Diario de la peste (18). Eufemio Zapata enseña Palacio Nacional.

López Obrador rindió un no pedido quinto informe de gobierno (en su segundo año de ejercer el poder y tras ene mil ruedas de prensa y un uso abusivo del micrófono nacional) en el que insistió en dar la misma medicina caducada al paciente que ya tenía postrado y ahora enfermo de covid-19: más austeridad, más inversión pública en el sector energético y cero apoyos concretos a la iniciativa privada, motor de la economía. 

La imagen de López Obrador solo en Palacio Nacional me recordó la crónica de Martín Luis Guzmán, recogida en El águila y la serpiente, de la visita guiada que hace Eufemio Zapata, hermano de Emiliano, a un grupo de visitantes distinguidos, entre los que se encontraba el propio Guzmán. El momento histórico preciso es la toma de la ciudad de México, en 1914, por los ejércitos combinados de Villa y Zapata, tras los acuerdos de Xochimilco: 

No subimos por la escalera monumental, sino por la de Honor. Cual portero que enseña una casa que se alquila, Eufemio iba por delante. Con su pantalón ajustado, de ancha ceja en las dos costuras exteriores con su blusa de dril –anudada debajo del vientre– y con su desmesurado sombrero ancho, parecía simbolizar, conforme ascendía de escalón en escalón, los históricos días que estábamos viviendo: los simbolizaba por el contraste de su figura, no humilde, sino zafia, con el refinamiento y la cultura de que la escalera era como un anuncio. Un lacayo del palacio, un cochero, un empleado, un embajador, habrían subido por aquellos escalones a su oficio y armónica dentro de la jerarquía de las demás dignidades. Eufemio subía como un caballerango que se cree de súbito presidente. Había en el modo como su zapato pisaba la alfombra una incompatibilidad entre alfombra y zapato; en la manera como su mano se apoyaba en la barandilla, una incompatibilidad entre barandilla y mano. Cada vez que movía el pie, el pie se sorprendía de no tropezar con las breñas; cada vez que alargaba la mano, la mano buscaba en balde la corteza del árbol o la arista de la piedra en bruto. Con sólo mirarlo a él, se comprendía que faltaba allí todo lo que merecía estar a su alrededor, y que, para él, sobraba cuanto ahora lo rodeaba.
     Pero entonces una duda tremenda me saltó. ¿Y nosotros? ¿Qué impresión produciría, en quien lo viera en ese mismo momento, el pequeño grupo que detrás de Eufemio formábamos nosotros: Eulalio y Robles con sus sombreros tejanos, sus caras intonsas y su inconfundible aspecto de hombres incultos; yo con el eterno aire de los civiles que a la hora de la violencia se meten en México a políticos: instrumentos adscritos, con ínfulas de asesores intelectuales, a caudillos venturosos, en el mejor de los casos, o a criminales disfrazados de gobernantes, en el peor?
     Ya en lo alto, Eufemio se complació en descubrirnos, uno a uno y sin fatiga, los salones y aposentos de la Presidencia. Alternativamente resonaban nuestros pasos sobre la brillante cera del piso, en cuyo espejo se insinuaban nuestras figuras, quebradas por los diversos tonos de la marquetería, o se apagaba el ruido de nuestros pies en el vellón de los tapetes. A nuestras espaldas, el tla-tla de los huaraches de dos zapatistas que nos seguían de lejos recomenzaba y se extinguía en el silencio de las salas desiertas. Era un rumor dulce y humilde. El tla-tla cesaba a veces largo rato, porque los dos zapatistas se paraban a mirar alguna pintura o algún mueble. Yo entonces volvía el rostro para contemplarlos: a distancia parecían como incrustados en la amplia perspectiva de las salas. Formaban una doble figura extrañamente lejana y quieta. Todo lo veían muy juntos, sin hablar, descubiertas las cabezas, de cabellera gruesa y apelmazada, humildemente cogido con ambas manos el sombrero de palma. Su tierna concentración, azorada y casi religiosa, sí representaba allí una verdad. Pero nosotros, ¿qué representábamos? ¿Representábamos algo fundamental, algo sincero, algo profundo, Eufemio, Eulalio, Robles y yo? Nosotros lo comentábamos todo con el labio sonriente y los sombreros puestos.
     Frente a cada cosa Eufemio daba sin reserva su opinión, a menudo elemental y primitiva. Sus observaciones revelaban un concepto optimista e ingenuo sobre las altas funciones oficiales. “Aquí —nos decía— es donde los del gobierno platican”. “Aquí es donde los del gobierno bailan”, “Aquí es donde los del gobierno cenan”. Se comprendía a leguas que nosotros, para él, nunca habíamos sabido lo que era estar entre tapices ni teníamos la menor noción del uso a que se destinan un sofá, una consola, un estrado; en consecuencia, nos ilustraba. Y todo iba diciéndolo en tono de tal sencillez, que a mí me producía verdadera ternura. Ante la silla presidencial declaró con acento de triunfo, con acento cercano al éxtasis: “¡Ésta es la silla!”. Y luego, en su rapto de candor envidiable, añadió: “Desde que estoy aquí, vengo a ver esta silla todos los días, para irme acostumbrando. Porque, afigúrense nomás: antes siempre había creído que la silla presidencial era una silla de montar.” Dicho esto, se dio Eufemio a reír de su propia simpleza, y con él reímos nosotros…

Diario de la peste (17). El presente es perpetuo.

Uno de los instrumentos clave que utiliza para gobernar López Obrador es la denostación del pasado reciente. Y la promesa de un futuro promisorio. ¿Y el presente? Una lucha desigual contra los poderes fácticos; esa masa difusa de intereses inconfesables, alianzas contranatura y conspiraciones siempre al acecho. El presente es perpetuo, como en Viento enterode Octavio Paz. Pensamiento mítico, circular, sin solución posible. Atemporal, la 4T no tiene banderazo de salida ni final programático. Es una lucha de titanes. Y conforme se comenten errores, algunos nimios, otros monumentalmente costosos, el pasado se va haciendo cada vez más oscuro y sombrío; la lucha, en ese presente eterno, más difícil y desigual. 

Pero mañana (“hoy no se fía, mañana sí”) llegaremos a ese no-lugar donde los corderos pacerán junto a los lobos, antes feroces, ahora veganos. Un pensamiento no racional, sobre el que es imposible corregir, argumentar y proponer. Nada se puede cosechar de lo sembrado. Incluso los aciertos propios caen en esa caja trituradora de la dimensión espacio-temporal. La 4T es ese instante infinitesimal que sucede esperando a Godot. La 4T es la no-respuesta del físico cuántico sobre la vida/muerte del gato de Schrödinger. En el presente no hay reformas, triunfos parciales, procesos de mejora, avances de gallo-gallina. Todo es definitivo y crucial. Y nada importa. Ni siquiera una pandemia. Y ya rumbo al precipicio, en plena caída libre (a 9.8 metros por segundo cuadrado), acusaremos al pasado (neoliberal, conservador, fifí, reaccionario, neoporfirista) de no proveer los paracaídas adecuados. Y felices, pueblo bueno y líder con principios, seguiremos soñando con el futuro, quizá con rostro de concreto, pero siempre en abiertas alamedas. ¡Nadie nos arrebatará la esperanza! Seremos flores de asfalto.

Diario de la peste (16) Cristo se detuvo en Éboli.

Para estar a tono con estos días de encierro obligado, que no tienen nada de felices y que si acaso sirven para algo es para prepararnos para lo peor, en términos humanos, sanitarios, sociales y económicos, me acordé de Carlos Levi y su Cristo se detuvo en Éboli

El pintor Carlo Levi era médico de profesión y estaba educado en la alta cultura judía de la Europa de entreguerras: era un lector sofisticado y un no mal intérprete de piano. Era el mayor de una de generación de turineses que incluía a Cesare Pavese (al que le hizo un retrato profundo), Giulio Einaudi, Leone y Natalia Ginzburg. El “grupo Einaudi” que moldearían la cultura italiana de la posguerra. 

Sin relación familiar con el otro legendario Levi de Turín, el indiscutible Primo, Carlo fue desde muy pronto, por vocación y acción, un rebelde contra la insana estulticia del fascio italiano. Además, era sobrino de Carlos Treves, uno de los líderes del partido socialista italiano. 

Encarcelado por actividades contra el Estado italiano, ambigua fórmula jurídica de los totalitarismos, Carlo Levi pasó tres años en prisión. Al salir fue desterrado a la Lucania profunda, en un castigo de inverosímil tonalidad feudal. Primero a Grassano y luego a Gagliano. Cristo se detuvo en Éboli son las memorias del año casi exacto que pasó en el segundo de estos pueblos. Pero la historia es aún más compleja, ya que el libro fue escrito como una forma de evasión mental mientras vivía refugiado en una casa de Florencia, en 1944, cuando la república de opereta de Saló había entrado en la misma demencia racial del Reich. Sobre él pesaban dos condenas a muerte: por judío y por partisano. De ahí su apenas perceptible aire nostálgico.

La identidad de Levi, su perfil idiosincrásico, tendría mucho más que ver con los círculos liberales y artísticos de Viena, Niza o Ginebra que con el Mediodía italiano: Cristo se detuvo en Éboli es el choque entre un ciudadano europeo de la era postindustrial y unos pobladores del mundo precristiano.

“Atado al potro” del paludismo, entre áridas barrancas y crueles precipicios, Gagliano era una cárcel con forma de pueblo: ni una tienda, ni un hostal, ni un café. Nada perturba su inmovilidad. Su único contacto con el mundo externo: una sinuosa carretera por la que circula un único coche, el encargado de recoger el correo en el pueblo vecino. En esa isla del archipiélago del Mezzogiorno se perpetúa un régimen de opresión medieval que tiene en el alcalde —maestro de la única escuela y dueño también de la única farmacia— y en el jefe de la policía —su hijo será el único voluntario del pueblo en la guerra de Abisinia— a sus instrumentos fácticos. Ambos, preceptivamente fascistas, y cuya relación con Roma es una transacción descarada: imitación ideológica a cambio del mando total sobre esos confines.

Con los ricos bosques arrasados siglos atrás, las tierras están dedicadas al cultivo de trigo, con un rendimiento que apenas alcanza para el autoconsumo. Sus dueños son familias nobles que viven en Nápoles o Roma y una vez al año regresan para cobrar, implacables, el pago del arrendamiento. Por ello, la mayoría de los hombres útiles para el trabajo han emigrado a América y sólo sobreviven los derrotados, los ancianos, los enfermos. Gagliano funciona como una sociedad matriarcal cuyo correlato masculino sucede en Nueva York o Buenos Aires. Levi encontrará en cada casa, junto a la estampa de la Virgen, la imagen de Roosevelt, verdadero patrono de la villa al que rezan en silencio las madres y esposas abandonadas.

Cristo se detuvo en Éboli es un libro a caballo entre la antropología y la literatura. A un tiempo diario personal y viaje a los infiernos de la mentalidad atávica, es en su conjunto un estudio del tiempo detenido y un involuntario homenaje al refrán “pueblo chico, infierno grande”. Campesinos que creen en los duendes, en los espíritus malignos y benignos; mujeres que viven de hacer pócimas de amor y brebajes para curar sus hijos enfermos de bocio y difteria, mientras esperan una carta, una noticia de América que nunca llega. Sorprende desde la óptica mexicana la escasez de fiestas y celebraciones: improvisadas coplas navideñas para pedir dinero en las casas de los notables del pueblo, un desangelado carnaval de una sola jornada sin transgresiones y un paupérrimo día de la Virgen (que enmascara un culto sincrético anterior, como en México) son las tristes etapas de un calendario ritual degradado y pobre, en donde el cristianismo no logró asentarse con fuerza (la única iglesia del pueblo está semiderruida y vacía incluso durante la misa del domingo) y los rituales paganos y politeístas se perdieron en la niebla del tiempo. Así, la vida queda determinada más por las estaciones y el clima que por su lectura simbólica o su recreación cultural.

Para los campesinos de Gagliano, el Estado es una entelequia abstracta que ha sido sinónimo de explotación, sea bajo el poder republicano, borbón o fascista. Un fastidioso engranaje que viene de fuera, con rostro de Recaudador de Impuestos y que exige inapelable el pago de una tasa anual por cabeza de ganado. En el caso de Gagliano y de esos años, a un precio superior al del costo de alimentar y cuidar a las tristes cabras que conforman toda su mesnada. De ahí el horrendo espectáculo que registra Levi del sacrifico de las cabras del pueblo para evitar un pago imposible.

Pero Cristo se detuvo en Éboli no es una articulada denuncia social o política, ni está escrito desde la atalaya de la superioridad intelectual: Levi registra con humanidad, atención a los detalles y empatía el destino de esa gente, individualizándolos, estableciendo con ellos unos lazos y unas relaciones de plena igualdad. Se convierte en el improvisado médico de la comarca. No es un entomólogo, es un vecino. Y esa es la mayor virtud del libro. La lectura remite inevitablemente al Comala de Juan Rulfo, otro pueblo de caciques y fantasmas. 

El destierro de Carlo Levi termina cuando la radio de Roma anuncia su nombre en la lista de amnistiados como medida de gracia tras la entrada de las tropas italianas en Addis Abeba, y Levi puede regresar, por un tiempo, a su trabajo de pintor en Turín. Estamos en mayo de 1936: los europeos afilan los cuchillos.

P.D. La imagen que ilustra esta entrada es un cuadro de Carlo Levi de su serie dedicada a Lucania (hoy Basilicata), la región donde estuvo desterrado.

Diario de la peste (15). El presidente visita Badiraguato.

Hasta el corazón de la Sierra Madre Occidental se desplazó López Obrador, en plena pandemia y dentro de una gira de tres días por cuatro estados, para supervisar el avance en las obras de la carretera que unirá el municipio sinaloense de Badiraguato con el municipio chihuahuense de Guadalupe y Calvo. Un improvisado puesto de supervisión, después de recorrer tres horas y media de terracería, fue el lugar elegido para la original ceremonia de “continuación de la obra”. Todavía dentro de los límites del municipio de Badiraguato, cerca del poblado de Las Tunas, y ante el imponente macizo de la Mesa de San Rafael. Las retroexcavadoras guardan momentáneo silencio. El público lo componen ingenieros de caminos con su casco y peto naranja de rigor. Y la prensa adscrita a la fuente. López Obrador, apoyado por unas notas, parece improvisar un discurso de casi cuarenta minutos.

Badiraguato, según el censo del año 2000, tenía una población de poco más de 42 mil habitantes. En el censo de 2010, la población era de menos de 30 mil habitantes. Una reducción de cerca del 30 por cierto. El censo de Sinaloa del 2015 reportaba 32 mil habitantes. Si pudiéramos estudiar con más detalles los datos demográficos, veríamos que esa disminución se da entre la población más joven, muerta por la violencia criminal o emigrada. Para que se entienda la magnitud del desastre habría que extrapolarlo a nivel nacional: en el año 2000, nuestro país tenía 101.7 millones de habitantes y en 2010, 117.3. Si México fuera Badiraguato, hubiera alcanzado la cifra de 73 millones de habitantes, la peor debacle de su historia, para estabilizarse a duras penas en los 75 millones. 

Badiraguato es uno de los vértices del llamado Triángulo Dorado de la droga, torpe metáfora que se usa para referirse a esa zona serrana entre Sinaloa, Chihuahua y Durango, sin caminos y de intimidante geografía, viejo territorio de Doroteo Arango antes de ser Pancho Villa. Es la zona de mayor producción en el mundo de amapola. Guarida y cuartel general de los narcotraficantes de Sinaloa, entre sus paisanos ilustres están el Joaquín “el Chapo” Guzmán, Ernesto Fonseca Carrillo, Miguel Ángel Félix Gallardo, Ismael “el Mayo” Zambada y los hermanos Beltrán Leyva. Es imposible transitar por esas serranías sin salvoconductos, como saben todos sus atribulados vecinos. Estamos, pues, en la zona cero de la violencia criminal de México.  

            En su discurso, López Obrador habló de los empresarios “chipocludos y machuchones” de la era neoliberal que no pagaban impuestos, habló del periódico Reforma, “prensa fifí” y “boletín de los conservadores”, explicó que el tapabocas no sirve para combatir el Covid-19 y aclaró que su temperatura corporal era de 36 grados. También señaló que esa sierra era ideal para su proyecto “Sembrando vida” y que ya cerca de 2,000 agricultores del municipio se habían inscrito por el jornal de cinco mil pesos que ofrece el programa para plantar árboles “frutales y maderables”. También dijo que en Badiraguato se está construyendo una universidad que, sin embargo, ya tiene 103 becarios y 91 alumnos. Habló del precio de garantía del maíz para los esforzados agricultores de la zona, de los 197 jóvenes inscritos en el programa de “jóvenes construyendo el futuro”, aprendices en talleres y fábricas cuyo salario también cubre el gobierno. Con legítimo orgullo, explicó que todos los estudiantes del nivel medio superior del municipio reciben su beca (1,264), así como los alumnos del nivel preescolar y escolar de familias de escasos recursos, que cifró en 4,641. Por respeto a la investidura, me niego a entrar al baile de cifras de los apoyos directos, “sin moches”, que el gobierno está repartiendo a los pobladores de Badiraguato.  Las palabras “narcotráfico”, “ley”, “violencia”, “monopolio legítimo”, “víctimas” no fueron requeridas en su discurso.

Después de una reparadora taquiza, servida con las manos por cada comensal, entre un selecto grupo de vecinos y trabajadores de la carretera, y de tener el gesto humano de ir a saludar de mano a una nonagenaria con la que mantiene correspondencia, sentada en un camioneta Ford Lobo Platinum Limited Crew, el presidente pasó a retirarse.

Diario de la peste (14). Saint-Exupéry: último accidente

Madrid-México: En el mostrador de Iberia, ya con el pase de abordar en la mano, la encargada del mostrador me pide, casi como por no dejar, que “haga el favor” de pesar la maleta, diminuta, que llevo de mano. No la miro horrorizado, ni he anticipado el desastre. Efectivamente, la maleta pesa once kilos y medio. Y me dice, con esa forma imperativa que tienen ciertos españoles en una situación de poder, que debo facturarla. No quise, no pude discutir. En sentido estricto, ella tenía razón: eso dice la ley. No llevaba bolsa de mano. La larga cola para llegar al mostrador, el tono, la presión que se intuye de la cola que sigue detrás de uno, y un estúpido convencimiento en que todo irá bien (en el que sigo creyendo de manera ya francamente irracional) me hicieron facturarla. La maleta solo llevaba libros. En Aeroméxico el problema se hubiera solucionado con cortesía y labia. Con un detalle: en México la ley no existe y los ciudadanos estamos indefensos. Eso sí, la vida cotidiana es dúctil y cómoda. En España, la ley se aplica, lo que produce ruido y molestias innecesarias en el día a día, pero uno está seguro como ciudadano. Y el que la hace, a la larga o a la corta, la paga.  

Lleva dos tipos de libros importantes. Los necesarios para un vuelo y estancia aeroportuaria combinadas de doce, trece horas (en un vuelo de día, además). Me dolió particularmente perder mi edición de El Quijote de Ediciones Castilla y encuadernada en Valencia por Alfredo Ortells Ferriz que llevaba como un amuleto en los vuelos trasatlánticos. Y los libros de la tesis que la doctoranda Santos me había pedido le trajera de España y que había recogido con sus padres –aún vivía Luciano– en Aranjuez. De la mano de Pedro Sorela, la tesis de Yai estaba dedicada a Tierra de los hombres, de Antoine de Saint-Exupéry. 

La falta de lectura para el avión me hizo entrar de emergencia a la librería-expendio de periódicos de Barajas. Había novelas best-sellersy libros prácticos (géneros que luego aprendí a respetar, por otras razones). Desolado dejaba ya la tienda, con las manos vacías, cuando sobre la caja vi un exhibidor de Tusquets. Y pude comprar una buena dotación de libros para volar. Gracias a esto, por cierto, descubrí a Leonardo Sciascia, a quien despreciaba sin conocerlo como un autor de novelas de género, y que desde entonces me acompaña como un autor de cabecera.

Los libros de Yaiza incluían rarezas y joyas: las memorias en francés de madame Saint-Exupéry (la legendaria Consuelo Suncín), las biografías canónicas de Stacy Schiff y Cate Curtis, el libro del gran Blas Matamoro y todos los libros de Saint-Ex en español y francés. Esta pérdida, sin embargo, nos obligó a hacer varias excursiones por las librerías de la calle Donceles para recuperarlos, y salvo alguno (el más necesario y especial), reponer y ampliar la pequeña biblioteca de Saint-Exupéry (juntos con otras maravillas).

Saint-Exupéry, quizá el autor más leído del mundo por su libro El Principito, tuvo un extraño destino como autor: se ganó la posteridad literaria con una obra maestra que opacó, hasta la fecha, al menos dos o tres libros del mismo valor o incluso mayor: Vuelo de nochePiloto de guerray el indiscutible Tierra de los hombres, que escribió después del accidente más grave de su carrera, al despegar de Guatemala en 1938 (otro accidente célebre de los varios que sufrió fue en el desierto de Libia, tres años antes). Pero si tuviera que recomendar a alguien que se adentrara en el humanismo apartidista de Saint-Ex, le recomendaría que empezara por Carta a un rehén

Escrito desde su incómodo exilio en Estados Unidos, que romperá para unirse a los aliados y morir en combate en 1944, el texto se llamaba originalmente Carta a León Werth. El nombre le suena a cualquiera por ser la persona a la que está dedicada El Principito, quizá la mejor dedicatoria de todas las que se han escrito. Pero como Werth había quedado en Francia, era un escritor surrealista, de tendencias anarquistas y padre judío, la prudencia obligó a ocultar su nombre. Es válido pensar que por compensar esa censura obligada es que quiso mencionar a su viejo amigo en el libro infantil y dedicárselo. Paradójicamente, Werth sobrevivió a la guerra y escribirá sobre el aviador, dibujante, juerguista, mujeriego, matemático y genio que fue su amigo (sí también perdí su libro sobre Saint-Exupéry, tel que je l’ai connu).

Carta a un rehéntiene algunas claves de la obra de Saint-Ex. A saber, que el hombre no es una realidad dada, sino una aspiración que se alcanza sólo desde la tolerancia y la creación; que la soledad y el aislamiento (él vivió tres años en el Sahara, y los consideró los más felices de su vida) es una oportunidad para detonar lo que uno de verdad lleva dentro: “El Sahara está más vivo que una capital, y si se desmagnetizaran los polos esenciales de la vida, la ciudad más abigarrada se vacía”; que la amistad no necesita de la presencia y exige no juzgar: “Cuando invito a un amigo a mi mesa le ruego que se siente, pero si cojea no le pido que baile”, y que es imposible filosóficamente que triunfe el fascismo, que rechaza “las contradicciones creativas” y quiere fundar por mil años “el robot del hormiguero”. “El orden por el orden castra en el hombre su poder esencial, que consiste en transformar tanto el mundo como a sí mismo”.

Si tuviera que quedarme con un pasaje del libro, escogería su recuerdo de la guerra civil española, cuando una patrulla anarquista lo detiene de madrugada, con una cámara de fotos y en una estación de trenes, y él ha olvidado su credencial de periodista. Teme por su vida, puede ser uno más de los fusilamientos arbitrarios de esos falsos justicieros: “las vanguardias revolucionarias del partido que sean no cazan hombres (no aprecian la sustancia del hombre) sino síntomas. La verdad contraria les parece una enfermedad epidérmica. Por un síntoma dudoso se despacha a los contagios al lazareto de aislamientos. El cementerio”. 

***

La banda número 7 de recogida de las maletas del aeropuerto Benito Juárez estaba ya apagada. La reclamación, inútil a todas luces, quedó hecha, el maloliente taxi se arrastraba por el Viaducto y de pronto me entró una inmensa duda: ¿qué pensará el ladronzuelo que se apoderó de nuestros libros de Stacy de la Bruyère y su Saint.Exupéry. Une vie a contra-courrant?

P.D. La imagen: Antoine de Saint-Exupéry, a bordo de un Lightning P-38, durante la guerra.