Diario de la peste (14). Saint-Exupéry: último accidente

Madrid-México: En el mostrador de Iberia, ya con el pase de abordar en la mano, la encargada del mostrador me pide, casi como por no dejar, que “haga el favor” de pesar la maleta, diminuta, que llevo de mano. No la miro horrorizado, ni he anticipado el desastre. Efectivamente, la maleta pesa once kilos y medio. Y me dice, con esa forma imperativa que tienen ciertos españoles en una situación de poder, que debo facturarla. No quise, no pude discutir. En sentido estricto, ella tenía razón: eso dice la ley. No llevaba bolsa de mano. La larga cola para llegar al mostrador, el tono, la presión que se intuye de la cola que sigue detrás de uno, y un estúpido convencimiento en que todo irá bien (en el que sigo creyendo de manera ya francamente irracional) me hicieron facturarla. La maleta solo llevaba libros. En Aeroméxico el problema se hubiera solucionado con cortesía y labia. Con un detalle: en México la ley no existe y los ciudadanos estamos indefensos. Eso sí, la vida cotidiana es dúctil y cómoda. En España, la ley se aplica, lo que produce ruido y molestias innecesarias en el día a día, pero uno está seguro como ciudadano. Y el que la hace, a la larga o a la corta, la paga.  

Lleva dos tipos de libros importantes. Los necesarios para un vuelo y estancia aeroportuaria combinadas de doce, trece horas (en un vuelo de día, además). Me dolió particularmente perder mi edición de El Quijote de Ediciones Castilla y encuadernada en Valencia por Alfredo Ortells Ferriz que llevaba como un amuleto en los vuelos trasatlánticos. Y los libros de la tesis que la doctoranda Santos me había pedido le trajera de España y que había recogido con sus padres –aún vivía Luciano– en Aranjuez. De la mano de Pedro Sorela, la tesis de Yai estaba dedicada a Tierra de los hombres, de Antoine de Saint-Exupéry. 

La falta de lectura para el avión me hizo entrar de emergencia a la librería-expendio de periódicos de Barajas. Había novelas best-sellersy libros prácticos (géneros que luego aprendí a respetar, por otras razones). Desolado dejaba ya la tienda, con las manos vacías, cuando sobre la caja vi un exhibidor de Tusquets. Y pude comprar una buena dotación de libros para volar. Gracias a esto, por cierto, descubrí a Leonardo Sciascia, a quien despreciaba sin conocerlo como un autor de novelas de género, y que desde entonces me acompaña como un autor de cabecera.

Los libros de Yaiza incluían rarezas y joyas: las memorias en francés de madame Saint-Exupéry (la legendaria Consuelo Suncín), las biografías canónicas de Stacy Schiff y Cate Curtis, el libro del gran Blas Matamoro y todos los libros de Saint-Ex en español y francés. Esta pérdida, sin embargo, nos obligó a hacer varias excursiones por las librerías de la calle Donceles para recuperarlos, y salvo alguno (el más necesario y especial), reponer y ampliar la pequeña biblioteca de Saint-Exupéry (juntos con otras maravillas).

Saint-Exupéry, quizá el autor más leído del mundo por su libro El Principito, tuvo un extraño destino como autor: se ganó la posteridad literaria con una obra maestra que opacó, hasta la fecha, al menos dos o tres libros del mismo valor o incluso mayor: Vuelo de nochePiloto de guerray el indiscutible Tierra de los hombres, que escribió después del accidente más grave de su carrera, al despegar de Guatemala en 1938 (otro accidente célebre de los varios que sufrió fue en el desierto de Libia, tres años antes). Pero si tuviera que recomendar a alguien que se adentrara en el humanismo apartidista de Saint-Ex, le recomendaría que empezara por Carta a un rehén

Escrito desde su incómodo exilio en Estados Unidos, que romperá para unirse a los aliados y morir en combate en 1944, el texto se llamaba originalmente Carta a León Werth. El nombre le suena a cualquiera por ser la persona a la que está dedicada El Principito, quizá la mejor dedicatoria de todas las que se han escrito. Pero como Werth había quedado en Francia, era un escritor surrealista, de tendencias anarquistas y padre judío, la prudencia obligó a ocultar su nombre. Es válido pensar que por compensar esa censura obligada es que quiso mencionar a su viejo amigo en el libro infantil y dedicárselo. Paradójicamente, Werth sobrevivió a la guerra y escribirá sobre el aviador, dibujante, juerguista, mujeriego, matemático y genio que fue su amigo (sí también perdí su libro sobre Saint-Exupéry, tel que je l’ai connu).

Carta a un rehéntiene algunas claves de la obra de Saint-Ex. A saber, que el hombre no es una realidad dada, sino una aspiración que se alcanza sólo desde la tolerancia y la creación; que la soledad y el aislamiento (él vivió tres años en el Sahara, y los consideró los más felices de su vida) es una oportunidad para detonar lo que uno de verdad lleva dentro: “El Sahara está más vivo que una capital, y si se desmagnetizaran los polos esenciales de la vida, la ciudad más abigarrada se vacía”; que la amistad no necesita de la presencia y exige no juzgar: “Cuando invito a un amigo a mi mesa le ruego que se siente, pero si cojea no le pido que baile”, y que es imposible filosóficamente que triunfe el fascismo, que rechaza “las contradicciones creativas” y quiere fundar por mil años “el robot del hormiguero”. “El orden por el orden castra en el hombre su poder esencial, que consiste en transformar tanto el mundo como a sí mismo”.

Si tuviera que quedarme con un pasaje del libro, escogería su recuerdo de la guerra civil española, cuando una patrulla anarquista lo detiene de madrugada, con una cámara de fotos y en una estación de trenes, y él ha olvidado su credencial de periodista. Teme por su vida, puede ser uno más de los fusilamientos arbitrarios de esos falsos justicieros: “las vanguardias revolucionarias del partido que sean no cazan hombres (no aprecian la sustancia del hombre) sino síntomas. La verdad contraria les parece una enfermedad epidérmica. Por un síntoma dudoso se despacha a los contagios al lazareto de aislamientos. El cementerio”. 

***

La banda número 7 de recogida de las maletas del aeropuerto Benito Juárez estaba ya apagada. La reclamación, inútil a todas luces, quedó hecha, el maloliente taxi se arrastraba por el Viaducto y de pronto me entró una inmensa duda: ¿qué pensará el ladronzuelo que se apoderó de nuestros libros de Stacy de la Bruyère y su Saint.Exupéry. Une vie a contra-courrant?

P.D. La imagen: Antoine de Saint-Exupéry, a bordo de un Lightning P-38, durante la guerra.

3 comentarios sobre “Diario de la peste (14). Saint-Exupéry: último accidente”

  1. Gracias Ricardo, Saint Exupéry es uno de mis autores de vida….. además mi Mamá lo admiraba mucho y fue de los primeros autores que me recomendó cuando, gracias a ella, desarrollé mi pasión por la literatura.

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