Diario de la peste (6). Un guante de mercurio y otro de seda

La mano es la verdadera arma secreta de la evolución. Con el pulgar oponible, se convierte en un instrumento de precisión capaz de crear instrumentos aún más precisos que nos han llevado de las cavernas a la Soyuz.

De la era de piedra a la era digital, la mano es el centro de todo lo que nos hace humanos. La mano habla (lenguaje de signos), la mano actúa (mímica), la mano crea (pintura, escultura), la mano vota. Las manos suman y restan. Las manos son la lógica nada oculta de la era decimal: de diez en diez hasta llegar al álgebra, los algoritmos, la teoría de cuerdas.

Unas manos entrenadas pueden hacer música de una madera cóncava y ahuecada, atravesada por cuerdas. Unas manos al aire dirigen un cónclave de manos especializadas: tú, chelo impaciente, más tranquilo. Tener manos de cirujano es un elogio inmerecido. La mano y el placer son gemelos univitelinos. De las manos brota el fuego.

La amistad es, en el fondo, saber echar una mano cuando se requiere. Las manos son una metáfora del amor, de la concordia, de la justicia (mani pulite).

Leer la mano es adivinar el futuro (quiromancia), que está inscrito en las líneas de la palma, pero conocer algo como la palma de la mano es ser un experto audaz y seguro.

Los pactos, los acuerdos se sellan con un apretón de manos.

Se brinda alzando las manos.

Las manos señalan la ruta y mandan callar. Llevan el ritmo y ovacionan. Son legión los que viven por un aplauso (políticos y artistas van de la manoen esto).

Las manos cosen, tatúan, escriben, alientan.

Con las manos se recibe la vida y se entierra a los muertos.

Pulgar a arriba, vives, pulgar abajo, mueres. Ave, César.  

El puño es la metáfora perfecta del comunismo y del boxeo: inutiliza a las manos. Las vuelve instrumento, arma. 

La mano autómata es la perfecta señal del fascismo. Obedecer en rebaño. 

Las serpientes no tienen manos.

El alma se salva con una caricia. 

La infancia, tiempo de cosquillas.

Alzar las manos es señal de indefensión. No meter las manos, de incapacidad o indolencia.

Dejar a alguien con la mano tendida al aire es una afrenta irreparable. 

Recibir una bofetada de la vida a tiempo es otra cosa. No, aún no aprendo.

Una carta manuscrita es íntima y verdadera. Aun plagada de mentiras. 

La firma, incluso digital, es decir con un garabato: “soy yo”. 

Darse la mano después de perder es la señal que permite que el juego siga. Civilidad.

El trabajo manual y la felicidad están interconectados.

Las manos insultan con garbo, celebran con euforia, amenazan con fuerza.

Las manos son mas rápidas que el ojo: así nace la magia.

Las manos ellas sí, pulen, fijan y dan esplendor. 

Las manos son nuestra luz. Son la pluma. Pero también son la espada. Por eso torturan, matan, ahorcan, presionan.

Sólo las manos requieren la prueba de la parafina.

Tener la mano pesada es el elogio de los orangutanes de la política y de la familia.

Manu militari, la expresión latina de la fuerza de las armas sobre la fuerza de la razón.

Lavarse las manos, como Poncio Pilatos, fue un acto de cobardía simbólico. Un desentenderse.

Hoy, aislarse es un acto de comunión social, y lavarse las manos, una prueba de compromiso con los demás.

13 comentarios sobre “Diario de la peste (6). Un guante de mercurio y otro de seda”

  1. Gracias por la invitación
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    Felicidades

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