Diario de la peste (36). Guillermoprieto y los noventa

En estos días de encierro he alternado, por sadomasoquismo, libros de atmósfera claustrofóbica con libros ambientados al “aire libre” (valiente nueva clasificación). Justo ahora termino de nuevo Al pie de un volcán te escribo, de Alma Guillermoprieto, recopilación de sus mejores crónicas publicadas en el New Yorker bajo el título de “Carta desde América Latina”. Qué nostalgia del viejo New Yorker que ofrecía la posibilidad, a sus reporteros at large, de financiarles una larga estancia en una ciudad para que el enviado descubriera una historia, la investigara y documentara a profundidad, para luego escribirla en un intenso trabajo de diálogo con el editor, adscrito en exclusiva a ese proyecto. Y el mítico fact cheking. Estas crónicas son el decantado producto de esta manera de honrar la profesión que hoy leemos, más que con nostalgia, con incredulidad. Y del talento inmenso de Guillermoprieto.

En el prólogo explica algunas dificultades de la traducción. El inglés le parece una lengua más dúctil y útil para la ironía y el uso del understatement, es decir, describir algo por abajo de su dramatismo real para lograr un distanciamiento cómplice, tarea que encuentra difícil en español, lengua que, en contrapartida, le parece mejor para el comentario malicioso. La traducción recoge toda la riqueza léxica del español americano y no tiene miedo (ni usa cursivas) de dar entrada al argot de cada país desde el que escribe, lo que lo convierte en un sabroso caldo idiomático, ajeno a la rigidez de la RAE. Además, otra ventaja sobre la versión en inglés es que muchas de las fuentes utilizadas (noticias de periódicos, entrevistas, carteles en la calle) están obviamente recogidos en español, su versión original.

Al libro lo recorre una tensión central: la lucha por la modernidad en América Latina y cómo esta lucha (anhelo siempre frustrado) significa forzosamente cosas distintas para un profesionista de Lima, en los años noventa, que para un campesino de la sierra andina, anclado en un tiempo ancestral. Para el profesionista se trataría de acercar a su país a los niveles de vida de los países desarrollados, mientras que para un campesino la modernidad sería tan sólo el anhelo de la supervivencia y la posibilidad de romper los lazos “feudales” que lo unen al cacique y al dueño de la tierra. Una paradoja adicional de la modernidad en América Latina radica en el hecho de que nuestras ciudades son ya modernas en lo externo (aeropuertos, conexiones a internet, carreteras), pero aun así siguen siendo subdesarrolladas. La modernidad sólo como una adquisición barata, externa, y no como producto de una evolución propia, interna. Somos urbanos, pero nuestras ciudades están rotas y sucias y congestionadas, y la calidad del aire y del agua es pésima. La vida es miserable en ellas, pero moderna.

Pero afortunadamente no se trata de un libro de ensayos sobre la realidad latinoamericana y recetas de cómo superarla, sino de crónicas “a pie de calle”, que buscan entender y no condenar, que muestran lo que somos y no lo que soñamos ser. La mirada es literaria, ya que, si bien se basa en la realidad, parte de la subjetividad del yo: esto siento yo, esto me pasó a mí, esto lo veo así, repite constantemente Alma Guillermoprieto . La magia de su escritura está en el descubrimiento del detalle nimio pero significativo que encierra una explicación más coherente y real que un sesudo análisis sociológico.

En la Bogotá de 1991, en mitad de la guerra desatada por el desafío de los narcotraficantes al Estado colombiano, Alma descubre que florecen como nunca las vidrieras. Llegan de inmediato al lugar de la explosión, después de oír la noticia en la radio, y compiten entre sí para ofrecer presupuestos y restaurar los daños de inmediato. De la Ciudad de México explica la increíble leyenda urbana que se apoderó de sus habitantes cuando un periódico sensacionalista, Alarma, publicó las fotos de una supuesta rata gigante encontrada en el canal del desagüe. Hubo teorías sobre la “nueva generación de ratas urbanas” que los basureros de la ciudad producían, otros falsos avistamientos fueron reportados, se habló de ratas “cebadas” y “grandes cómo conejos”. Al final, descubre que se trata de un león de circo, previamente desollado por sus dueños para vender su piel, que murió de viejo y fue clandestinamente arrojado al canal de desagüe: la historia real es, si cabe, más terrible que las historias inventadas. O tenemos el relato de la tristeza de los internacionalistas acreditados en Managua para las elecciones de 1990, cuando, contra todo pronóstico, los sandinistas perdieron el poder frente a Violeta Chamorro, y de cómo eran ellos los que azuzaban a Daniel Ortega a no reconocer la derrota (lo que hubiera tenido unas consecuencias impredecibles para el país) desde la total impunidad que les otorgaba saber que al día siguiente podían tomar el avión y volver a los plácidos París (Danielle Mitterrand) o Londres (Bianca Jagger). Durante su estancia descubrió que de los pocos edificios en pie (tras el temblor de 1972 y la revolución), casi ninguno tenía elevador. Así que logró contarlos todos: Mangua era una capital de solamente diez elevadores. Imaginemos el abismo referencial que eso podía significar para un neoyorquino. Pero también para un porteño, un bogotano o un caraqueño. O está, en fin, la importancia de la policlínica de la ciudad de Medellín, azotada por los sicarios, y su especialización en salvar vidas de heridos de bala, probablemente la mejor del mundo en esa única “especialidad”. Las vidrieras de Bogotá, los elevadores de Managua.

Qué pensar hoy de los primeros años noventas, de euforia liberal tras la caída del Muro de Berlín. Gobiernos electos que o bien traicionaron la democracia que los había hecho posibles (Fujimori y su autogolpe de 1992) o bien traicionaron los proyectos de apertura (Collor de Mello) o se volvieron su caricatura (Menem). Años que demostraron que los males de nuestra política eran atávicos. Y que las soluciones desde una elite ilustrada son reversibles si no tienen el acompañamiento crítico de una mayoría social. 

Y sí, sangro por la herida de México. 

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