Diario de la peste (12). Decir adiós.

En la naturaleza la muerte sólo sucede, vacía de sentido moral. La vida es una lucha implacable por la existencia. Acercarse al abrevadero es jugar a la ruleta rusa; cruzar el río un bolado de muerte; cazar o ser cazado, a eso se reduce “un día más con vida”. En la naturaleza no existe ni la vejez ni las minusvalías. Un descuido y tu no-singularidad se convierte en parte de la cadena trófica. En la naturaleza nada está “ahíto de sí”. Todo está en tensión, en un “precario equilibrio”. En la naturaleza sólo hay supervivientes. Ahora que releo sin parar a Primo Levi (al que volveremos en este blog) pienso que en la naturaleza sólo hay hundidos al amanecer o salvados por el momento. 

El franco león o el oblicuo leopardo están sometidos a las mismas reglas: una patada de jirafa, una embestida de búfalo, un joven retador de melena negra, y todo termina. En la naturaleza, además, no hay desperdicio, todo se reintegra. Salvo el marfil de algún cuerno aún altivo o el calcio de alguna osamenta vencida, todo se come, pule, degrada, oxida y desaparece. El lamento de los grandes mamíferos ante el cadáver de un miembro de la manada, que puede ser desgarrador, es resignado, pero sobre todo es breve. No hay luto posible. Todo duelo es inestable. Los cazadores oportunistas y los carroñeros rondan ya cerca, en peligrosos círculos concéntricos. 

             Si tuviera que contestar qué nos hace humanos, pondría en primer lugar la conciencia, y esa conciencia es la cara amable de la conciencia del propio fin. La conciencia de la muerte (que uno ahuyenta incluso en epidemias y guerras) es el verdadero motor de la cultura. Es el elefante en la habitación. Lo que le da sentido al sinsentido de la vida. Y su lógica consecuencia es honrar a los muertos. No hay pueblos sin lenguaje (y su frontera, la poesía), sin fuego, sin tabú del incesto y sin ceremonias luctuosas. 

Quizá lo más perturbador del Covid-19 es que uno no puede despedirse de sus seres queridos, ni abrazar a la grey que los congrega en un velorio, ni llorar en compañía. Los testimonios que he leído en estos días sobre el tema me tienen sobrecogido. Y cada día le hablo a mis padres, para animarlos, pero también para suplicarles que sean rigurosos en su aislamiento. También para decirles, sin decirlo muchas veces, cuánto los quiero.  

Este confinamiento nos ha enseñado que solo lo verdadero es importante: los hijos, la música, el cine, la literatura, la danza, el amor, la conversación, la cocina, el arte, la amistad. Pero todo eso se desvanece en una pesadilla si uno no puede abrazar a sus mayores y con la mano en el corazón decirles buen viaje, gracias por las enseñanzas, que la tierra te sea leve.

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