Diario de la peste (10). Carlos Rangel

Escribí el nombre de Carlos Rangel (Caracas 1929-1988) y no supe qué etiqueta ponerle para tranquilizar el instinto taxonómico que implica todo comentario sobre alguien. ¿Periodista? Sin duda lo fue, no sólo por su trabajo como editor de Momentoo su columna en el semanario Resumen, sino por el programa que por lustros hizo en la televisión de su país junto a su mujer Sofía Ímber. ¿Académico? Sin duda también, con estudios de posgrado en Estados Unidos y Francia en literatura comparada y maestro de la Universidad Central de Caracas y la New York University. ¿Diplomático? Sí, aunque la afirmación es ya más tímida por lo breve de su carrera. Sirvió, sobre todo, en la Embajada de Venezuela en Bélgica como primer secretario. ¿Intelectual? Definición que todo el mundo entiende pero que nadie sabe en realidad qué significa, yo incluido. Intelectual en el sentido de que podía hablar de los asuntos públicos y su voz tenía autoridad, era relevante, sin ser necesariamente ni un experto ni un protagonista de los temas a tratar. ¿Celebridad? Sí, pero no con los alcances de un político fantoche o un beisbolista de las mayores. Lo fue porque junto a Sofía Ímber formaba una pareja poderosa dentro de la alta cultura caraqueña. Ímber fue la creadora y directora del Museo de Arte Contemporáneo, la mejor institución de su tipo en América Latina hasta su inevitable pleito con la revolución bolivariana. Chávez incluso tuvo la delicadeza de destituirla en vivo durante la transmisión de su programa vespertino Aló Presidente

Carlos Rangel, periodista, académico, diplomático e intelectual venezolano, fue sobre todo un pensador liberal preocupado por la deriva totalitaria del continente. Su talante lo determinada su programa de televisión. En ese banal horror que se llama Venevisión de la familia Cisneros (gemelo ideológico de Televisa en México), se empeñó por muchos años en defender el periodismo de opinión exigente y la entrevista retadora. Rangel e Ímber no le daban a la audiencia lo que pedía (para eso estaba Miss Venezuela y ciertas telenovelas en la misma cadena) sino que le ofrecían contenido de alta calidad y apostaban por la inteligencia del telespectador y no a su modorra. Escribí ciertas telenovelas porque Venezuela fue la cuna (junto a Colombia) de una revolución en el formato y alcance de este género, que hunde sus raíces en la novela de folletín del siglo XIX. De la mano de José Ignacio Cabrujas, un pequeño grupo de escritores (Ibsen Martínez, Luis Zelkowicz y Alberto Barrera, por ejemplo) logró lo impensable: darle la vuelta al eterno cuento de la Cenicienta y hacer que la pantalla reflejara de manera más exacta los dilemas de la naturaleza humana. 

Si el talante de Rangel quedó atrapado en los archivos de la gran pantalla, su legado está en un libro: Del buen salvaje al buen revolucionario. Se trata de un intento serio, sistemático, de entender por qué América Latina es la expresión de un fracaso histórico, y Estados Unidos, la culminación exitosa del sueño europeo sobre América.

Escrito entre 1974 y 1975, el libro nace de una sugerencia de Jean François Revel. Por ello se publicó primero en francés, en Editions Robert Laffont, y por ello llevó el prólogo del autor de El conocimiento inútil. El libro de Rangel fue muy polémico en su momento, activamente combatido desde las universidades públicas y la prensa comprometida, incluso repudiado, y luego, lentamente, olvidado, aunque ahí están (como en El ogro filantrópicode Octavio Paz y en La tentación totalitariadel propio Revel, libros coetáneos) las claves para entender la fragilidad democrática de nuestro continente.

En esta relectura (no todo son relecturas, pero esta sí lo es) no me ha interesado tanto la tesis histórica de Rangel, que desprecia, quizá por ser Venezuela una parte relativamente marginal del Virreinato de la Nueva Granada, la fuerza civilizatoria de la Monarquía Hispánica en América para privilegiar los logros democráticos y ciudadanos de las trece colonias británicas de América del Norte. La tesis de Rangel es que las colonias hispanas se basaron en el trabajo esclavo (abierto de los africanos traídos a la fuerza y velado en el caso de los indígenas en las encomiendas y haciendas) y las colonias inglesas en el trabajo de los colonos. La América española era el reino de la Contrarreforma y el absolutismo, y las colonias inglesas, de la libertad religiosa y el derecho consuetudinario. 

Rangel ignora, por ejemplo, que la primera globalización comercial empezó en México con la ruta de la Nao de China. Tras la conquista de Filipinas por Felipe II, expedición organizada y financiada desde la Ciudad de México, España abrió una ruta comercial alterna a la ruta de la seda que conectó de manera comercial Asia, América y Europa a través de los puertos de Manila, Acapulco y Manzanillo, Veracruz y el puerto dulce de Sevilla, más la ruta terrestre por el centro la Nueva España.

En cambio, es deslumbrante el análisis político de América Latina, la necesidad del hombre providencial que por sí mismo puede rescatar a un país o una sociedad y cómo el caudillo decimonónico, dueño de vidas y haciendas, se trasmutó en el revolucionario justiciero. Así, la utopía arcaica del poblador original, puro y angelical, tiene su culminación lógica en la historia, tras una vulgata marxista mal digerida, en el Hombre Nuevo.

Las páginas del libro en que analiza a Juan Domingo Perón son inmejorables, la mejor explicación que he leído para entender cómo un país de los alcances de la Argentina se precipitó ciega a su destino latinoamericano por vía del populismo peronista. Lo mismo hace con el gobierno de Velasco en el Perú. 

Tres figuras son centrales: Víctor Raúl Haya de la Torre, el fundador del APRA peruano y el pensador más dotado del continente para proponer un modelo de izquierda democrática no dependiente de la Unión Soviética; Rómulo Betancur, el restaurador de la democracia venezolana, y la figura mercurial de Fidel Castro, culminación y semilla de todos los males latinoamericanos.

Para México, que analiza con una fineza y una precisión que recuerdan las palabras de Vargas Llosa sobre la dictadura perfecta pero dichas dos décadas antes, la parte más útil hoy es, sin embargo, el análisis del gobierno de Salvador Allende. El chileno interpretó su victoria electoral, en el marco de una democracia representativa e institucional, como una licencia, no concedida ni por las leyes democráticas ni por su espíritu, para hacer una revolución desde el poder, pacífica pero radical. Su fracaso fue el fracaso de tres generaciones de chilenos, y sus ecos, incluida la pútrida dictadura de Pinochet, llegan a nuestros días. Y digo la parte más útil para México hoy porque López Obrador ha dicho de sus años de estudiante en la UNAM que la figura que lo lanzó a la conciencia política fue Salvador Allende.  

P.D. Carlos Rangel se suicidó el 15 de enero de 1988. Imposible entrar en la mente del suicida, pero se sabe que es un comportamiento más genético que vivencial, aunque lo puede disparar hechos concretos. Su mujer decidió ir al programa de televisión compartido como un homenaje a su marido. Su gesto fue malentendido. Hoy sería linchada en las redes.  

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