Diario de la peste (4). Fados en Lisboa

La cuarentena voluntaria, ante la indolencia criminal del gobierno mexicano, es una excusa perfecta para visitar recuerdos y mecerse en su aroma a junco y capulí. Una pausa en la rutina familiar: tender la cama, dorar la milanesa, baile en grupo, repaso de las mecanizaciones. La memoria voluntaria, esa cana al aire de la conciencia.

Hace un cuarto de siglo, caminábamos por las callejuelas de Alfama. Intenso olor a sardinas asadas, a esa hora en que la luz de la tarde aún lucha con las sombras de la noche, perdidos y con un oporto de más en el cuerpo, dimos por fin con el local de fados que la guía turística señalaba como “no turístico”. Genuino. Ese estúpido afán de los visitantes de ser los únicos no locales entre locales que regía mis vagabundeos turísticos. Y encima querer pasar desapercibido. La puerta cerrada. Pero la música abierta. Tocamos después de forcejear levemente con la cerradura. Una caricatura de portuguesa de la enciclopedia de los lugares comunes nos dice con nerviosos movimientos de su bigote que nao podemos pasar, que o local é reservado para uma festa particular. Aunque no soy precisamente docto en lenguas extranjeras, logro entender vagamente que “no podemos pasar, que el local está reservado para una fiesta particular”. Y tras sus cariñosas palabras, nos cierra la puerta en las narices. Entonces decido insistir, con el coraje del que lo tiene todo perdido. Y vuelve abrir la puerta, ahora sí de mal humor. Le explico que estamos de luna de miel, que somos mexicanos, no españoles, que mañana dejamos Lisboa temprano, y que, por favor, nos deje entrar. Y nos vuelve a cerrar la puerta, pero de una manera más dulce, casi melancólica. Ya nos íbamos, derrotados, cuando la puerta se abre de nuevo y nos llama: 

— Eles são realmente lua de mel?

—Sí, lo juramos por la Virgen de Fátima.

—Podem acontecer.

Eso sí, al entrar nos separó. Ella, majestuosa como todas las sirenas de tierra adentro, en una mesa adelante, rodeada sólo de mujeres. Yo, en la fila de atrás, con los amigos portugueses. Mágicamente me aparece una copa de vino tinto (verde) que será rellenada sin pedirlo por el resto de la noche. Grandes bandejas de pan campesino. Y un solo plato, igual para todos, de bacalao con crema. En el escenario, ante una viola que parece tocarse sola (sin la cacofonía de la rima interna) y una guitarra portuguesa (que es casi el mismo instrumento, pero como tiene otro nombre, suena distinto), se van alternando los propios comensales, que suben a cantarle a alguien escondido entre el público. Jamás pensé que el fado pudiera ser festivo. Muy pronto descubrimos que estábamos de convidados de piedra en la fiesta de cumpleaños de una fadista. Hubo abrazos, risas. Brindis enportuñol. Incluso cantamos “Las mañanitas”. Por suerte para la festejada, desde las mesas. Pero muy pocas palabras. No era necesario. A veces el lenguaje es una ventana en silencio. ¿Turismo bonzo por fin? No. ¿Comunión de almas? La mejor prueba es que no hubo cuenta ni pago alguno ni amago de hacerlo.

¿Estuvo de verdad Dulce Pontes? ¿Marta Dias? ¿Cristina Franco? No lo puedo afirmar. Pero sus rostros, en la penumbra del lugar, los recuerdo, idénticos a las portadas de los discos que al día siguiente compramos en el Virgin de la Plaza de la Victoria y que ahora atesoro, pese a Spotify. 

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