “Bebía vodka a toneles, escupía sarcasmo por la boca y odiaba a los bolcheviques”. Música para mis oídos. 

La vida de Serguei Dovlátov fue complicada, como la de casi todos sus connacionales, y acabó abruptamente justo antes de cumplir los cincuenta, cuando parecía que por fin se abría el horizonte. De la antigua ciudad fortaleza de Ufá, en los montes Urales, al barrio ruso de Queens en Nueva York, una vida marcada por la rebeldía y la vocación creativa.

Sus padres alcanzan a ser evacuados de Leningrado en agosto de 1941, justo antes de que se cierre el cerco nazi que condenará a la otrora noble ciudad de San Petersburgo a tres años de hambre. La madre, de origen armenio, está embarazada de siete meses; el padre, de origen judío, consigue ser reasignado en la industria pesada de Ufá, donde nace Dovlátov, en septiembre de ese año. Tras la muerte de Stalin, consiguen regresar a su ciudad. Ahí transcurre su adolescencia y primera juventud, marcada por la inconformidad, que se salda con su expulsión de la universidad y varias visitas a la cárcel. Empieza a escribir relatos breves en los descansos del severo régimen de servicio militar. Tres años de recluta obligado con la ingrata tarea de ser custodio de un centro de prisioneros políticos. Otra forma de condena. El “universo concentracionario” (en definición de David Rousset) soviético siguió funcionando con Brézhnev, aunque a otra escala que bajo Stalin. 

Al regreso, es readmitido en la universidad, donde termina su carrera de periodismo y de finés. Gracias a la protección de Vera Panova, consigue entrar como reportero en el periódico oficial de Tallin, en la república báltica de Estonia. Tras dos años de accidentada vida de reportero, es expulsado del gremio de periodistas de la Unión Soviética, quedando de facto inhabilitado. Consigue emigrar en 1979 a Estados Unidos y se instala en Queens, donde sobrevive trabajando para los diarios de la comunidad rusa, hasta que logra establecerse como escritor gracias al aval de Joseph Brodsky, amigo de los años universitarios y de célebres parrandas. Los relatos que publica en elNew Yorkerde los ochenta lo introducen en el ambiente culto de Manhattan. Alcanza a ver la caída del muro de Berlín, pero no la desaparición de la Unión Soviética, que sin duda hubiera celebrado. Un infarto, el 24 de agosto de 1990, inducido por un coma etílico, se lo impidió. Sus restos reposan en una modesta tumba del cementerio judío Monte Hebrón. Esta entrada es la piedra ritual que deposito en su memoria. 

Sus libros, prohibidos en vida y que sólo circularon en forma de samizdat, se volvieron populares en Rusia y hoy es uno de los escritores rusos más leídos de su país. En español su obra se ha publicado con entusiasmo por editores independientes (Metáfora, Ikusager, Altera…), pero de manera inevitablemente dispersa. Aun así, cuenta con un grupo de lectores fieles. La cofradía Dovlátov.      

Para mí, su lectura ha sido todo un descubrimiento, pese a que la decepción suele acompañar muchas veces las expectativas altas. Estos días de confinamiento y pandemia e vuelto a sus libros. Ágil, directo e irónico, Dovlátov sirve por oposición para denunciar la enfermedad literaria de nuestro tiempo: la verborrea intrascendente. Un autor trascendente en una era inane.

La materia prima de la literatura de Dovlátov es su propia experiencia. Pero, a diferencia del testimonio descarnado de Shalamov o de la recreación en clave metafísica de Kafka, Dovlátov lo resuelve todo a través de un humor ácido, la mejor defensa que encontró ante la tragedia que fue la vida en la Unión Soviética. Dovlátov contrasta, como ninguno, la doble realidad de la URSS. Por un lado, los discursos oficiales, los lemas de las manifestaciones oficiales, la radio oficial, la televisión oficial, las consignas del único partido oficial que celebraban la victoriosa marcha del proletariado hacia el progreso; por el otro, la realidad cotidiana, la de los supervivientes. Un país de pícaros sin suerte y de comisarios severos. 

En Los nuestros, suerte de biografía colectiva de su familia, consigue el milagro narrativo de contar el fusilamiento sin juicio de su abuelo paterno por el delito de haber recibido un paquete del extranjero (que le enviaba su hijo mayor, exiliado en Bélgica), la prisión de su primo hermano al que tuvo que vigilar como parte de sus tareas del servicio militar, y su propio encarcelamiento, con tortura incluida, desde una mirada neutra, que no califica lo que describe, pero que ridiculiza con el poder de la ironía. 

A caballo entre el relato breve y la crónica, El compromiso es un libro extraordinario y de nuevo una eficaz denuncia del universo totalitario. En él, Dovlátov se desquita de las mil insulsas y censuradas notas que tuvo que escribir como periodista de un medio oficial. En cursivas, al inicio de cada capítulo, explica cómo se publicó la noticia que tuvo que cubrir, y luego, en redondas, cuenta la verdadera historia detrás de esa noticia. El resultado es hilarante. Por ejemplo, narra cómo las autoridades querían celebrar el Día de la Liberación con el nacimiento del habitante cuatrocientos mil de Tallin. La noticia que se publica incluye una cita de Goethe, un poema celebratorio por una gloria local y la certeza que ese niño, de padres trabajadores soviéticos, está “condenado a la felicidad”. Y tras esto, la verdadera historia: todo fue un plan publicitario de burócratas que querían congraciarse con Moscú, no hay estadísticas confiables, la cita de Goethe es apócrifa, el nombre del niño fue escogido por las autoridades contra el deseo de los padres para que fuera el de un héroe soviético, y el niño no fue el primero seleccionado: otros recién nacidos fueron rechazados por ser poco ortodoxos, incluido un bebé judío y un mulato hijo de un “internacionalista” de Etiopía y una estonia. Y así, once compromisos más. Un friso de la vida en los setenta en la URSS y una prueba más del escaso valor que la verdad fáctica tenía en esos regímenes. 

Pero el libro más entrañable para mí ha sido La maleta, construido como una novela de cuentos que funcionan también de manera independiente, a la manera de Winesburg, Ohio de Sherwood Anderson. Gracias a este libro podemos decir sin sonrojarnos que Dovlátov es un digno heredero de Chéjov. La maleta es la historia real de su exilio, cuando descubre que las autoridades sólo permiten salir con tres maletas a los que han sido aceptados para emigrar. Después de regalar sus escasos y deteriorados muebles, Dovlátov comprueba con pasmo que todas sus pertenencias caben en una sola maleta. Cada capítulo es la historia de los objetos que componen esa maleta y, en su conjunto, dibujan el itinerario vital del autor: los amores, la vida fuera de la ley, la cárcel, el nacimiento de su hija, etcétera. Todo, claro, salpicado de mucho vodka.

La extranjeraes una novela breve que cuenta la historia, hilarante, de una rusa en el exilio, María Fiódorova, y su insólito matrimonio con un “latino” estafador, así en genérico. Ya antes se había casado con su novio judío de joven para poder emigrar y con un cantante de baladas folclóricas cuyo verdadero talento estaba en engañarla. La historia incluye como un personaje no menor al papagayo Lolo. Pero sobre todo es un recorrido por los mil y un destinos (desde el falso perseguido hasta el erudito olvidado), cortocircuitos y solidaridades que todo exilio congrega. En este caso, en unas pocas cuadras del barrio ruso judío de Queens: “El barrio se extiende desde la vía del tren hasta la sinagoga. Algo más al norte está el lago Meadow; al sur, el bulevar Queens. Y en medio, nosotros. La calle 108 es nuestra arteria principal”.La extranjera: un microcosmos donde se congrega todos los mundos posibles. 

***

Hace años, en La Jornada Semanal que editábamos Juan Villoro y yo, el poeta y narrador colombiano radicado en Morelia Jorge Bustamante se ocupó de Dovlátov con las que fueron seguramente las primeras traducciones al español. Presentó una selección de textos sueltos tomados de sus Cuadernos de apuntes. He aquí una brevísima selección de esa selección:

Un punto de vista liberal: ‘La patria es la libertad’. Hay una variante: ‘La patria es aquella donde el hombre se encuentra a sí mismo.

A uno de mis conocidos lo despidieron algunos amigos cuando se fue al extranjero. Alguien le dijo: “¡Recuerda, viejo. Donde hay vodka, allá está la patria!”

El talento es como la lujuria. Es difícil de ocultar. Y todavía es más difícil de simular.

Recuerdo que una vez adquirí un libro de Brodsky de 1964. Pagué una cantidad considerable, como si fuera una rareza bibliográfica. Si no me equivoco, cincuenta dólares. Luego, le comenté a Joseph lo sucedido. Me dijo:

–Y yo no tengo ese libro.

–Si quiere se lo regalo –le expresé.

Joseph se sorprendió:

–¿Y qué voy a hacer con él? ¿Leerlo?

2 comentarios sobre “Diario de la peste (52). Serguei Dovlátov”

  1. Buen texto, gracias a él me enteré que los comas etílicos “inducen” infartos… Pa’l Nobel de fisiología…

    En fin… “la verborrea intrascendente””…

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