Diario de la peste (7). Yai da clases

Una de las dos sorpresas agradables del confinamiento ha sido ser testigo, discreto e invisible, de Yaiza dando clases a distancia a sus alumnos de periodismo de la Ibero, de español en Centro y de ética y deontología en la maestría de comunicación del Instituto Ortega y Gasset. Sobria y precisa, sin concesiones, con seca educación (más castellana que andaluza, he de decir), los lleva de la mano por dos caminos que convergen: buenas lecturas y praxis cotidiana. No leen paparruchadas académicas. Ni pensadores postmodernos. Leen clásicos de sus materias: ayer, sin ir más lejos, trabajaron con el ensayo de Orwell “La política y el idioma inglés”, con Todos los hombres del presidentede Carl Bernstein y Bob Woodward y con El periodista universal de David Randall. Y aprenden en la práctica, como si fuera un taller medieval, con el maestro artesano y sus aprendices. Ninguna duda es pequeña. Todo se repasa y analiza. Sin necesidad de citar a Foucault y Deleuze. Trabajan mucho, practicando el oficio: deben llevar un diario, en el formato que quieran; deben hacer crónicas y entrevistas de actualidad, saliendo al mundo; deben distinguir las noticias de la propaganda, opinión de información, deben leer y escribir. Y la maestra Yai, estoica, los lee y los corrige. Los lee y los corrige. Les quita sus ideas preconcebidas (hijas distorsionadas del marxismo académico), sus clichés (de clase), pero no los adoctrina. He aprendido tanto. Y gratis:

“… la historia del periodismo es indisoluble de la historia de la democracia…”

“¿Alguien ha leído Bel-Ami, de Guy de Maupassant?”

 “… la estructura de las series de televisión nació en las novelas por entregas que incluían los periódicos, como reclamo, al final de sus páginas…”

“… eso que dices no es información, es tu opinión…”

La música de sus ideas me remite a dos amigos en común: Pedro Sorela y Arcadi Espada. De Pedro Sorela, la exigencia mayéutica (cuestionar lo que hacen para que encuentren por sí mismos las respuestas correctas) y de Arcadi Espada, la exigencia con la verdad (Arcadi, por cierto, el periodista más agudo e inteligente del idioma).

La paradoja final, por supuesto, es que Yaiza educa a los hijos de la élite mexicana, pero si su familia tuviera que vivir de esos ingresos, tendríamos que hace milagros con las ollas y las cestas (que ya los hace) para no morir de hambre. La desproporción entre lo que cobran esas universidades y lo que le pagan a su cuerpo docente es una vergüenza nacional, una más. 

Coda: Cuando Pedro murió, hace ya casi dos años, en Madrid, escribí unas notas apresuradas en su recuerdo para el homenaje colectivo que sus amigos hacíamos por e-mail para consolar, en la distancia, a su hija Inés, que recién lo había convertido en abuelo. 

Pedro Sorela (Bogotá, 1951-Madrid, 2018):

La muerte de Pedro Sorela me provoca perseverante tristeza y negra melancolía.

Tristeza por el amigo que en vida era todo definición y contorno y ahora es tan sólo frágil recuerdo colectivo, silueta artificial, efímero trending topic. Pedro, en vida, era un torbellino de impaciencia, un malhumorado memorable, capaz de desplantes y arrebatos épicos. Lo vi pelearse con meseros en París, taxistas en Barcelona, encargadas de librerías en Madrid… siempre con razón y siempre injusto. Pedro era capaz de quejarse por el clima del paraíso, la suavidad del terciopelo, la ligereza del viento. Perdía los nervios con los alumnos, los amigos, los meseros y las parejas. Y creo que fue duro con muchos por muy poco. Comidas que terminaban abruptamente por llevar la discusión hasta un callejón sin salida, cenas en que la tensión se cortaba con cuchillo, desplantes olímpicos, y célebres rompimientos. Pero, entonces, ¿por qué estás tan triste?, ¿lloras como loco a un loco? No, al contrario, Pedro era cuerdo como un samurái y honrado como una mula minera. Pedro era leal y derecho, sin dobleces. Sus cornadas eran limpias, de frente, bajando la testuz. Además, en la intimidad y la confianza, sin armadura, era tierno, perspicaz y solidario. Fue un gran padre y un gran amigo. Lo que pasa es que Pedro vivía en guerra con los valores impuestos en el mundo, con la notoriedad de los idiotas, con las identidades cerradas y las fronteras siempre artificiales. Además, Pedro odiaba la superficialidad pueblerina de la vida española, esa cansina tontería de nuevo rico, la conformidad colectiva, la pomposa banalidad de su ignorancia, el ruido ambiente, la canción del verano, los desentonados decibeles de operación triunfo. Pedro era un moderno, a lo Thomas Mann, en un mundo posmoderno, a lo Pedro Almodóvar. Recordemos, carajo, con el respeto que se merece, a alguien capaz de batirse en duelo por defender Tierra de los hombres de Saint-Éxupéry de la prisión de la fama a la que lo condenó su Principito

Me acuerdo las cenas en su casa, donde cada comensal tenía vaso y plato únicos, con su lugar escrito en la mesa con esa caligrafía perfecta. Y las risas cómplices, ya en la copa, con sus experimentos en la cocina. Pedro tenía solvencia en la alquimia de los colores y los olores, y, al mismo tiempo, era capaz de matar un plato de lenta y probada eficacia por una ocurrencia de último minuto, por puro capricho estético. ¿Garbanzos con alcachofas? Cierto, pero Garbanzos de a libra, en todo caso.

El motor de Pedro era la creación y la belleza. Se propuso vivir como un artista y lo logró. Hizo teatro experimental, dibujo de línea, crónica de viaje sin concesiones turísticas, novela de largo aliento, ensayos de resistencia, entrevistas espejo y cuentos inclasificables. Todos sus textos tenían vocación de estilo, compromiso con la prosa, aire de mar y peces de colores. Además, Pedro fue el cupido discreto que me presentó a Yaiza, flecha envenenada de felicidad con la que espero irme a la tumba.

La muerte de Pedro también me produce una negra melancolía por el treintañero que fui y ya no soy, por los cinco años en el barrio de Chamberí de Madrid, en un inmerecido ático de la calle Miguel Ángel. Por la libertad y la locura, por los amigos y los libros, por las ideas y el papel impreso. Por todo aquello que ya no vale nada para nadie. Por Félix Romeo y por Pedro Sorela.

Pedro tenía un único pasaporte, el de ciudadano distinguido de un país inmaterial llamado Nobleza de Espíritu. La capital estaba en Risco del Pájaro (en el barrio de Prosperidad) y sus habitantes eran Nicole y Mario Muchnik, Mercedes Monmany, Berta Vias Mahou, Martín, Antón y Nicolás Casariego, Carlos Franz, Aurora Sotelo, Juan Cruz, Jorge Eduardo Benavides, Julio Trujillo, Esther Bandahan, Tania Carreño, Juan Villoro y Yaiza Santos. Incluso yo, un forajido monocorde en tierra de artistas y políglotas, logré colarme alguna vez gracias a una visa fugaz y restringida. Adiós, amigo querido, gracias por dejarme atisbar un rincón minúsculo de tu tierra indómita, donde el sol es un disfraz y los cuentos invisibles.

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