Diario de la peste (30). Acacias amarillas

Al final de una breve estribación, una hilera de lonas anuncia el campamento. La vista se pierde en un mar de amarillos surcado por olas ocre. La tarde declina rápido en el trópico. En un parpadeo se apaga el campo y se prende el cielo. Apenas hay tiempo de encender el fuego. Será por esa noche la única luz del Serengueti.

Welcome home, nos dice el anfitrión que, junto al guardia masái que nos vigila a la distancia, es el único ser humano en tropecientas leguas a la redonda. 

Desde esos parajes, parte del valle del Riff, empezó la humanidad su viaje planetario. Una huella petrificada en la vecina Laetoli atestigua los titubeantes primeros pasos erguidos de los homínidos en la infancia de nuestra especie. A veces los eslóganes son ciertos: todos somos migrantes.  

Atrás quedaron algunas imágenes mentales: el ritual de apareamiento de las jirafas, verdadero arte del equilibrista; la fuga en tropel de las gacelas de Grant ante el rumor de una sospecha; la lucha por el estanque entre búfalos y hienas, que por esta ocasión no rieron al último. Justo antes de dirigirnos al campamento, una nube de moscas tse-tsé nos recuerda que no estamos en la Arcadia.

El tiempo es una lenta cerveza del Kilimanjaro. Solo se escucha el crepitar del fuego, cuyas lindes se pierden ante el tintineo de las estrellas. 

El guardia masái nos acompaña en torno a la fogata. Es una estaca provisto de una lanza que parece de utilería y una lámpara potente. Cada determinado tiempo, apunta con la linterna en círculos concéntricos. Las hierbas parecen tener miles de ojos al acecho.

Tengo el mal gusto de rasgar el silencio. Hablamos de una leyenda que sitúa a los masáis como herederos de la legión romana perdida en una expedición por el Alto Nilo. Sus trajes de pretorianos de un hipotético César negro la hacen verosímil, aunque es falsa. De hecho, este pueblo nómada y ganadero es casi un recién llegado a las sabanas, un par de siglos antes que el hombre blanco. Si Félix Romeo viviera, ya nos habría informado que los masáis piensan que todas las vacas del mundo les pertenecen. La vaca es el centro de su cosmogonía afirmaría enfático. En Tanzania también lo extrañamos.

Por suerte, la guerra de los masáis contra las reservas ha llegado a su fin. El mágico dólar los ha incorporado a la industria del turismo. El celular tiene cobertura. La Estación Espacial Internacional surca el cielo. Alguien nos deletrea. 

De pronto, un soplido ronco, un soprano afónico nos enmudece. De tan próximo, parece un comensal más en este banquete de la sinestesia. El guardia masái golpea el suelo dos veces con su lanza de pacotilla.

Lion. Two kilometers. Don’t worry. Hakuna matata.

La segunda cerveza transcurre menos plácida. Rasga. La frasecita robada del suajili por Disney en su infantilización del mundo no me tranquiliza.     

Otra vez la lanza golpea el suelo. Unas risas infernales nos rodean.

Hyenas. One kilometer and a half. Don’t worry. Hakuna matata.

La leña se agota. El fuego se extingue. Hay que ir a la tienda. El masái nos acompaña hasta la puerta. No sé cuándo se nos unió el anfitrión, pero tengo claras sus palabras: 

Don’t leave the tent under any circumstances. Good night and remember: hakuna matata

Confesar nuestro miedo nos vuelve valientes. Nos abrazamos. Mamá África nos protege. 

¿Cómo iba a sospechar que la cacería ya había empezado, y que ésta no se desarrollaría entre suaves colinas y acacias amarillas?

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